¿Qué tenemos que leer antes de la cuarta de Millenium?

Setenta y cinco millones de ejemplares y cuatro películas después, vuelven Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist, los protagonistas de la saga Millenium, de la mano de un tal David Lagercrantz, que habrá cobrado un buen cheque por enfrentar la bronca de cumplirle a los fans de Stieg Larsson. En Tribuna somos enjundiosos promotores de la lectura libre y sin culpas, así que no vamos a decirles que no pierdan su tiempo con la cuarta parte de una serie que ya se notaba muy gastada en la tercera, o que es imposible que no se pierda el encanto que inyectaba Larsson a los personajes. Pero de aquí al 27 de agosto, cuando se publica Lo que no te mata te hace más fuerte, hay tiempo de hacer unas cuantas lecturas preparatorias, casi diríamos obligadas. Los dejamos con ellas, a la espera de sus sugerencias.

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Placeres culposos

Julio Patán

Editor de Tribuna, columnista de Milenio. Último libro: Cocteles con historia.

Les juro que me gustan, y mucho, las novelas de McDonald, de Chandler, de Hammett; les doy mi palabra de que leí con gusto al maldito bolchevique de Vázquez Montalbán, y en mis días hasta le pegué a dos o tres traducciones de Ed McBain que me encontré por ahí. Vaya, que suscribo casi todo lo que dicen los colaboradores de la Tribuna de esta semana. Lo que no suscribo es porque no he leído los libros que recomiendan, pero les creo y los odio por robarme esas recomendaciones. Así que me limito a compartir con ustedes, queridos lectores, lo que me queda, lo que me dejaron estos miserables: unos cuantos placeres culposos. Procedo en riguroso desorden.

Como Francisco Hinojosa, como Rafael Pérez Gay, como Carlos Puig y a diferencia de Bef, no tengo empacho en ver a Stieg Larsson como un trabuco del thriller, y dejo claro que leeré con enjundia la cuarta parte de la saga, con todo lo sospechosa que pueda resultar. Sin duda la primera y creo que la segunda de Millenium me parecen brillantes, aunque ya no la tercera, que como es sabido no logró terminar Larsson y se siente deshiladona, parchada. Por eso, por mi admiración, quiero decir, no tengo tampoco empacho en dejarme ir con un best-seller francamente impúdico: La chica del tren, que acaba de hacer millonaria a su autora, la inglesa Patricia Hawkins. Está literariamente un escalón por debajo de Larsson, para no hablar de los grandes maestros del género, y la historia es más tramposa que un líder sindical. No obstante, la Hawkins logra su cometido: te engancha, en parte por su habilidad para el montaje, y en parte, creo, porque la protagonista, decadente, gorda, borrachísima, tiene su no sé qué.

Segunda recomendación culposa: Frank Miller. La culpa no tiene que ver con sus virtudes (o falta de ellas) sino con el hecho de que es un novelista gráfico, no un novelista. Sin embargo, en esta Tribuna colabora Bef, que es brillante en ambos terrenos, así que, me parece, llego con amparo en el bolsillo. A Miller puede que lo conozcan por haber revitalizado a Batman mediante la estrategia de envejecerlo, en El regreso del caballero oscuro para empezar, o por 300, un baño de sangre en las Termópilas que fue luego un hit cinematográfico con su punto de homoerotismo y la dirección un tanto pirotécnica pero resultona de Zack Snyder. Con todo, lo que procede aquí es hablar de Sin City, una extraordinaria serie hardboiled, tan notable en el dibujo expresionista, rabioso, como en los diálogos, que Miller y Robert Rodriguez adaptaron al cine con solvencia pero sin imaginación (trabajan ahora en una segunda parte). Cualquier prejuicio sobre el estatus artístico del cómic actual desaparece con Sin City. Eso sí, la novela gráfica siempre es cara. Afilen las tarjetas de crédito.

Penúltima recomendación culposa: James Ellroy. ¿Por qué las culpas en este caso? Porque el –lo sostengo frente a quien haga falta– nuevo rey del noir, un noir negrísimo, es de veras un impresentable. No se puede con Ellroy: le hace un desplante frente a cámara a dos de cada tres entrevistadores, que se quedan solos en vivo y en directo mientras el señor se va mentando madres; apoya la pena de muerte; confiesa haber militado en una agrupación neonazi cuando puberto; tiene una no-sonrisa estudiadísima; asegura que es el Beethoven de la literatura contemporánea... Pero es un gran escritor, si no siempre muy a menudo. Imaginen a uno de los chicos rudos y reaccionarios de antes, digamos Michael Spillane, con anabólicos. Su Cuarteto de Los Ángeles, cuatro piezas monumentales, impregnadas de personajes e historias de no ficción, barroquísimas, de una violencia a veces insoportable, contiene al menos dos maravillas, LA Confidential y La Dalia Negra, llevadas al cine con resultados muy dispares (brillantemente la primera, a manos de Curtis Hanson, muy mal la segunda por culpa de Brian De Palma). Ahora bien, su pieza mayor es Mis rincones oscuros, una autobiografía implacable, de una lucidez a prueba de balas, que es también una investigación policiaca: la que emprende junto a un ex policía para descubrir, muchos años después, quién asesinó a su madre. Gran literatura policiaca; gran literatura, y punto... Cláusula: no lo lean, bajo ningún concepto, en español. Las traducciones son, esas sí, criminales.

Mi última recomendación es culposa sólo porque le estoy copiando la tarea a Carlos Puig. No he leído tanto como él a Vázquez Montalbán, pero soy un fan perplejo de su serie protagonizada por Pepe Carvalho y de su Galíndez, todas ellas novelas desencantadas, cínicas, de un autocomplaciente aburguesamiento, escritas paradójicamente por el que en vida estuvo a media rayita del trogloditismo ideológico, o tal vez a ninguna rayita. No abundaré, porque el análisis que hace Puig en esta Tribuna es de veras muy bueno, pero añado una sugerencia: léanlo, también, con el ojo puesto en sus devaneos gastronómicos. Le debo un par de recetas muy útiles (otras son excesivamente complicadas para un amateur como yo), varias grandes recomendaciones de bares y restaurantes en Barcelona y el conocimiento del Knockando, un dignísimo single malt que deberían adoptar como agua de uso. Mucho más de lo que le debo a ningún bolchevique, salvo, claro, a los de mi familia.