¿Qué tan racistas somos los mexicanos?

La inquietud que nos ronda a muchos desde hace unos días es hasta qué punto los insultos racistas de Carlos Treviño son un síntoma o una excepción. Hay muchas preguntas derivadas de ese parlamento bochornoso. ¿Es México otro país racista que se ha negado a encarar su patología, o el racismo es, en el peor de los casos, una disfunción menor de nuestra sociedad? ¿Somos racistas o clasistas? ¿Son separables el clasismo y el racismo, o más bien se parecen a las dos cabezas del dragón? ¿Qué tan arraigados en la historia antigua están nuestros prejuicios?

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Un secreto a voces

Beatriz Urías Horcasitas

Autora de “Historias secretas del racismo en México (1920-1950)”. Investigadora de la UNAM.

La sociedad mexicana no se reconoce a sí misma como una sociedad racista, y, de hecho, se habla poco acerca del tema. Sin embargo, desde el inicio de la época moderna, el racismo –una forma de discriminación social basada en un criterio tanto biológico como cultural– ha moldeado las relaciones sociales, e intervenido sobre la manera de concebirlas. La comprensión de esta problemática en el momento actual puede entenderse mejor a la luz de las ideas sobre la superioridad y la inferioridad de razas que han estado presentes en la historia de México. Delinearé algunos de los rasgos generales de este panorama histórico.

Los siglos XIX y XX estuvieron marcados por diversos proyectos de crear una raza homogénea, de cuya formación se hizo depender el progreso o el retroceso del país. El tema de la unidad racial acompañó y estuvo en el centro de las discusiones en torno a la construcción de la nación. A través de estas discusiones comenzaron a circular nociones como las de evolución biológica, desarrollo de las poblaciones y progreso. Es por ello que a partir de la última parte del siglo XIX, pero sobre todo en el XX, la cuestión racial llegó a convertirse en un objeto de estudio –y en una verdadera obsesión– para muchas generaciones de médicos, antropólogos, criminólogos, psiquiatras, sociólogos y demógrafos. La mayor parte de ellos coincidió en que en el origen del atraso del país había factores hereditarios que podían ser erradicados o revertidos por medio del mestizaje y la educación.

Durante el siglo XIX, el tema de la unidad racial inspiró reflexiones antropológicas y médicas muy influidas por el evolucionismo y por las teorías de la degeneración social que inicialmente fueron formuladas en Europa o en los Estados Unidos. El núcleo ideológico de estas reflexiones fue que la heterogeneidad racial constituía la raíz de muchos de los problemas que aquejaban al país, y que su solución representaba la clave del progreso. La Revolución de 1910 no hizo desaparecer las fuertes desigualdades que dividían a la sociedad mexicana, ni tampoco la dificultad de insertar la diferencia racial dentro del nuevo proyecto de nación. Esto permite entender que, a partir de 1920, corrientes de pensamiento como el indigenismo, la vasconceliana y la eugenesia lanzaran una nueva propuesta de integración nacional que recuperaba los planteamientos que habían circulado en la última parte del siglo XIX en el sentido de que la homogenización racial sería la solución a los problemas del país. Más allá de las diferencias que pueden ser identificadas entre el Porfiriato y el periodo posrevolucionario, ambos compartieron un amplio proyecto de reforma social estructurado en torno a la educación y al mestizaje.

 En el México contemporáneo es posible observar una población predominantemente mestiza con una estructura de clases muy polarizada y desigual. En este sentido, una reflexión acerca del racismo actual no puede ser desvinculada de una observación acerca de la manera en que los prejuicios raciales se entrelazan con situaciones de marginación económica, cultural y social, así como de un análisis de la manera en que el sistema político refrenda o hace caso omiso de las prácticas discriminatorias.

En suma, considero que el racismo no es una mera ideología sino una práctica que cobra sentido en la estructura de una sociedad fuertemente escindida entre elites y amplios grupos marginales. Profundizar en el examen de esta problemática arrojaría una mirada inédita acerca del presente y permitiría cuestionar la permanencia de un conjunto de ideas y de prácticas discriminatorias que históricamente han conjugado criterios biológicos y culturales.