¿Qué tan racistas somos los mexicanos?

La inquietud que nos ronda a muchos desde hace unos días es hasta qué punto los insultos racistas de Carlos Treviño son un síntoma o una excepción. Hay muchas preguntas derivadas de ese parlamento bochornoso. ¿Es México otro país racista que se ha negado a encarar su patología, o el racismo es, en el peor de los casos, una disfunción menor de nuestra sociedad? ¿Somos racistas o clasistas? ¿Son separables el clasismo y el racismo, o más bien se parecen a las dos cabezas del dragón? ¿Qué tan arraigados en la historia antigua están nuestros prejuicios?

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Memín Pinguín y el desconocimiento del otro

Bernardo Fernández Bef

Novelista gráfico y no gráfico.

Apenas hace unos días se anunció que durante la FIL de Guadalajara se entregará el premio de La Catrina a don Sixto Valencia, galardón que honra a distinguidos caricaturistas y dibujantes de cómics por sus trayectorias.

El premio, sin duda, es otorgado por su obra más conocida, la serie Memín Pingüín, personaje de la historieta popular mexicana escrito por Yolanda Vargas Dulché e ilustrado por Valencia desde 1963.

De acuerdo a investigaciones de Luis Gantus, Memín fue creado por el historietista Alberto Cabrera en los años 40 y retomado por el equipo creativo de doña Yolanda y el maestro Sixto en 1963. Desde entonces se ha convertido en un personaje emblemático de la cultura popular de nuestro país.

La historia, un melodrama urbano, se centra en las peripecias de un grupo de niños que estudian en una primaria oficial, siendo Memín el protagonista.

El trazo de Memín es sumamente simpático. De grandes ojos y labios enormes, sus rasgos semejan los de un simio de caricatura en medio de un dibujo realista. Evidentemente su creador se inspiró en las caricaturas populares de los afroamericanos que llenaron los medios norteamericanos de la primera mitad del siglo XX. Véanse, por ejemplo, los prodigiosos Negro Drawings de Miguel Covarrubias.

No quisiera abundar aquí sobre el valor historietístico de Memín Pingüín. Me interesa más el fenómeno extraliterario (sí, los cómics son, pueden ser literatura, ¿sabían?).

Las aventuras de Memín proceden de un mundo muy diferente al nuestro, un entorno social en el que las nociones de corrección política y tolerancia eran inexistentes. Durante años, el humor nacional se ensañó con todo aquel que fuera diferente: negros, orientales e indígenas eran el blanco del cruel humor de una nación mestiza que, en palabras de Octavio Paz, reniega de su herencia española y se avergüenza de la indígena.

Puestos en perspectiva, Memín y sus andanzas son un documento casi ingenuo, una visión idealizada de las clases populares de una ciudad de México que se debatía entre sus orígenes provincianos y su consolidación como una urbe moderna.

La sencillez de los guiones siempre deja espacio para todo tipo de situaciones racistas de las que son víctimas el protagonista y doña Eufrosina, su Ma' Linda.

¿Es Memín Pingüín una historieta racista? Sí. No obstante, detrás de este racismo no hay un odio ciego a la otredad sino un desconocimiento de la misma, casi una negación de la llamada tercera raíz de nuestra cultura, aquélla que llegó del África.

Y sin embargo, durante medio siglo se publicaron y republicaron las historietas de Memín sin que nadie expresara públicamente su indignación. El problema vino cuando en 2005 el Servicio Postal Mexicano emitió una estampilla con la imagen del personaje y ésta llegó a los Estados Unidos, donde asociaciones de afroamericanos protestaron por lo que consideraron una caricatura burda y ofensiva.

El propio Jesse Jackson elevó su voz de indignación. El asunto escaló hasta el grado de que el propio canciller Luis Ernesto Derbez tuvo que pronunciarse públicamente, aduciendo el desconocimiento que los norteamericanos tienen sobre nuestra cultura, cultura en la que el bullying, la cábula, fueron moneda corriente y aceptada hasta hace muy poco.

Una cultura que engendra frases como "Chino, chino, japonés, come caca y no me des", una cultura que sistemáticamente ridiculizaba a los indígenas a través de personajes televisivos como Chano y Chon, el indio Maclovio o Régulo y Madaleno.

Una cultura que en los años 80 engendró un programa llamado Chispas de chocolate, protagonizado por el cubano Jorge Zamora, Zamorita, en el que un elenco de actores afromexicanos pasaban media hora a la semana haciendo chistes racistas sobre sí mismos.

Una cultura en donde el color de la piel es un contundente indicador económico.

La distinción a don Sixto Valencia me llena de júbilo. Me alegro que se le reconozca su distinguida trayectoria en la historieta popular mexicana a un artista de primer nivel. Lamento que sea por una historieta tan políticamente incorrecta.

"Usted no conoce nuestra cultura. Es un muñequito. Una broma. Somos desmadrosos, cabulillas."

Sí, y también sumamente racistas.