¿Qué muere cuando matamos a un perro?

Los envenenamientos en la colonia Condesa son un acto deleznable, y punto. Sin embargo, nos recuerdan que la ciudad de México y en general el país, con sus más de 20 millones de perros, tienen que emprender ya una reflexión seria, profunda, hasta las raíces, sobre las mascotas o “animales de compañía”. Y es que hace mucho ya que, como dice una colaboradora de esta Tribuna, los perros nos interpelan. Son, sí, un grave problema de salud pública. También, un síntoma elocuente de nuestra disfuncionalidad para la convivencia, como sabe cualquiera que sufra los ladridos permanentes en la casa de al lado o las calles sembradas de excremento. Pero son también un espejo: nos hablan de nuestros estándares éticos, de nuestras prioridades sociales, de nuestros afectos. Aquí, nuestra humilde aportación a ese debate.

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    5. Roberto Romahn Diez

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La ciudad compartida

Alejandro Herrera Ibáñez

Filósofo, especialista en Ética Ambiental y Animal.

El reciente envenenamiento de perros en los parques México y España de la colonia Condesa mueve a reflexión. En una ocasión el cineasta y campeón nacional de ajedrez Marcel Sisniega –ya fallecido– solicitó mi ayuda porque su vecino amenazó con envenenar a su perro debido a que éste podía orinarse en los árboles de la cuadra. Normalmente este tipo de personas muestran tanto encono que es difícil convencerlos de deponer su actitud. Sisniega finalmente decidió mudarse. Obviamente, tal medida no está a la mano de cualquier persona con un problema similar, y denunciar al vecino por amenazas no suele ser una medida efectiva, pues los agentes del Ministerio Público suelen ser insensibles en la aplicación de la ley en lo que a las denuncias por maltrato de animales se refiere. Y aunque alguien podría estar dispuesto a hacer la denuncia para luego poder encarcelar al vecino en caso de la muerte del perro por envenenamiento comprobado, la mayoría prefiere no correr el riesgo de la muerte de su animal de compañía a cambio del encarcelamiento de un enfermo mental o, peor aún, a cambio de una sanción leve. El caso de los perros envenenados en la colonia Condesa añade el problema del anonimato de la acción. Quien la realizó tuvo seguramente el cuidado de llevarla a cabo sigilosamente en alguna madrugada en que no había vigilancia alguna en los parques.

Los movimientos de liberación animal surgidos tras las reflexiones del filósofo australiano Peter Singer, y el movimiento de los derechos de los animales, inspirado en el pensamiento de los filósofos norteamericanos Tom Regan y Gary Francione, han cobrado fuerza creciente en el mundo, incluyendo nuestro país. La muerte provocada de un animal por un vecino no es vista ya por amplios sectores de la población como un simple daño en propiedad ajena –pues los animales domésticos no son vistos ya como meras "cosas" de las que se puede disponer arbitrariamente–, sino como un daño causado a un ser vivo que merece ser tratado como poseedor de un valor propio y no de un valor meramente instrumental o utilitario, independientemente de si tiene o no un hogar. Y al decir que tienen un valor propio, desde luego que no se trata de un valor económico. Los perros de la Condesa ciertamente no son animales desamparados, y las personas a las que les hacen compañía ponen empeño en su bienestar y apariencia física y los valoran económicamente, discriminando quizás a los perros que no encuentran un lugar en el catálogo de razas apreciadas.

A menudo se olvida, o acaso nunca se ha tenido presente, que una ciudad es una comunidad biótica urbana en que los seres humanos comparten territorio con otros seres vivos, como plantas, árboles, insectos, mamíferos y aves. Ahora bien, las mascotas, mejor conceptualizadas ahora como animales de compañía, y no como bienes muebles o como meros objetos decorativos o utilitarios, sino como seres poseedores de conciencia y dotados de sensibilidad, conviven con nosotros en la urbe. Pero si viven en nuestra morada, merecen, aparte de consideración moral y de cariño, un trato responsable acorde con las normas de convivencia ciudadana. Ello conlleva la obligación de responsabilizarse al sacarlos a pasear siempre acompañados, asegurándose de recoger siempre sus deposiciones. De esta manera se quita a los pocos que odian a los animales el pretexto para agredirlos quitándoles inclusive la vida. Seguramente los vecinos de la Condesa pugnarán por la creación de un estrecho sistema de vigilancia de día y de noche a partir del infortunado suceso. Sin embargo, no hay que olvidar que el nuevo paradigma de respeto y amor a los animales no humanos no implica pasar por encima de las normas de convivencia con nuestros congéneres humanos. Una campaña educativa por parte de las autoridades de la ciudad ayudaría mucho para generar en todos los ciudadanos una mayor empatía con nuestros compañeros no humanos, y a adoptar actitudes y prácticas de sana y respetuosa convivencia.