¿Qué muere cuando matamos a un perro?

Los envenenamientos en la colonia Condesa son un acto deleznable, y punto. Sin embargo, nos recuerdan que la ciudad de México y en general el país, con sus más de 20 millones de perros, tienen que emprender ya una reflexión seria, profunda, hasta las raíces, sobre las mascotas o “animales de compañía”. Y es que hace mucho ya que, como dice una colaboradora de esta Tribuna, los perros nos interpelan. Son, sí, un grave problema de salud pública. También, un síntoma elocuente de nuestra disfuncionalidad para la convivencia, como sabe cualquiera que sufra los ladridos permanentes en la casa de al lado o las calles sembradas de excremento. Pero son también un espejo: nos hablan de nuestros estándares éticos, de nuestras prioridades sociales, de nuestros afectos. Aquí, nuestra humilde aportación a ese debate.

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    1. Laura Barrera

      La ciudad y los perros

      Periodista y productora de radio y TV. Conduce ...
    2. Rosaura Martínez

      Ni animales ni humanos

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    3. Alejandro Herrera Ibáñez

      La ciudad compartida

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    4. Dulce Ramírez

      No estamos solos

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    5. Roberto Romahn Diez

      Una posible solución

      Consultor de la Fundación Parques de México.

No todos somos Rufus

Jose Castillo

Arquitecto y urbanista.

La reciente noticia y su consecuente discusión en redes sociales sobre 18 perros que han muerto por envenenamiento, aparentemente deliberado, en los parques España y México de la colonia Condesa, además de generar una natural empatía, obliga a reflexionar sobre las formas en que vivimos en la ciudad, negociamos diferencias y articulamos conflictos.

Este episodio tiene algunas similitudes con otros recientes conflictos urbanos como son las manifestaciones públicas, los hábitos y políticas de estacionamiento y parquímetros o el nuevo reglamento de vialidad, por mencionar algunos recientes. El espacio público –calle, plaza, banqueta– es donde se dan estas batallas. Más notable que los casos anteriormente mencionados es el hecho de que en éste la articulación del conflicto se manifestó en un acto violento extremo que paradójicamente sirve también para hacer visibles las (in)tolerancias que constituyen la experiencia de vivir la ciudad.

Más allá del comportamiento psicopático de alguien que con consciencia y premeditación comete este acto violento, no deja de ser preocupante lo que lo mueve a hacerlo. ¿Venganza colectiva? ¿Hartazgo frente al cinismo y/o abusos de los dueños de perros? ¿Intolerancia? Hace un par de días, en una cena con dos amigos, platicando el tema de los perros envenenados, uno de ellos comentó, para nuestro asombro, que "entendía que alguien llegara a esos extremos" (y hasta simpatizaba con él), tomando en cuenta la falta de civilidad de dueños que pasean a sus perros sin correas o sistemáticamente no recogen sus excrementos. Nuestro amigo argumentaba que la falta de civilidad, responsabilidad y el cinismo de (algunos) dueños de perros había llegado a niveles en los que una respuesta así era, cuando menos, comprensible, aunque no justificable.

En el fondo, esta es una discusión que se extiende más allá del crimen mismo o los derechos y responsabilidades de los dueños de perro: ha llegado a tocar el papel del espacio público, sus usos y abusos y la forma en que como sociedad y Estado decidimos regularlo o no.

La respuesta de las autoridades ante este hecho, que incluye "operativos", unidades del ministerio público móvil, "medidas preventivas", "orden de investigación" y aseveraciones como "El culpable la va a pagar", no deja de parecer excesiva en una ciudad y un país con historias cotidianas de abusos, crímenes y problemas más relevantes que este. Es quizá la organización comunitaria que ha surgido a partir del acto violento lo que ha logrado una respuesta así de las autoridades.

La posibilidad de el espacio público está siempre en la construcción de "públicos y contrapúblicos" determinados, y en su capacidad de articular el conflicto y dirimir diferencias sin escalar o llegar a la violencia. La ciudad debe de seguir siendo ese espacio que combine la sorpresa y la ansiedad (cruzar una calle, encontrar un extraño o toparse con un perro ajeno). Negar que la condición urbana es simultáneamente espacio de interacción y confrontación es condenarla a ser solo un espacio de consumo sin dimensión política.

Propongo dos ideas discretas que si bien no buscan desaparecer el conflicto, sí por lo menos evitar su escalamiento:

En primer lugar está constituir lo que sería un mejor marco regulatorio y preciso pero sobre todo su cumplimiento (enforcement). Muchas ciudades del mundo tienen lo que se conoce como códigos de "molestia pública", que abarca desde dejar excrementos de la mascota propia, hasta tener la música excesivamente fuerte, o las reglas precisas de pasear perros con correa en todo espacio público y recoger las heces ("poop & scoop"). La denuncia ciudadana contribuye y las multas son efectivas, pero dejar solamente a la civilidad individual esta práctica puede reproducir conflictos o revanchismos como el ya visto. Sin "enforcement" no hace sentido ley o reglamento alguno.

En segundo lugar está el diseño específico que permita a distintas "ciudadanías" tener certeza de lo posible, lo legal, lo seguro y lo aceptado. Los parques de perros, ahora tan populares en distintas ciudades, no son tan distintos de las especializaciones en zonas de juego infantiles: generan inclusiones y también exclusiones. Si bien implican el riesgo de una segregación de usos contraria a la pluralidad social que es la ciudad, es una negociación del territorio que puede generar aceptación de distintas voces hoy antagónicas.

En los Estados Unidos se estima que más del 30% de los hogares cuentan con una mascota y el crecimiento en las mascotas domésticas ha ido en aumento. Solamente en Nueva York existen más de 600 mil mascotas, una por cada 14 habitantes. Es evidente que sin un marco regulatorio claro, combinado con negociaciones del territorio a partir del diseño, los riesgos de conflicto escalado serían altísimos. A pesar de esto, cada año hay miles de denuncias por heces no recogidas o por abusos de perros (desde mordidas hasta ruido excesivo).

Hace algunos años la revista "The Economist" argumentaba que los bebes y los niños que viajan en avión tendrían que pagar extra por las molestias que generan al resto de los viajeros y/o ser desplazados a determinadas secciones del avión. Para la revista, no sin ironía y polémica, un cargo así buscaría desplazar las externalidades negativas de una molestia pública que genera en la mayoría de los viajeros. De forma similar a que un bebé no genera simpatías en todos, es comprensible que tampoco lo haga un perro. En ocasiones, los que encuentran atractivos y centrales en su vida a los segundos, tienen poca paciencia con los primeros.

¿Es posible imaginar modos de convivencia que más que fomentar exclusiones e intolerancias produzcan empatías?

En nuestra casa tenemos un perro de raza Vizsla de casi tres años llamado Rufus. Un animal atractivo y fundamental para nuestra familia pero incapaz de comportarse razonablemente en el espacio público (y a veces en el doméstico), lo que hace de todo paseo una pesadilla en potencia. Ante esto, la única forma de encontrar aceptable a que Rufus ejerza su "derecho a la ciudad" por nuestra parte, combina mucha civilidad y un poco de empatía. No pasear sin correa, no dejar bajo ninguna circunstancia las heces sin recoger, y finalmente, no menor, asumir que no todos quieren un perro cerca de ellos; puesto de otra forma, no todos somos Rufus.

@josecastillo911