¿Qué madres festejamos?

La literatura, la televisión y el cine nos proponen todo tipo de madres. Las hay dulces e incondicionales, como Sarita García y todas sus descendientes telenoveleras; militantes, como esa dispuesta a inmolar a sus hijos en honor a Marx en un libro de Máximo Gorki; crueles, como tal vez lo fue Joan Crawford; retorcidas, como la de Tony Soprano; capaces de incubar un asesino serial, como la de Psicosis de Hitchcok, y hasta omnipresentes, como la de una película de Woody Allen. En Tribuna nos interesan las de verdad, las madres de carne y hueso. Por eso, este 10 de mayo nos preguntamos, le preguntamos a un notable grupo de colaboradores y por supuesto les preguntamos a ustedes, los lectores: ¿qué madres festejamos?

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    2. Aldo Suárez

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    3. José de la Colina

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Sobre la necesidad de criar hombres

Vicente Zarco

Psicoanalista.

Creo que una reflexión sobre las madres de los hombres mexicanos puede coadyuvar a pensar una región de la grave situación nacional.

En un México carente de legalidades, en un país en el que ser caudillito, machito, delincuente, vivo, chingón, corrupto, etc., es altamente valorado, donde el cargo público se convierte en una ventaja y no en una responsabilidad, donde la salida legal no tiene cabida y se privilegia la salida política y donde el fin político siempre tiene que ver con la perversión del beneficio electoral, quizá resulta oportuno cuestionar y reflexionar sobre "esos" a los que denominamos como los que "no tienen madre". Quizá en esa denominación está parte del error; quizá lo que tengan sea "demasiada madre".

"Yo haría cualquier cosa por mi hijo", "Yo haría lo que fuera por ti, mijito", "¿Qué quiere que haga, doctor? Es todo para mí, estoy dispuesta a todo por él", son frases que solemos escuchar en los consultorios cuando las madres vienen preocupadas a decirnos que sus hijos están metidos en algún tipo de problema emocional, escolar, de comportamiento, de adicción e incluso legal.

Solemos creer que una madre que hace cualquier cosa por su hijo es una buena madre. Solemos pensar que una madre que está "dispuesta a todo" por sus hijos es una mujer que los quiere y se ocupa de ellos. Pero no pensamos que esas madres, en muchas ocasiones, son personas que han constituido (posiblemente con la ausencia de otro hombre tan hombre como sus hijos) a un chico también "Capaz de todo por el amor de su madre". Así, en distintos lugares del país, solemos escuchar:

–Mi hijo trabaja de repartidor en una moto y nos mantiene a todos.

–¿Cómo? ¿De repartidor? ¿Y mantiene a ocho? No reparte pizzas, ¿o sí?

La complicidad de las madres en actos delictivos es innegable. ¿O las madres de los dealers y los narcotraficantes no se preguntan de dónde sale en dinero? Y cuando muere el hijo, ¿no lo lloran como si hubiese sido un santo? Y no, no lo era, sólo era un hijo de su madre.

Sara Sefchovich, en su libro Atrévete, ingenuamente pide a las madres de los capos que pongan en su lugar a sus hijos, pensando en que esas mujeres se podrían solidarizar con el dolor de las madres de las víctimas de sus hijos delincuentes. Sin embargo, me parece que lo que Sara Sefchovich no pensó es en el placer que para muchas madres provoca el ser la mamá del "más cabrón", aunque en estos casos las actividades en las que sus hijos destacan sean la tortura, el robo y el asesinato. Sí, para muchas mujeres "está chingón ser la madre del más cabrón". Es casi como ver la escena de la hora de la salida de cualquier escuela en que las madres hablan entre ellas de sus hijos, de cómo son los mejores de la clase, del futbol, en matemáticas, de lo rápido que lee, que suma, en que tan sólo tiene cinco años y ya multiplica, etc. Y si uno puede darse el tiempo de observar con atención, logra ver la competencia entre ellas y el gusto que da joder a las otras y mostrarles cómo son mejores mamás y mejores mujeres (pues para ellas ser mujer es ser mamá).

Desgraciadamente, podemos descartar que una madre así delate a su hijo por defraudar, engañar, golpear, violar o por ser un criminal; y no sólo es grave que ella actué así, sino que es muy común que encontremos a quien la justifica y "la entiende".

Por supuesto que no se trata de culpar a las madres, pues esta es una historia compartida en la que ese rol no es uno elegido sino socialmente otorgado. Gran parte de esto que ellas viven es efecto de la debilidad de los hombres o del rol masculino. No hay que desdeñar a todos esos pensadores que hablan de México como un país de mucha madre y poco padre. Separar a las madres de sus hijos no es una tarea sencilla. Es un trabajo de "hombres", no de machitos.

El hombre que tengo en mente es ese que invita a la madre a separarse de su hijo, el que hace un corte que implica la inauguración de dos cuerpos, de dos personas, y la renuncia a un vínculo simbiótico. Parte sustancial de esta historia implica seducirla para hacerle saber que no debe su vida a los hijos y que puede construir una en la que se trate de compartir con ellos y su pareja y no de sacrificarse y borrarse como individuo con deseos más allá de la familia.

Para eso se necesitan hombres, y esos en este país escasean seriamente. Se cree que ser hombre es ser machito, charro, mujeriego, tener muchos hijos con muchas "viejas", voltearle a ver el trasero a una mujer, piropearla o acosarla. A esos hombres no los necesitamos. Necesitamos portadores de ley. Lo que antes en psicoanálisis se entendía como el esquema real de familia, podemos (y debemos) pensarlo ahora como una metáfora. La madre puede entonces entenderse como el ámbito de lo privado y el padre como la figura que representa el espacio público como el mundo legaliforme. La prohibición del incesto no es otra cosa que la exigencia social a renunciar a la endogamia. Cuando el "padre" (una vez más como metáfora de ley) reclama a su mujer (ámbito privado), exige que el hijo salga al mundo. La madre que no "echa" al hijo al ámbito de lo público lo amarra a un vínculo perverso en el que la ley es ella, es ella la que castiga o no. Por principio, una la ley privada es un oxímoron que en términos psíquicos resulta en perversidad y, por lo tanto, fomenta la ilegalidad.

Así, necesitamos hombres que pudieron desprenderse de su madre y decidir tener una pareja para compartir y disfrutar la vida con ella y no para embarazarla y satisfacer así las ganas de su mami de ser abuela.

Necesitamos fortalecer a los hombres desde otro tipo de masculinidad para que, por un lado, las mujeres puedan ser más libres y, por otro, nuestros hijos dejen de ser unos hijos de su madre y se conviertan en ciudadanos que respetan la ley como soldados que, según nuestro himno nacional, el cielo le otorgó a nuestra Patria Patria.

Hagamos entonces que el feliz día de las madres se convierta en el día de las madres felices.