¿Qué madres festejamos?

La literatura, la televisión y el cine nos proponen todo tipo de madres. Las hay dulces e incondicionales, como Sarita García y todas sus descendientes telenoveleras; militantes, como esa dispuesta a inmolar a sus hijos en honor a Marx en un libro de Máximo Gorki; crueles, como tal vez lo fue Joan Crawford; retorcidas, como la de Tony Soprano; capaces de incubar un asesino serial, como la de Psicosis de Hitchcok, y hasta omnipresentes, como la de una película de Woody Allen. En Tribuna nos interesan las de verdad, las madres de carne y hueso. Por eso, este 10 de mayo nos preguntamos, le preguntamos a un notable grupo de colaboradores y por supuesto les preguntamos a ustedes, los lectores: ¿qué madres festejamos?

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El problema es la solución

Sara Sefchovich

Autora de ¡Atrévete! Propuesta hereje contra la violencia en México.

Para los mexicanos, la familia es la institución más importante. Más del 70% vive en familia, en cualquiera de las muchas formas que ésta puede tener. Y en el centro, como su eje aglutinador, está la madre. Millones de mujeres son madres. La mayoría ama, cuida y atiende a sus hijos y a su vez, es objeto de amor de parte de ellos.

En la familia se transmiten los saberes para la vida, las formas de relacionarse con los otros y de resolver conflictos, y se encuentra protección y solidaridad. Por eso las familias conforman la red sobre la que se sostiene la vida, pero también la red sobre la que se sostiene la delincuencia, pues ellas apoyan y arropan a quienes la ejercen.

Ahora bien: si esto es así, podemos pensar que también puede ser la red sobre la que se va a fundar la solución al problema y que la madre puede desempeñar un papel importante en ello, por el poder emocional que tiene y que la convierte en fuente de autoridad. Su intervención puede funcionar como elemento de contención para limitar e incluso para detener la violencia y la crueldad.

¿Por qué habrían de querer hacerlo las madres? La respuesta es simple: por temor a que maten, secuestren, torturen, desaparezcan o encarcelen a sus hijos delincuentes. Esto es algo a lo que los victimarios están tan expuestos como las víctimas. Y en ese paralelismo entre el sufrimiento de las madres de ambos, se abre la brecha para conminarlas a actuar.

¿Actuar cómo? Dejando de fingir que no saben, no ven, no oyen, dejando de voltear al otro lado. La delincuencia existe y crece porque cuenta con un elevado nivel de complicidad social y de impunidad. Pero no es a ella a la que me refiero, sino a la violencia que cada vez es mayor. Es necesario que las madres hagan ver a sus hijos que no están de acuerdo con la crueldad y que formen redes con los parientes, amigos y vecinos con el fin de presionar a los violentos para que le bajen. Esto funcionará sin duda, porque a los seres humanos nos importa nuestra red social inmediata y a nadie le gusta que allí lo vean mal.

La propuesta puede parecer una locura. Pero así ha parecido siempre cuando se dan pasos que hasta ese momento son impensables e incluso inimaginables. Se trata de una modalidad inédita en la búsqueda de respuestas a la situación en que estamos inmersos, que propone enfrentar el problema de la violencia y la crueldad desde abajo, desde la relación familiar, y más todavía, desde la relación afectiva más potente que existe en la cultura mexicana.