¿Qué madres festejamos?

La literatura, la televisión y el cine nos proponen todo tipo de madres. Las hay dulces e incondicionales, como Sarita García y todas sus descendientes telenoveleras; militantes, como esa dispuesta a inmolar a sus hijos en honor a Marx en un libro de Máximo Gorki; crueles, como tal vez lo fue Joan Crawford; retorcidas, como la de Tony Soprano; capaces de incubar un asesino serial, como la de Psicosis de Hitchcok, y hasta omnipresentes, como la de una película de Woody Allen. En Tribuna nos interesan las de verdad, las madres de carne y hueso. Por eso, este 10 de mayo nos preguntamos, le preguntamos a un notable grupo de colaboradores y por supuesto les preguntamos a ustedes, los lectores: ¿qué madres festejamos?

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La madre del Día de las Madres

José de la Colina

Escritor. Un arte de fantasmas es su último libro.

El jueves 10 de mayo de 1906 en Filadelfia, EUA, miss Anna Jarvis, que un año antes había perdido a su progenitora, la honró reuniendo a las amigas en una modesta orgía de té, galletitas y recuerdos seguida de una sesión coral en la cercana parroquia metodista, donde God debe haberle inspirado la idea de universalizar la fecha y transfigurar a su madre en la Madre. Comenzaron miss Anna, amigas y seguidoras a fatigar oficinas de correo, teléfonos y telégrafos para conminar a gobernadores, senadores, periodistas y meros ciudadanos a hacer del 10 de mayo una fiesta maternacional (y disculpen le mot portemanteau). La campaña de amor triunfó en 1914, cuando el Congreso y el presidente Wilson instituyeron el 10 de mayo como el Mother's Day, que muy pronto se convertiría en un World's Mother's Day,pues más de cincuenta países instituyeron su Día de las Madres... e incluso algunos presumieron de haberlo inventado. Pero en un 10 de mayo de los años veinte a miss Anna la sorprendió ver un mero cartelito colgado de una vitrina: "Que hoy mamá bese una mejilla bien rasurada y perfumada en la Barbería de ***". Y no tardó en comprobar que la fecha sagrada se volvía motivo de business y aun de showbusiness en todo el mundo.

En el afán de rescatar la solemne sinceridad de la celebración, miss Anna propuso que ésta consistiera en solo portar, muy visible en la ropa masculina o femenina, un sencillo clavel blanco Y aún más: previendo que una enorme demanda de claveles blancos los encarecería, fundó una industria casera y unipersonal: con sus propias manos produjo miles de claveles de albísimo celuloide que vendía a las tiendas, a dos dólares el ciento. Trabajos de amor perdidos, pues la industria y el comercio masivos ya capturaban a la gran legión de progenitoras en formato de amas de casa:

  • Haga feliz a mamá con la lavadora automática Clean Love.
  • Menú especial para las cabecitas blancas en Mommie's.
  • Hoy, estreno de la dulce y llorable superproducción cinematográfica ¡Qué santa era mi madre!
  •  Con la máquina de coser Treadly mamá contribuirá al presupuesto del hogar y combatirá la obesidad pedaleando todo el día.

Indignada, a punto de quebrar vitrinas y de asestar paraguazos a los mercaderes, miss Anna se puso de nuevo en campaña. Volvió a fatigar correos, teléfonos, telégrafos, redacciones de periódicos, oficinas gubernamentales, parroquias, etc., e intentó patentar su invención para evitar el creciente secuestro de la sublime fecha por los tiburones de la industria y el comercio. Pero aceleradamente perdía la guerra: la Madre ya era un totem mundial tan venerable cuanto explotable, o viceversa.

Y dos días antes del 10 de mayo de 1944 algunos periódicos del mundo informaron que miss Anna, de 83 años, casi ciega, con las yemas de los dedos despellejadas por la manufactura de claveles de celuloide, había fallecido en un hospital público de Pensilvania.