¿Qué madres festejamos?

La literatura, la televisión y el cine nos proponen todo tipo de madres. Las hay dulces e incondicionales, como Sarita García y todas sus descendientes telenoveleras; militantes, como esa dispuesta a inmolar a sus hijos en honor a Marx en un libro de Máximo Gorki; crueles, como tal vez lo fue Joan Crawford; retorcidas, como la de Tony Soprano; capaces de incubar un asesino serial, como la de Psicosis de Hitchcok, y hasta omnipresentes, como la de una película de Woody Allen. En Tribuna nos interesan las de verdad, las madres de carne y hueso. Por eso, este 10 de mayo nos preguntamos, le preguntamos a un notable grupo de colaboradores y por supuesto les preguntamos a ustedes, los lectores: ¿qué madres festejamos?

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¿Y si la culpa es de las células?

Aldo Suárez

Director del Instituto de Neurociencias, Investigación y Desarrollo Emocional. Fue director médico de Avalón (Centro de Tratamiento para la Mujer).

¿Por qué será que el 10 de mayo logró penetrar en nuestra cultura como una fiesta nacional? ¿Por qué será que para algunos resulta tan molesta una celebración llena de lugares comunes, sentimentalismos, cursilerías y escenas repetidas al estilo de Sarita García y canciones como la de Denisse de Kalafe, que se convirtieron en himnos obligados? El que no tenga madre, mejor que no lea estas líneas; tampoco serán para aquellos que sí teniendo madre, se rebelan contra su influencia o contra la celebración mercadológica que nos inunda en estas fechas.

Empecemos por lo simple: la maternidad es un fenómeno complejo. La estrecha relación desde siempre reconocida entre una madre y su hijo ha recorrido todas y cada una de las disciplinas humanistas: desde la Antropología hasta la Literatura, pasando por la Filosofía, la Sociología y, con especial énfasis, por el Psicoanálisis. Y cada una de estas puede dar cuenta de ejemplos en los que la relación fundamental de todas las relaciones (o si se quiere "la madre de todas las relaciones") se caracteriza por fenómenos de cercanía, intuición y comprensión inmediata, o por sus contrarios en los casos más desafortunados de "falta de madre".

A menudo las evidencias de las neurociencias pueden ser tan sorprendentes como lo son los inagotables ejemplos de "intuición materna" con que todos hemos crecido y a veces padecido. En tiempos recientes cierta evidencia científica nos ha arrojado información que nos permite discurrir por reflexiones variadas. La conexión física y psicológica empieza en la gestación y tal parece que la división entre estos dos fenómenos es más artificial y que los hallazgos recientes nos permiten reconocer que es más profunda de lo que antes imaginábamos. Desde hace mucho tiempo se ha considerado a la placenta como un órgano fundamental generado entre la madre y el feto a través del cual se realiza el intercambio de nutrientes. Pero no sólo eso: a través de la placenta que antes se creía impermeable hacia la madre, hoy sabemos que existe un intercambio de células en ambos sentidos, y más aún, que estas células van a permanecer en el torrente sanguíneo y todavía más, se van a integran en otros tejidos tanto de la madre como de su hijo. Y ahí el meollo de este asunto: ha resultado muy sorprendente el hallazgo de células que contienen información genética de los hijos en los cerebros de madres cuando se realizan estudios de autopsia. Este fenómeno, que se ha denominado como microquimerismo, implica la demostración de la presencia de células genéticamente diferentes en un organismo, como por ejemplo, el hallazgo de células masculinas en el cerebro de una mujer que ha sido madre. Las implicaciones de la presencia de estas células no se tienen hasta ahora bien reconocidas, pero nos permiten hacer ciertas inferencias que no son nada difíciles de intuir. De esta forma y con las precauciones de un ánimo reduccionista, la intuición materna puede cobrar otro significado: el "sexto sentido" de las madres puede encontrar sus raíces no en un fenómeno inexplicable de dimensiones mágicas sino aún más profundo que se explica desde la biología.

Se trata de una aportación interesante al complejo fenómeno de la maternidad: el nacimiento psicológico de cualquier ser humano parece proceder de instantes muy tempranos en el desarrollo del feto pero, dados estos fenómenos microquiméricos, permanecer en esa madre para el resto de sus días. Y toda la existencia de los seres humanos parece pender de esta relación; tan riesgosa su estrechez como su ausencia. Tener mucha madre implica haber tenido la fortuna de una madre lo "suficientemente buena" para generar la independencia de su hijo a pesar de su propia tendencia a sentirlo parte de ella; de una madre que a través de la intuición puede conocer las necesidades de su hijo y que pueden ser diferentes a los de otro hijo; que puede consagrar los primeros años de la crianza a la regulación afectiva que permitirá a este individuo relacionarse con el mundo y con los demás de una forma adecuada. De ahí lo acertado del término que los investigadores acuñaron; la madre vista como una quimera, un ser hecho de partes de otros seres que generó dentro de sí, y que dejan en ella un huella indeleble para siempre.

Así las cosas, bien vale el 10 de mayo.