¿Qué hacemos con la migración?

No hay cinismo que dé para cerrar los ojos al hecho de que miles de niños centroamericanos se juegan la vida para llegar a los Estados Unidos. El tema de los migrantes lo han discutido las autoridades nacionales y las centroamericanas, las ONG, los académicos, los medios y los congresistas aquí y en el país del norte. Finalmente, el presidente Obama tomó la decisión de obviar al Congreso y tomar cartas en el asunto. Cómo tratamos a los centroamericanos que pasan por nuestro país, cómo determinan nuestras leyes ese trato, qué debemos cambiar en nuestras políticas, qué debemos preservar de ellas: a eso se dedica Tribuna esta semana.

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Una crisis sin precedentes

Salvador Beltrán del Río

Ex comisionado del Instituto Nacional de Migración.

Una crisis de pobreza y violencia endémica que ha azotado a Centroamérica por décadas, las expectativas en torno a una reforma migratoria que va y viene, más momentos bien aprovechados por los traficantes de migrantes, han detonado una ola de decenas de miles de jóvenes y niños que migran de Honduras, Guatemala, El Salvador y México y que ha llegado a la frontera sur de los Estados Unidos en los últimos meses.

Se trata del flujo migratorio de menores más grande de que se tenga memoria. Según datos del Colegio de la Frontera Norte se trata un crecimiento exponencial: de 4,000 menores en 2011, a 10,000 en 2012, a 20,000 en 2013, a más de 50 mil de octubre del año pasado a junio del presente año.

Por lo que hace a la tendencia del flujo migratorio por nuestro país, se observa lo siguiente: un crecimiento en los albores del nuevo siglo para llegar a una cifra apenas por debajo de los 400 mil centroamericanos en 2005. Luego viene una caída de más del 70% de los flujos migratorios entre 2006 y 2011, ello como resultado de la crisis económica en los Estados Unidos y las medidas antiinmigrante implementadas por el gobierno de ese país (construcción de muros en el sur de California, aumento del patrullaje a lo largo de la frontera con México, políticas discriminatorias en Arizona, entre otras). Dicha tendencia decreciente coincide con la observada en la migración de mexicanos hacia el vecino del norte.

Entre 2007 y 2012, México alojó en estaciones migratorias y devolvió a sus países de origen a cerca de 400,000 centroamericanos, de los cuales unos 30,000 eran menores de edad. En el mismo período los Estados Unidos deportaron a nuestro país a 2.6 millones de compatriotas; más de 130 mil eran niños y jóvenes.

En 2012 el tránsito de migrantes centroamericanos tuvo un importante incremento. Según cifras de la Unidad de Política Migratoria (UPM) de la Secretaría de Gobernación, casi 90,000 extranjeros fueron "asegurados" por el Instituto Nacional de Migración (INM), un 33% más respecto a 2011. La cifra es muy similar en 2013, pero destaca el hecho de que los hondureños pasan a ocupar el primer lugar en tránsito migratorio por nuestro país, superando a los guatemaltecos. Entre enero y mayo del presente año, casi 45 mil extranjeros han sido presentados ante el INM, un 15% más que en el mismo periodo de 2013.

Por lo que se refiere a los menores migrantes de Centroamérica, en 2012 fueron presentados ante el INM más de seis mil y en 2013 la cifra casi llegó a los diez mil. En los primeros cinco meses del presente año el número supera ya los ocho mil. La gran mayoría viajan solos, sin la compañía de un adulto; generalmente tienen entre 12 y 17 años de edad y 70% son varones, si bien se observa en los últimos años un crecimiento en el número de mujeres. De seguir esta tendencia, para fin de año la cifra superará los 16 mil, según lo anticipa el propio INM.

Así las cosas, el fenómeno no es nuevo. Lo son la magnitud, lo inadvertido del mismo y sobre todo lo más dramático: se trata de jóvenes y niños que en su mayoría huyen de una violencia que los persigue. Para muchos de ellos el objetivo no es llegar a los Estados Unidos, sino buscar en nuestro país mejores condiciones de vida. ¿Cuántos de estos menores habitan ya las ciudades de nuestra frontera sur?

Ante esta emergencia humanitaria México tiene los instrumentos necesarios para hacerle frente:

  • Una ley especializada en la materia: la Ley de Migración, aprobada por unanimidad por ambas cámaras del Congreso de la Unión y que entró en vigor en mayo de 2011, entre cuyos ejes rectores están la protección humanitaria y el interés superior del niño como criterio prioritario de internación y estancia de extranjeros para la residencia temporal o permanente en México. Cuando así convenga al interés superior del menor migrante no acompañado, podrá ser documentado provisionalmente como Visitante por razones humanitarias, mientras la Secretaría de Gobernación le ofrece alternativas jurídicas o humanitarias temporales o permanentes al retorno asistido.
  • Instituciones con una larga experiencia en la atención a menores migrantes. Por ejemplo, los oficiales de protección a la infancia (OPI), personal del INM especializado en la atención de menores migrantes, cuyo modelo ha sido replicado por otras naciones y es reconocido por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la UNICEF. El DIF cuenta también con personal calificado que trabaja con menores migrantes en las estaciones migratorias y en los propios albergues y guarderías del DIF.
  • Trabajo conjunto de colaboración con organismos internacionales: la OIM, la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, el Programa de las Naciones Unidas para la Infancia, etc. La OIM lleva a cabo con el INM el programa de migrantes en tránsito, para dar asistencia a los migrantes vulnerables y mejorar la coexistencia pacífica entre comunidades de acogida y los albergues.
  • Una amplia red de organizaciones de la sociedad civil con vasta experiencia en el tema migratorio: ahí está el trabajo especializado de los Scalabrinianos y su red de albergues, de Appleseed, de Save the Children, entre otras.

Por añadidura, a lo largo de la ruta del migrante se cuenta con la presencia de la red consular de los países centroamericanos, que pueden asistir a sus connacionales.

En el mediano y largo plazo, se deberá ampliar el programa de trabajadores temporales en los estados de la frontera sur de México, que entre los años 2007 y 2012 dio empleo a más de 163 mil trabajadores guatemaltecos en las fincas cafetaleras del sur del país y que desde 2008 se amplió a otras labores. Habrá que hacerlo extensivo a hondureños y salvadoreños.

También se debe dar atención prioritaria a las comunidades de origen en Centroamérica, para lo que se debe detonar su desarrollo y lograr mejores condiciones de vida. Por ejemplo, impulsar iniciativas del Proyecto de Integración y Desarrollo de Mesoamérica que fomenten el empleo que se requiere en las poblaciones expulsoras, particularmente de Honduras. Ahí también, llevar la experiencia acuñada en el DIF de trabajo en las comunidades de origen con programas educativos, culturales e incluso recreativos, que tratan de disuadir a las niñas y niños de emigrar al norte y que, de ser el caso, lo hagan con mayor madurez y con las herramientas que les permitan desempeñarse mejor en el extranjero.

Se han mencionado otras opciones, que van desde visas para estancia temporal hasta rutas seguras. Sin embargo, ambas llevarán a miles de migrantes a la frontera norte --de por sí abrumada por la delincuencia y el crimen organizado--, en espera de poder cruzar a los Estados Unidos. La respuesta la ha reiterado una y otra vez el propio presidente Obama: ¡No vengan!

Estamos frente a una de las peores crisis humanitarias de que se tenga memoria y cuyas dimensiones sobrepasan en mucho los esfuerzos que uno u otro país puedan hacer. Los gobiernos de Centroamérica deben de asumir su responsabilidad y velar por sus migrantes, y no nada más culpar a México y a los Estados Unidos de lo que está ocurriendo.

Por su parte, el gobierno de Obama debe comprometerse en serio con la región. De inmediato puede echar mano de las iniciativas y proyectos de los Caminos a la Prosperidad en las Américas (Pathsways to Prosperity). A sus empresarios, debe urgirlos a realizar las inversiones para crear los empleos que necesita la región.

Centroamérica está urgida de un plan de desarrollo emergente. Es el momento de articular un gran mecanismo regional de atención al que México debe convocar antes de que esta crisis adquiera mayores proporciones. Los migrantes centroamericanos no pueden esperar más.