¿Qué hacemos con Donald Trump?

Los norteamericanos están lejos de ser inmunes a la zafiedad populista. De Perot a Sarah Palin y de ellos a Trump –el magnate de los edificios dorados, el zar de los casinos, el rey de Miss Universo, el hombre que logró hacernos extrañar al clan Bush, recordman indiscutido de resistencia para el bronceado artificial y odiador estridente de la inmigración–, la lista es larga. Pero esta vez se empieza a vislumbrar una posible, inquietante diferencia: aunque la carrera es joven, Trump podría dejar de ser el animador petardo en turno para convertirse en presidente. ¿Qué nos espera ante ese escenario? ¿Cómo deben reaccionar el gobierno mexicano, los empresarios, los medios de comunicación y los votantes mexicoamericanos?

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El racista sin máscara

Miguel Sigala

Profesor del Centro de Estudios sobre América del Norte de la Universidad de Guadalajara.

En junio de este año, Donald Trump, se anotó en la contienda por la candidatura presidencial republicana. En ese momento pocos lo tomamos en serio. Había varias razones para desdeñarlo: 1) escaso apoyo en las encuestas: a fines de ese mes contaba con tan sólo el 4% de las preferencias de su partido; 2) cuando inició su campaña arremetió duramente contra los inmigrantes mexicanos, hecho que fue interpretado como una agresión hacia toda la comunidad hispana, decisiva para elegir presidente, y 3) al atacar duramente a México se presentó como un personaje xenófobo y radical, poco conveniente para la política exterior de los Estados Unidos. Podría apuntar, también, como una cuarta razón que creímos que era un demente que pretendía impulsar sus negocios a través de su imagen. Sin embargo, al paso de unos meses, Trump lidera la carrera por la candidatura republicana, se encuentra respaldado por el 30% del apoyo del Viejo Gran Partido y representa, mejor que ningún otro, la opción conservadora con miras al 2016.

A la luz de lo ocurrido recientemente y a pesar de sus posturas políticamente incorrectas, Donald Trump es hoy un serio aspirante a la Casa Blanca. Así como existen razones para descartarlo, también debemos encontrar argumentos para tomarlo en serio:

1) Trump apela a un amplio sector social conocido como la "mayoría silenciosa". Al igual que Richard Nixon, el magnate pretende que la gran clase media de su país, orgullosamente nacionalista, enfadada de los políticos tradicionales y de la inmigración ilegal, lo lleve a la silla presidencial.

2) Encarna los valores fundamentales de Estados Unidos, presume de ser el típico caso del hombre de negocios exitoso, aboga por el derecho a portar armas y su postura sobre la migración es básicamente antimexicana, que en ocasiones desafortunadas es compatible con la identidad WASP (blanco, anglosajón y protestante) que fundó a su nación.

Particularmente alarmante para México es el sentimiento antimexicano que está otorgando dividendos al norte del Río Bravo. En 2004, el profesor Samuel Huntington publicó el libro Quiénes somos, los desafíos a la identidad nacional estadounidense, donde plantea que la migración mexicana atenta contra los valores norteamericanos por ser incapaz de adaptarse a su cultura y por otros disparates que vinieron a la mente de quien fuera, hay que decirlo, un gran politólogo. Por encubrir académicamente un discurso profundamente antimexicano, Carlos Fuentes calificó a Huntington como "el racista enmascarado". Si Fuentes viviera probablemente señalaría que Trump no se enmascara, más bien se presenta como un racista descarado.

Si bien es cierto que aun estamos lejos de la elección presidencial y que probablemente el Partido Republicano no se decante por la opción radical, México debe, no obstante, estar atento al proceso electoral de su vecino y preparado ante la eventual llegada del magnate a la primera magistratura de los Estados Unidos. Por lo anterior, conviene preguntarse: ¿cómo sería la relación bilateral con Donald Trump como presidente? Para responder debemos partir de dos supuestos:

1. Investido como presidente, Trump se vería limitado por la institución y atemperaría sus posturas radicales. Es difícil que un gobernante tenga éxito con el talante de un candidato.

2. La relación económica, social y política entre México y Estados Unidos trasciende a los individuos e incluso a las administraciones.

A la luz de lo anterior, revisemos brevemente dos pilares de la relación bilateral:

Comercio

El comercio es vital para la economía de ambos países. México es el tercer proveedor de importaciones de Estados Unidos y el segundo destino de las exportaciones de aquel país. Este segundo sitio no es nada desdeñable. Significa que, tan solo detrás de Canadá, México es el país que más le compra a Estados Unidos. En cuanto a México, sobra decir que el vecino del norte es nuestro principal socio tanto en exportaciones como en importaciones. Esta es una realidad que difícilmente podrá afectar Donald Trump por la vasta cantidad de actores, intereses y dinero que se hallan en juego en ambos lados de la frontera. Si existiese una afectación negativa en el ámbito comercial, se vería reflejada en casos de proteccionismo encubiertos con un discurso antimexicano. Sin embargo, esto no sería del todo una novedad. El proteccionismo de Washington es constante y se presenta tanto en administraciones demócratas como republicanas.

Migración

El tema migratorio será tal vez el problema más sensible ante la eventual llegada de Trump a la presidencia. El asunto debe verse desde dos perspectivas: como asunto interno de la Unión Americana y como tema de la agenda en la relación bilateral. En el plano local, se acentuarían las condiciones adversas para la tan esperada reforma migratoria. Trump, en tanto presidente, tendría la facultad de vetar cualquier ley en este sentido; también, veríamos un aumento en las deportaciones y un endurecimiento de la política migratoria. Como lo ha señalado el excéntrico multimillonario, se buscaría excluir de la nacionalidad a los hijos de inmigrantes sin papeles que nazcan en Estados Unidos y continuaría con la construcción de muros fronterizos para evitar la entrada de migrantes.

Esto nos lleva al plano de la relación bilateral. Trump asegura que hará que México pague por el muro fronterizo. Esto lo conseguiría imponiendo impuestos a las remesas y aumentando los costos de los diferentes tipos de visas para los mexicanos. Es difícil pensar que el gobierno mexicano permanecería de brazos cruzados ante tales medidas; lo consecuente sería la reciprocidad: imponer represalias equivalentes. Sin embargo, este hipotético escenario dañaría a ambos países y se observa poco probable e incluso absurdo. La postura antimexicana de Trump, aunque mitigada, no coadyuvaría en lo absoluto a la cordialidad que debe caracterizar la relación bilateral, por ser de vital importancia para ambas naciones.

Resulta complicado evaluar situaciones a futuro. Sin embargo, hay argumentos para pensar que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca afectaría más los temas migratorios que los comerciales. Pero, al margen de que Donald Trump llegue o no a la presidencia, México debe buscar influir en la política interna de su vecino para una mejor defensa de sus intereses nacionales. El sistema político estadounidense es uno de división de poderes y de descentralización en la toma de decisiones. Nuestro país debe tomar ventaja de estas condiciones. Así pues, en la medida en que el cabildeo mexicano actúe exitosamente en el Congreso de Estados Unidos y logre que haya más actores políticos, sociales y económicos que tengan sus intereses en consonancia con los de México, serán menos rentables las posturas antimexicanas y seguramente los radicales y xenófobos se quedarán en el camino de las elecciones primarias y no ocuparán la oficina oval en Washington DC, para bien de México y su relación con Estados Unidos.