¿Qué hacemos con Avenida Chapultepec?

Pasos peatonales a los que sólo puedes sobrevivir si corres los 100 metros en nueve segundos, embotellamientos, ruido, bocas de metro atestadas de piratería, pollos rostizados con el sazón inigualable de las partículas suspendidas… Avenida Chapultepec provoca consenso: no le gusta a nadie. Es la imagen viva de la pesadilla citadina, de la disfuncionalidad urbanística. A esa realidad es que responde el Corredor Cultural Chapultepec, un proyecto de cuya necesidad pocos dudan, pero que ha provocado abundantes críticas por su diseño y sobre todo por la indiferencia frente a la opinión de los ciudadanos que muestran las autoridades chilangas. A eso dedicamos la Tribuna.

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La ciudad de las ocurrencias

Miquel Adrià

Arquitecto. Director de la revista "Arquine".

La ciudad es un proyecto común, de todos los ciudadanos. Hay que insistir en la obviedad y recordar que si bien es un organismo tremendamente complejo es, por definición, inconcluso y es el resultado de las fuerzas que confluyen día a día para llevar a cabo sus intereses. El proyecto de futuro de una ciudad lo definen la sociedad civil, los administradores públicos (que algunos llaman autoridad), la presión de los desarrolladores, la demanda migratoria, la especulación, la corrupción y, en menor medida, otras fuerzas sociales y culturales. Hoy por hoy en la ciudad de México, a falta de un proyecto de "ciudad" del gobierno local, las "ocurrencias" son las detonadoras de los proyectos urbanos. Estos días asistimos con perplejidad a la iniciativa de Simón Levy de la Agencia de Promoción de Inversiones del GDF (cuyo cargo no oculta el enfoque de la mencionada agencia) para convertir un tramo de la Avenida Chapultepec en un centro comercial, maquillado con el nombre de Corredor Cultural Chapultepec.

Esta avenida de gran arraigo histórico que conectaba Chapultepec y el centro de la ciudad, abasteciéndola de agua, es también el virtual Eje 1 de esa primera red metropolitana que –no sin dolor– articuló una ciudad fragmentada. En los años 70 en que se llevó a cabo la nueva retícula vial, se privilegiaba la ciudad de los coches, migrando de la condición decimonónica de centro y periferia a una morfología metropolitana y policéntrica. Así, la Avenida Chapultepec se convirtió en una arteria destacada con metro subterráneo y diez carriles para coches que conectan el centro de la ciudad con Constituyentes y Santa Fe. Sin embargo con los años –en México y en todo el mundo– se entendió que la ciudad de los coches no es la de los ciudadanos. Ésta –la ciudad de los ciudadanos– es la que privilegia la pluralidad y la equidad, con calles peatonales y transporte público, con buenas banquetas y carriles para bicicletas, y también con coches privados. Los ejes viales, los viaductos y los anillos periféricos atraviesan colonias y unen puntos distantes, pero también zanjan y aíslan barrios y comunidades. La mejor ciudad es la que permite la transversalidad. Como todo organismo complejo, los flujos transversales deben poder sortear las barreras: es mejor una ciudad con un metro subterráneo que con tranvías; es mejor con un carril bus lateral que con las barreras que supone el Metrobús; es mejor un bulevar con banqueta amplia, ciclopista, carriles de transporte público y de automóviles privados, que un eje vial exclusivo para coches. Recurrir a la obviedad ayuda a centrar la discusión.

El proyecto que se anunció estos días tiene más de ocurrencia que de proyecto de ciudad. Está claro que el futuro Cetram de Chapultepec (y toda el área de nueva centralidad y congestión, con los nuevos rascacielos de próximo estreno) junto con la Glorieta de Insurgentes, tiene toda la vocación de un centro de ciudad que actualmente no es más que el "patio trasero" de Reforma. Está claro que estimular la inversión sobre la avenida, con incentivos fiscales y facilidades normativas, junto con una fuerte inversión en infraestructura urbana que privilegie una mejor sección de la calle, acelerará un proceso necesario. También hay consenso en que si la avenida está mejor trazada, señalizada e iluminada, hará más fácil y amable cruzar de la Zona Rosa a las colonias Condesa y Roma, privilegiando lo transversal en el uso de la calle, favoreciendo el desarrollo económico de la diezmada zona turística de los años 80. Hoy por hoy la avenida es una barrera física y mental casi infranqueable. La ciudad de los ciudadanos de a pie –como apuntaba más arriba– es trasversal, y en este caso, cruzar la Avenida Chapultepec es una hazaña bélica.

Pero de estimular, invertir y urbanizar un eje vial deteriorado para convertirlo en un buen bulevar a pretender instalar un centro comercial en medio de la calle hay un salto cuántico. Rescatar para ello un interesante ejercicio académico del arquitecto Juan Pablo Maza y organizar una feria de inversionistas, tiene mucho de las hogueras de vanidades de 15 años atrás y muy poco de la ciudad con compromiso cívico y responsabilidad social como –debiera ser– la contemporánea.

Según se informó, la Agencia de Promoción de Inversiones del GDF convocó un concurso de empresas para llevar a cabo la idea bizarra de importar un High Line (en Manhattan se trataba de una infraestructura obsoleta que, tras varios intentos de demolerla, se decidió convocar un concurso público que le diera un nuevo uso urbano), para convertirlo en centro comercial elevado con un paseo ajardinado en la azotea. De hecho, antes de anunciarlo ya estaban designados la constructora, la financiadora, la administradora inmobiliaria y el arquitecto, asumiendo que fuera un centro comercial en un primer piso, un parque lineal en el segundo piso, según un modelo de coinversión público/privada. Entrando al detalle se podrían discutir las virtudes o las perversiones de un proyecto –desarrollado en el despacho de Fernando Romero desde hace meses– que "vende" la idea de una ciudad amable, con niños y bicicletas subiendo por rampas y escaleras hasta el nuevo balcón lineal. También habrá quien vea que con una nueva inversión de estas características la inevitable gentrificación se ensañará con la población que vive en las deterioradas vecindades que circundan la avenida. Hasta habrá quien diagnostique una cierta trombosis vehicular que pudiera engrosar el tráfico sobre algunas calles paralelas. Y no faltarán los entusiastas que celebren que no nos costará un peso, que todo será inversión privada (como si ceder el espacio público a intereses privados no tuviera valor). Pero todos estos aspectos son consecuencias de una discusión más general. Fácilmente la discusión –como la del desarme nuclear en plena Guerra Fría– se centra en aspectos colaterales. Un gobierno debe tener recursos para obra pública. Sin olvidar que existen herramientas fiscales para capitalizarse y también para estimular la inversión sobre los predios de ambos lados de la avenida (que seguramente ya habrán comprado los mismos inversionistas). El potencial de esta arteria es brutal: rodeado por colonias prósperas –Roma Norte, Condesa– frente a otras venidas a menos –Zona Rosa–, junto al Cetram en construcción y los nuevos rascacielos de la capital que, sin duda, aportarán riqueza y congestión. La Avenida Chapultepec, junto con el Paseo de la Reforma, son el par vial del centro metropolitano. Ahí, unas buenas banquetas arboladas, unos carriles para el transporte público, para los coches privados y las ciclovías, resolverían la sección de la calle, a la vez que se incorpora cierta condición de parque lineal que se derrama desde el Bosque de Chapultepec.

Como manifiesta el grupo #noshopultepec, es evidente que la Avenida Chapultepec necesita grandes mejoras. Y que la solución no puede provenir una vez más del despotismo ilustrado sino que debe partir de la participación ciudadana, siguiendo estos criterios: privilegiar al peatón y a la accesibilidad a nivel de la calle; privilegiar el transporte público y no motorizado; enriquecer el espacio público incluyente y de usos múltiples; y favorecer el desarrollo económico sin generar exclusión. Para ello se invita a participar en la Consulta Pública de otrochapultepecposible@gmail.com, donde se subirán en las redes las contrapropuestas de los ciudadanos a partir del 26 de este mes. No habrá jurado ni premios y no será anónimo. El ejercicio tratará de demostrar que con la participación ciudadana tendremos una mejor ciudad.

En lugar de estetizar la ciudad con parches prestados, y –como apunta Giles Lipovetsky– "con arquitectos y urbanistas convertidos en decoradores de la ciudad al servicio del marketing y el retailing", debemos apostar por un urbanismo resiliente que restaure las funciones básicas de la calle, partiendo de la opinión de la ciudadanía que privilegie los intereses comunes y el espacio público. Quizás habrá que recordar a los administradores públicos que quien los contrató fue la ciudadanía.