¿Qué debemos esperar de los nuevos canales?

Tras muchos, pero muchos dimes y diretes, sabemos quiénes serán las empresas responsables de aumentar la oferta de televisión abierta: Grupo Imagen y Grupo Radiocentro.  Pero, ¿qué significa esta noticia, en términos tangibles, para nosotros, los espectadores? ¿Mejorará la televisión? ¿Se llenarán nuestras pantallas de propuestas novedosas? ¿Mejorarán las condiciones de trabajo de quienes hacen la TV, se abrirán nuevos empleos, crecerá la industria? ¿O estamos, por el contrario, ante una licitación tardía, ante una apuesta por el pasado, en plena era de Internet, como sugiere lo escaso de la competencia por las nuevas señales?

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Una apuesta por el pasado

María Elena  Meneses

Coordina la Cátedra Sociedad de la Información en el Tec de Monterrey.

Por primera vez en la historia de México se licitaron dos nuevas cadenas nacionales en la televisión abierta, territorio históricamente concentrado que, cobijado por los gobiernos en turno, había acumulado poder sin restricciones hasta antes de la reforma a la radiodifusión de 2013. Sin embargo, aunque necesaria, la competencia y la cobertura no significa diversidad ni calidad de contenidos.

Radio Centro y Cadena Tres no tuvieron competencia, cuando lo deseable hubiera sido la participación de más grupos nacionales y extranjeros dada la amplia cobertura que se deberá alcanzar en cinco años: 93% del país y una audiencia de 106 millones de personas. Este desinterés por la televisión abierta es explicable porque, pese a que México es culturalmente un país televisivo, el consumo de televisión abierta ya no crecerá más, en contraste con la televisión de paga que ya alcanza a la mitad de los hogares del país de acuerdo con el Latin America Multichannel Advertising Council.

El sector atractivo está en las telecomunicaciones. Las audiencias de la televisión de paga constituyen un vibrante mercado en donde hay cabida para la innovación y los nuevos modelos de negocio. Junto con Internet, articulan el futuro de la industria del entretenimiento e información con audiencias cada vez más exigentes. Si bien el mercado publicitario de la televisión abierta es de 3,500 millones de dólares al año, ¿quién querría entrar a un negocio en el cual Televisa capta 68% de la inversión y TV Azteca 31%?

Pensemos tres posibles escenarios. Uno, optimista, sería aquel en el que los nuevos concesionarios invirtieran en producir una programación innovadora, escenario poco probable porque la producción de calidad es cara. Por ejemplo, las dos primeras temporadas de la serie House of Cards costaron a Netflix aproximadamente 100 millones de dólares. Me temo que no será ésta la apuesta. Lo más viable sería tomar un trozo del pastel publicitario con fórmulas ya probadas.

En el terreno de la información hay un área de oportunidad para favorecer el periodismo de investigación. Si bien los grupos seleccionados por el IFT tienen una larga tradición en medios, Radio Centro principalmente en radio y Cadena Tres con un conglomerado que incluye estaciones de radio y el diario Excélsior, basta una mirada a las líneas editoriales para moderar el optimismo. Un escenario pesimista sería aquel en el cual los concesionarios apostaran por cabildear intereses privados mediante una concesión pública, conjetura nada desproporcionada si se considera que la televisión abierta no es un gran negocio y si se revisa la historia de la televisión en México y sus vínculos con el poder.

Un tercer escenario, que llamaría realista, es mezcla de los anteriores. Los nuevos concesionarios, al no estar obligados a usar todo el espectro, podrán replicar sólo el canal principal. Para lo cual pueden comprar series y producir poco, por ejemplo una telenovela o programas de opinión que no requieren de mucha inversión y son suficiente para confeccionar la agenda del interés de los concesionarios manejando con mesura la crítica.

Estos dos últimos escenarios tienen algo en común: las audiencias pierden y los beneficios de recuperar el espectro por la digitalización para brindar a las audiencias diversidad y calidad serían irrelevantes. Los concesionarios pueden ser los mismos, pero no las audiencias cada vez más conscientes de sus derechos y que, de tener la posibilidad, irán abandonando a la televisión abierta para consumir producciones que son parte del imaginario contemporáneo y tema de conversación en las redes sociales.

La televisión abierta quedará para los mexicanos más pobres. Es aquí en donde las expectativas no están puestas en los grupos privados, sino en el sistema público de radiodifusión y su obligación de producir otra televisión, lo cual está aún por verse. A la televisión abierta, la competencia llegó tarde.