¿Qué debemos concluir del debate entre Clinton y Trump?

Casi todos los opinólogos coinciden en que Hillary Clinton le ganó el primer debate a un Trump predeciblemente bocafloja y maleducado, pero también en que ese triunfo de la razón, la voz templada y la ironía no alcanza para tranquilizar al planeta Tierra: el monstruo con piel de merthiolate sigue en la pelea. Con todo, el debate permite sacar muchas conclusiones importantes, más allá del resultado en números crudos, sobre, digamos, el papel de México y los tratados comerciales en la política gringa contemporánea, el auge global de los discursos del odio o el protagonismo en las agendas políticas de las amenazas terroristas y el crimen organizado. Bienvenidos, como todas las semanas.

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El debate de la sinrazón

Pedro Arturo Aguirre

Autor de "Historia mundial de la megalomanía" y "De Winston Churchill a Donald Trump: auge y decadencia de las elecciones".

De cara a la tan inusual elección presidencial estadounidense de 2016 es pertinente recordarlo: las decisiones humanas son, en gran medida, irracionales, y la política no es la excepción. Rara vez votamos a un candidato como resultado de un proceso razonado, minucioso, en el que sopesamos factores de fondo como ideas, propuestas, experiencia y carácter. Las más de las veces nos dejamos llevar por las filias y las fobias, las pasiones y los prejuicios. Siempre ha sido así, pero esta campaña podría pasar a la historia electoral del mundo como la apoteosis de la sinrazón.

En el pasado debate presidencial vimos la versión más fiel de Donald Trump: incoherente, impreparado, inmaduro y mentiroso. Ni siquiera le ayudó su supuesto gran manejo mediático. De plano falló en la prueba de comportarse con un mínimo de talante "presidenciable", que en realidad era lo único que sus estrategas pedían de él. Hillary demostró experiencia, sensatez y profesionalismo, pero, robótica como siempre ha sido, careció de pasión. Le faltó dar un golpe irónico a las peroratas de su absurdo rival. "Presumir reiteradamente de tener carácter, como tú lo haces, Donald, es precisamente el principal síntoma de la gente que no tiene carácter", pudo haberle dicho al republicano, por ejemplo, ya por no hablar de lo que se pudo hacer para devastar esa tontería de la "estamina". Ganadora Hillary, pero sin noquear, lo que no basta para garantizar el triunfo de la demócrata en noviembre.

Actualmente no basta con mostrar mayor competencia y sensatez. Quizá contemplamos en el mundo la llegada de una nueva era de la sinrazón. Por doquier aparece con ahínco la irracionalidad de demagogos y populistas. Tomar una decisión es un proceso complicado, y si bien para ello la razón es lo más efectivo, el corazón tiene razones que la razón no conoce, como dijo Pascal. Dice la neurociencia que lo irracional es algo tan necesario al ser humano para centrarse y orientarse en el mundo como puede serlo la misma conciencia racional. Las emociones más elementales detentan una potestad sobre la razón muchas más veces de lo que nos imaginamos. Y en política, como lo escribió Manuel García Pelayo, se necesita en este tiempo crítico "recoger y analizar las manifestaciones irracionales como una parte válida del quehacer político y no descartarlas como una simple desviación del paradigma racional-legal". Por eso hay que analizar y tratar de entender las razones de los que votan a Trump, el Brexit o el Peje en lugar de descartarlos alegremente desde la torre de la soberbia intelectual.

Tanta irracionalidad provoca, sí, perplejidad. ¿A qué se debe el triunfo del odio en política? La política de lo irracional ha encontrado en Donald Trump a su avatar más emblemático: un gran payaso que en medio de estridencias, y con un discurso llano y elemental, promete acabar con todos los problemas. Nunca entra en los molestos detalles de explicar los "cómo", porque hablar de cifras, análisis y hechos es parte del juego de los tramposos políticos. A más razonamiento, más desconfianza. Así soplan los tiempos.

Comenta la mayor parte de los expertos en esto de las campañas electorales que los debates muy rara vez son decisivos en el resultado de una elección. Habrá que ver si en esta ocasión tan particular se produce una excepción a esta regla, pero en este ambiente político tan corrosivo que padece Estados Unidos la iracundia tiene más atractivo que la experiencia. Quizá a Trump no le baste con una mayoría de electores blancos poco educados, pero Hillary necesita ganar terreno no solo entre las minorías, las mujeres y los blancos educados, sino entre los jóvenes que votan por primera o segunda vez, los llamados "millenials", que se ven tentados a no votar o hacerlo por terceras opciones. La candidata demócrata tiene poco tiempo para hacerlo. De fracasar, prepárese el planeta a ingresar de lleno en una oscura etapa de sinrazón e incertidumbre.