¿Qué cambió en estas elecciones?

Las cifras están ahí, claras: siete gubernaturas para el PAN y cinco para el PRI, que hasta las elecciones del domingo pasado gobernaba en nueve de esos estados. Goleada. Como la que recibió la elección para la Constituyente de la Ciudad de México, que concitó una indiferencia de récord histórico: a siete de cada diez votantes le pareció inútil presentarse a las urnas. Luego están las interpretaciones que pueden darse a las cifras, más complicadas. ¿Quedó el PRI al borde del nocaut? Morena, ¿ganó o perdió? ¿Sobrevivirá el PRD del brazo del PAN? Y este partido, ¿qué tantas posibilidades tiene de cara a 2018? No menos importante: el INE, ¿qué papel hizo?

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Las elecciones a bote pronto

Jorge Javier  Romero

Politólogo.

Primero, los lugares comunes, ya repetidos durante estos dos días hasta la saciedad: el PAN ganó, el PRI tuvo una derrota contundente, el PRD está en peligro de extinción y Morena se consolida más allá de la Ciudad de México. De los líderes, evidentemente Anaya crece, Manlio se enjuta, Basave apenas salva los papeles –porque lo único que puede presentar el PRD como no derrota fueron las alianzas en las que él se empeñó– y López Obrador, incombustible, alinea sus baterías con la certeza de que la suya es la única candidatura segura para 2018, pues en todos los demás partidos la guerra interna será despiadada a partir de ahora.

Si se trata de numeralia, después de la jornada del domingo, solo en cuatro estados el PRI se mantiene invicto: México, Hidalgo, Colima y Campeche, aunque esto no quiere decir que la hegemonía de la cultura política de la época clásica del PRI se haya desmantelado en todos los lugares en donde ha perdido, pues en varios estados la derrota electoral solo ha significado que los priístas de siempre ahora tienen opción de salida y pueden jugar por fuera cuando no son bendecidos por la candidatura oficial del partido de sus querencias. Desde luego que ese simple hecho ha cambiado las reglas internas del juego, pero, a diferencia de lo que piensa López Obrador, la simple salida del PRI no tiene los efectos de un bautizo que limpia de pecados al converso. El triunfo de Carlos Joaquín en Quintana Roo es el caso más evidente en esta elección, como lo fue el de Mario Velarde hace seis años en Sinaloa, donde poco cambió la manera de hacer las cosas de la política local.

Los comicios del domingo también deben servir para atemperar el entusiasmo de quienes ven en las candidaturas independientes la llave mágica para abrir la estrecha vía de entrada a la competencia que el proteccionista sistema de registro de partidos establece. Sin una maquinaria electoral sólida y alianzas bien armadas, como las que construyó el Bronco hace un año en Nuevo León –y que se asemejan bastante a lo que conocemos como partido político­–, los independientes resultan irrelevantes. Se habla mucho de la crisis de representación que viven los partidos, pero a la hora del sufragio la gente va y vota por las organizaciones constituidas, pues éstas reducen sus costes de información y alinean de mejor manera las preferencias que los individuos. En estas elecciones, el único independiente que logró ganar una elección relevante fue el que será alcalde de Ciudad Juárez.

Un dato triste que ha pasado relativamente inadvertido: ninguna mujer ganó un gobierno estatal. Lorena Martínez, que junto con Marco Mena en Tlaxcala era de lo más rescatable que presentó el PRI en esta ronda, perdió en Aguascalientes frente a un PAN que controlará ahora el congreso del estado y la mayoría de los municipios, dominado por la derecha clerical. La candidata del PRI, liberal e ilustrada, resultó demasiado excéntrica para la conservadora sociedad de su entidad. En Tlaxcala, otra Lorena –Cuellar– dio buena pelea pero se quedó en la raya.

Las cuentas que se deben hacer ahora, una vez asentada la polvareda de la elección de gobernadores, es la de los estados donde el partido o la coalición del gobernador tendrá mayoría en el congreso y la de aquellos donde deberán gobernar en minoría. Para tener esa cuenta clara habrá que esperar al cómputo final y a la asignación de los diputados de representación proporcional en cada entidad, pero esos datos son fundamentales para tener un panorama claro de cómo se desempeñaron en realidad los partidos, más allá de sus candidatos al gobierno. Tengo la impresión de que entonces se podrá calcular con más precisión de qué tamaño han sido, por ejemplo, el derrumbe del PRD y la derrota del PRI.

Por último, la Ciudad de México. Morena se coloca como primera fuerza, pero el PRD no se desfonda. El PAN resiste y el PRI queda en la marginalidad. Los independientes no avanzan. Pero la derrota de Mancera es evidente: su gran apuesta, la Constitución de la ciudad-estado, nacerá sin legitimidad democrática. Primero, por la aberración de sólo elegir a 60 de los 100 constituyentes, mientras el resto se los repartieron los partidos, el presidente de la República y el propio jefe de gobierno nombrándolos a dedo; pero también porque ni el 30% de los electores decidió avalar con su voto al proceso constituyente. Sin referéndum de ratificación, obstaculizado por la reforma constitucional, el documento nacerá muerto y será uno más de los papeles mojados que abundan en la historia constitucional mexicana.