¿Qué cambió en estas elecciones?

Las cifras están ahí, claras: siete gubernaturas para el PAN y cinco para el PRI, que hasta las elecciones del domingo pasado gobernaba en nueve de esos estados. Goleada. Como la que recibió la elección para la Constituyente de la Ciudad de México, que concitó una indiferencia de récord histórico: a siete de cada diez votantes le pareció inútil presentarse a las urnas. Luego están las interpretaciones que pueden darse a las cifras, más complicadas. ¿Quedó el PRI al borde del nocaut? Morena, ¿ganó o perdió? ¿Sobrevivirá el PRD del brazo del PAN? Y este partido, ¿qué tantas posibilidades tiene de cara a 2018? No menos importante: el INE, ¿qué papel hizo?

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La "fiesta de la democracia" y otros clichés

Esteban Illades

Editor de la revista “Nexos”.

El domingo, cerradas las casillas, los candidatos y presidentes de partidos comenzaron su pavoneo por televisión, radio y redes: todos habían ganado, y al mismo tiempo todos revelaban que los verdaderos triunfadores eran en realidad los ciudadanos.

Con tanto triunfo, durante varias horas hubo más gobernadores que estados; caso aparte fue la Ciudad de México, que con una participación inferior al 30% llegó a registrar en un momento más puntos IMECA que votos válidos. Más de 300 millones de pesos para que votara menos de un tercio del padrón.

En general las elecciones fueron pacíficas, lo cual no significa que hayan sido limpias o representativas. En Tamaulipas la población eligió entre el colaborador cercano de un gobernador prófugo por vínculos con narcotráfico y un senador con posibles antecedentes penales en Estados Unidos. Prefirieron al presunto ex convicto. (Mientras esto sucedía, otro ex gobernador, buscado por la DEA, votó tranquilamente en la casilla más cercana a su domicilio, por cierto.)

En Veracruz estaba la disyuntiva entre el candidato apoyado por el que bien ha sido el peor gobernador en la historia moderna de México –Javier Duarte– y un candidato con negativos nivel Trump –entre acusaciones severas, la de una riqueza tajantemente inexplicable es la mayor. (Ambos candidatos primos, por cierto.)

Los jarochos se fueron por el segundo. Más vale corrupto por conocer, parecen haber pensado.

En Quintana Roo, el estado que más se ha endeudado en los últimos seis años, el gobernador declaró que no iba a haber conteo rápido porque el estado no tenía dinero. (En los trascendidos locales se ha hablado de que éstas han sido las campañas que más efectivo han costado, con costos estimados cercanos a los mil millones de pesos, por cierto.)

En Oaxaca pareció vencer el hijo de otro ex gobernador, quien el año pasado –como documentó Carlos Puig– declaró haber ganado más de ocho millones de pesos trabajando como funcionario federal. 666 mil pesos al mes, bajo el argumento de que el Infonavit técnicamente es un órgano independiente, por lo que sus ejecutivos están exentos de ganar menos que el propio presidente. (Su padre y familia son dueños de departamentos en exclusivas torres en Manhattan, comprados a través de compañías fantasma, por cierto.)

Estos son apenas unos ejemplos, pero nos podríamos seguir cuartillas discutiendo casos específicos.

Al final de la jornada, ya que los programas de análisis de futbol y el concurso para el mejor cantante habían concluido, el canal con mayor rating de televisión abierta hizo su tradicional mesa con los líderes de los partidos –faltó, como es costumbre, el de Morena; no por no ser invitado sino por no tener interés en ir.

Varios minutos dedicaron a festejar y regodearse, otros tantos a descalificar e insultarse –en particular al ausente. El resultado fue el mismo antes de que iniciara el programa: partidos y políticos abstraídos de la realidad nacional, en un fiesta que es todo menos democrática. Ninguna autocrítica y cero propuestas para reformar un sistema que a todas luces falló: cuando entraron al aire, los famosos PREP –Programas de Resultados Electorales Preliminares– avanzaban al paso lento de la democracia mexicana. La última, y altamente cacareada, gran reforma electoral se llevó a cabo bajo el argumento de que las funciones electorales deberían centralizarse con un nuevo instituto rector –el INE– para que funcionaran bien; en la primera elección con flamante y más caro sistema, el proceso resultó peor que cuando supuestamente estaba descompuesto.

En la mesa de debate sólo había palabras huecas e interlocutores inexistentes. Los tres presidentes hablaban a un vacío, a una cámara detrás de la que había poco público. Algunos lo hacían en tonos más alegres que otros, porque había habido alternancia en varios estados. No porque las opciones fueran mejores, sino porque en varios de ellos la gente estaba tan harta de la incompetencia actual que optó por la incompetencia futura en lo que parece un incipiente bipartidismo: el PRD se desploma salvo que se pegue cual rémora al PAN, y Morena dista mucho de tener presencia nacional; en las 12 elecciones logró un tercer lugar, y sólo en la Ciudad de México, su único bastión, consiguió una mayoría –más cerrada de lo esperada. PRI y PAN se disputan los gobiernos. A veces gana uno, a veces el otro. A veces unos desvían más recursos, otros menos. Y la participación electoral, ante tal panorama, cada vez es menor.

Los presidentes no fueron al programa a debatir, sino a hacer cuentas. Cuentas de cuánto dinero tendrán para gastar de aquí a dos años, cuando se vuelva a repetir este ejercicio donde todos resultan ganadores salvo los ciudadanos, y donde podremos hablar de alternancia y democracia, aunque sólo se trate de palabras para llenar columnas y aire televisivo.