¿Qué aprendí del Chapo Guzmán?

El equipo que se encarga de la Tribuna es incorregiblemente optimista. No importa lo estúpida, vulgar, inconexa, abyecta o ridícula que sea una noticia, en estas oficinas domina siempre una certeza: que de ella se pueden obtener enseñanzas legítimas, razonamientos estimulantes, ventajas pedagógicas. Eso incluye el último episodio protagonizado por el Chapo Guzmán, con todos sus ingredientes: la enésima confirmación de que Sean Penn es intragable, las –llamémosle así– debilidades de Kate del Castillo y la revelación de que nuestro genio del mal habla como mesero de antro –"¿Unas medias de seda para la damita?" Para demostrarlo, hemos convocado a un asamblea de sabios dispuestos a responder: "¿Qué aprendí del Chapo Guzmán?" Lo más importante, sin embargo, es que lo hagan ustedes, queridos lectores. Vamos, confiesen: ¿qué aprendieron?

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Obviedades

Lisa  Sánchez

Coordinadora del Programa Latinoamericano para la Reforma de la Política de Drogas de México Unido contra la Delincuencia.

Cuando me invitaron a escribir esta colaboración me pidieron responder a la siguiente provocación: confesar qué aprendí de El Chapo. Pues bien, a más de una semana de su re-re-re captura, de la publicación de la famosa no entrevista en "Rolling Stone", de la filtración de los mensajes entre él y Kate del Castillo y de la première de los 17 minutos de video donde Guzmán Loera nos cuenta su historia, puedo decir que no aprendí nada. Y es que ni con toda la producción del mundo nos lograron vender más que un circo de obviedades cuyo único mérito es desvelar, para los pocos que quieren ver, lo que todo el mundo sabe. Algunos ejemplos:

  • La guerra contra las drogas está perdida. "El día que yo no exista no va a mermar lo que es nada el tráfico de drogas. Eso es falso", sentencia El Chapo mientras Sean Penn lamenta que su exclusiva no haya servido ni para transmitir este mensaje. Pero qué importa si eso lo sabemos todos aquí y en Estados Unidos, donde por cierto la legalización del cannabis avanza a pasos agigantados y donde el próximo noviembre se votarán nueve propuestas más, incluyendo las de los estados fronterizos de California y Arizona. Que la guerra fracasó es un hecho, o si no que le pregunten a Peña y a Calderón si la estrategia de desarticulación de carteles ha servido para algo y si la militarización de la seguridad pública les ha resuelto el problema de la violencia y la delincuencia (cosa que también se le puede preguntar a Zedillo o Fox, ambos defensores de la regulación legal).
  • El gobierno federal no entiende que no entiende. Retomando las duras observaciones hechas por "The Economist" y "The New York Times", el espectáculo de estos días me demostró una vez más que el gobierno prefiere gobernar sobre la imagen y no sobre la realidad. El penoso despliegue de autoelogios y presidencialismo trasnochado que vociferó "Misión Cumplida" y cantó vivas sin reparar en la propia responsabilidad de la fuga y la continua degradación del Estado de Derecho (al violar, por ejemplo, la secrecía de las investigaciones) fue sólo una muestra de tan penosa situación. Ya decía Jesús Silva-Herzog Márquez que en aras de engrandecer al "Señorpresidente", el propio gobierno terminó idolatrando al criminal.
  • El periodismo de investigación es un oficio despreciado. Lo dijo "The Washington Post" y lo repitió "El País": ni Penn ni Del Castillo son periodistas y al hacer de su relación y encuentro con Guzmán un producto mediático que se pretendía entrevista, le dieron una bofetada a quienes sí lo son y a través de su trabajo denuncian las atrocidades perpetradas por el crimen organizado y el gobierno. Yo no soy de las que dicen que los actores cometieron un crimen por reunirse con un prófugo de la justicia y tampoco me parece que en el relato logrado hagan apología del delito. Lo que sí les recrimino, a ellos y quienes la consumieron como pan caliente, es que al entregarle el control de la narrativa al delincuente, el producto fue tan básico, desprolijo y elemental que le faltaron al respeto a una profesión por la que decenas de personas mueren cada año en México.

Por último, y no por eso menos importante, el show de los últimos días me reafirmó que las cosas no cambian porque, como decía José Merino en "Nexos", "México es un país que cubre sus espejos". Cómo explicarse si no que aquí donde vivimos el repunte de la violencia homicida, donde hay más cuerpos que averiguaciones previas, donde la esperanza de vida decrece y la impunidad avanza, lo más importante haya sido el gallo, el color del teléfono, el estampado de la camisa, el grado de intimidad entre Kate y Joaquín y el himno nacional... Pues sólo así, constatando que no entendemos ni a punta de obviedades.