¿Qué aprendí del Chapo Guzmán?

El equipo que se encarga de la Tribuna es incorregiblemente optimista. No importa lo estúpida, vulgar, inconexa, abyecta o ridícula que sea una noticia, en estas oficinas domina siempre una certeza: que de ella se pueden obtener enseñanzas legítimas, razonamientos estimulantes, ventajas pedagógicas. Eso incluye el último episodio protagonizado por el Chapo Guzmán, con todos sus ingredientes: la enésima confirmación de que Sean Penn es intragable, las –llamémosle así– debilidades de Kate del Castillo y la revelación de que nuestro genio del mal habla como mesero de antro –"¿Unas medias de seda para la damita?" Para demostrarlo, hemos convocado a un asamblea de sabios dispuestos a responder: "¿Qué aprendí del Chapo Guzmán?" Lo más importante, sin embargo, es que lo hagan ustedes, queridos lectores. Vamos, confiesen: ¿qué aprendieron?

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Un triunfo de la Antropología

Natalia Mendoza

Antropóloga. Autora de “Conversaciones del desierto: cultura, moral y tráfico de drogas”.

La entrevista de Sean Penn a 'El Chapo' Guzmán y el reportaje que la acompaña son irrelevantes desde el punto de vista de la investigación judicial y de los estudios de seguridad.

Sin embargo, visto desde la Antropología, el espectáculo mediático alrededor de la captura de 'El Chapo' está lleno de detalles significativos. Al fin y al cabo, las camisas, el tono de la correspondencia entre Kate y 'El Chapo', lo accidentado de la entrevista, las reacciones del público, e incluso el pedo de Penn, nos dicen cosas. Hablan, por ejemplo, sobre la distinción y las relaciones de clase en México, sobre el derecho a la ostentación, sobre la influencia de las telenovelas, sobre la simulación y la sospecha en la vida pública, y sobre la relación entre el público estadunidense y el mexicano.

Me interesa sobre todo la entrevista. Llama la atención que una gran parte de las preguntas buscasen crear una radiografía moral de 'El Chapo': ¿Es violento? ¿Cómo se lleva con su mamá? ¿Sabe que las drogas hacen daño? ¿Cuáles son sus sueños?

Las respuestas son predecibles. El sinaloense hace un esfuerzo por hablar en un registro en el que visiblemente no está a sus anchas y, al igual que en su correspondencia con Kate, recurre a las formas de moral y distinción que conoce, las del ranchero. Todas sus respuestas reproducen este ideal moral: trabajó arduamente en la infancia, valora a su madre y a su familia por encima de todas las cosas, aprecia la vida sencilla, no le gustan los problemas de ningún tipo, no se mete con nadie. Es tan trillado que hasta resulta curioso: en la idea que a 'El Chapo' le gustaría hacerse de sí mismo reina el acato de las formas y las normas más tradicionales. Nada es transgresión.

El problema de fondo es que la entrevista parte del supuesto de que la vida interna de 'El Chapo' de alguna manera nos puede ayudar a entender algo de lo que realmente importa: ¿en qué consiste realmente eso que llamamos crimen organizado? ¿Cuáles son las causas y los mecanismos de la violencia en México?

Sobre este tema encontré un solo momento significativo en la entrevista. Alrededor del minuto siete le pregunta: "¿Usted considera que su actividad... que usted forma parte de un cártel, que dirige un cártel?" 'El Chapo' contesta con mucha seguridad: "No, señor, para nada, porque las gentes que se dedican a esta actividad, pues no dependen de mí."

Creo que en este punto le podemos creer. A menos que nuestro afán de ver al crimen organizado como un conjunto de estructuras piramidales altamente centralizadas nos haga pensar que 'El Chapo' dirige un cártel sin darse cuenta de que lo hace.

Me inclino a creerle también porque su afirmación confirma lo que las personas haciendo trabajo de campo en zonas de narcotráfico han dicho: cuando uno acerca elzoom, los cárteles se desdibujan y en su lugar aparece un entramado complejo de redes con múltiples nodos. El grado de concentración de decisiones y recursos que consigue cada uno de esos centros varía constantemente.

En general, la relación de los narcos locales de Sonora con la cúpula de Sinaloa se parece más a la de un subcontratista o cliente que a la de un empleado. En algunos lugares esta configuración ha cambiado en la última década como resultado de la privatización y monopolio de las rutas de trasiego. Se han ido formando grupos con una identidad y una organización mucho más cohesivas. Aun así, la forma en que se articulan actualmente las varias empresas de trasiego de droga sonorenses y sinaloenses con las mafias locales que operan como intermediarios con las fuerzas armadas, extorsionadores, administradores, o matones a sueldo, está lejos de ser obvia.

En todo caso, esa era la veta valiosa de la entrevista, y desafortunadamente el entrevistador se fue de frente sin percatarse del interés de la respuesta. Ahí había que rascarle: ¿Cómo que de manera independiente? ¿Más o menos cuánta gente tiene usted directamente en su nómina?¿Usted, por ejemplo, se entera y decide sobre cada cargamento que pasa por las rutas fronterizas de Sonoyta, Caborca, Sásabe o Nogales?¿O solo sobre la droga que es suya?¿Usted supervisa el cultivo o sólo compra la droga? Cuando cae un líder regional, como Nacho Páez en Caborca, ¿usted decide quién lo sustituye o eso se decide allá?

Pero quizá la pregunta que más me hubiera gustado hacerle es ¿por qué en Sinaloa y Sonora no ha proliferado la extorsión a negocios legales como en otras partes de México? Se cobra el uso de las rutas a migrantes, polleros y narcos. Pero en general no se le cobra "piso" a ganaderos, mineros, comerciantes, o maestros: ¿usted sabe por qué?

Aunque tal vez las respuestas habrían sido tan insípidas y cortantes como las demás. Al fin y al cabo, la realidad cotidiana de la intermediación criminal y política en México es infinitamente más compleja que la vida mental o emocional de uno, dos o cien capos. Y no hay atajos para entenderla.