¿Prosperará Prospera?

Las cifras son tercas: la pobreza no cede, a pesar de que México ha aplicado programas para combatirla desde, al menos, tiempos de Echeverría. Ahora, el gobierno dice adiós a Oportunidades y saluda a Prospera, su versión corregida y aumentada. ¿Representa este programa una mejoría sustancial respecto a los anteriores o volvieron a revolcar a la gata, a usar aspirinas para el cáncer? ¿Son estos programas formas nuevas del clientelismo viejo y nada más? ¿Puede y debe el Estado encabezar esta lucha? En suma (robamos la pregunta a nuestro colaborador Gerardo Esquivel): ¿Prosperará Prospera?

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    1. Rogelio Gómez Hermosillo

      En el camino adecuado

      Ex coordinador nacional de Oportunidades.
    2. Gerardo Esquivel

      La política social como ...

      Profesor e investigador en el Colegio de México.
    3. Álvaro Rodríguez Arregui

      La solución es el mercado

      Experto en microcréditos.

Breve historia del clientelismo

Jorge Javier Romero

Investigador de la UAM. Coordinador del diplomado de Política de Drogas en el CIDE.

Nada nuevo bajo el sol. Desde los tiempos de la época clásica del PRI, los programas de combate a la pobreza se han presentado como las joyas de la corona de los sucesivos presidentes. Y una y otra vez se ha dicho que se pondrá el acento en desarrollar las capacidades productivas de los beneficiados. Con matices, desde los tiempos del Programa de Inversión Pública para el Desarrollo Rural (PIDER), que con recursos del Banco Interamericano de Desarrollo echó a andar el gobierno de Echeverría en 1973, los programas de protección social para los más pobres se han sucedido sexenio tras sexenio, con ajustes en sus objetivos, estrategias y reglas de operación.

Después del PIDER --o, más bien, superpuestos-- surgieron en los tiempos de la grandilocuencia de López Portillo la Coordinación General del Plan Nacional de Zonas Deprimidas y Grupos Marginados (COPLAMAR) y el Sistema Alimentario Mexicano (SAM). Entonces como ahora, la abundancia llegaría y derramaría sus ríos de leche y miel por todo el país gracias a la buena administración de la riqueza petrolera. COPLAMAR desarrollaría proyectos productivos, llevaría la seguridad social a los marginados y los abastecería de productos básicos a precios subsidiados mientras el Sistema Alimentario Mexicano garantizaría la seguridad alimentaria gracias a que propiciaría la productividad en el campo mexicano. Sin duda aquellos programas no tuvieron ni los recursos ni la cobertura de sus sucesores, pero sí sirvieron de tema para la publicidad gubernamental, que los presumió como el gran compromiso del gobierno contra la pobreza.

La crisis que estalló en 1982 limitó los recursos públicos destinados a esas redes mínimas de protección social para los pobres al tiempo que provocó la pauperización de importantes sectores de la población. Hacia finales de la década de 1980, cuando llegó a la presidencia Carlos Salinas de Gortari, la atención a la pobreza se presentaba como un imperativo político, sobre todo frente al cataclismo electoral que había provocado la fractura del PRI. Salinas puso en marcha al llegar a la presidencia el Programa Nacional de Solidaridad (PRONASOL), cuyo objetivo era el abatimiento de la pobreza de las zonas indígenas y rurales y de la población de las zonas áridas y urbanas, a través de la ejecución de acciones en seis componentes básicos: alimentación, salud, educación, vivienda, proyectos productivos y empleo.

La historia de PRONASOL es bien conocida: para financiarlo se usaron parte de los recursos obtenidos de las privatizaciones de las empresas públicas y pronto se convirtió en un gran paraguas para cubrir todo el gasto clientelista con el que el presidente pretendía recuperar el control político perdido con la escisión cardenista. El gasto fue ingente y su distribución discrecional. Bajo la marca Solidaridad se hicieron grandes inversiones carreteras lo mismo que pequeñas canchas de básquet en pueblos apartados. Los comités de solidaridad pulularon como redes captadoras de recursos públicos. Incluso algún estudio se ha aventurado a decir que fueron recursos del PRONASOL los que permitieron al EZLN comprar armas para su rebelión.

PRONASOL fue un programa de gasto político y una marca publicitaria. Antes de las elecciones intermedias de 1991, cuando se dudaba de la capacidad del PRI para recuperarse electoralmente, se especuló con la posibilidad de que Salinas utilizara la red organizativa creada por el programa para construir un nuevo partido. El programa operado por una burocracia politizada, no profesionalizada sino dependiente en sus puestos de la lealtad política, hizo que, cuando vino la crisis de 1994-95 y Salinas se volvió el mal encarnado, la marca Solidaridad se convirtiera en sinónimo de dispendio, clientelismo y manipulación de los pobres.

Zedillo le impuso a su programa de combate a la pobreza el tono ascético de su pulcritud tecnocrática. En lugar de una gran derrama de recursos para proyectos de todo tipo, se diseño entonces la matriz de lo que hoy existe: un programa de distribución de recursos focalizados con padrones definidos. Eso fue PROGRESA, apenas modificado por Oportunidades, el programa de Fox y Calderón que conservó las características principales de su predecesor aunque incorporó nuevas acciones con el fin de ampliar el acceso de las familias que viven en condiciones de pobreza, por medio de una transferencia monetaria y suplementos alimenticios condicionados a la asistencia de los niños a la escuela y a la supervisión de sus niveles de salud. El principal avance que se dio durante los gobiernos panistas en cuanto a las políticas de combate a la pobreza fue en la rendición de cuentas, con la creación en julio de 2001 del Comité Técnico para la Medición de la Pobreza en México y con la promulgación en diciembre de 2003 de la Ley General de Desarrollo Social, de la cual se derivó el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL).

Lo que ha anunciado ahora el presidente Peña Nieto es una nueva ampliación de Oportunidades. Un cambio de nombre que hace homenaje al diseño zedillista con un nuevo énfasis en el acceso al crédito, los seguros, la educación financiera y las becas, y un nuevo impulso a los proyectos productivos. Por lo visto hasta ahora no se trata de un gran cambio ni es de esperar que los resultados de reducción de la pobreza sean, ahora sí, notables. Los programas focalizados han resultado más bien paliativos en una sociedad donde la mitad de la población vive en la pobreza y más del 25% está en la extrema pobreza. Programas han ido y venido y México sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo.

La autonomía del CONEVAL, la mayor transparencia y la presión ejercida por la competencia política plural pueden limitar el ejercicio clientelista de los programas sociales, pero mientras no exista una administración pública profesional, donde los cargos no dependan de la afiliación política, los resquicios para el clientelismo existirán y sin un sistema educativo equitativo y de calidad, una seguridad social de cobertura universal y un crecimiento económico que genere empleo bien remunerado, el progreso, las oportunidades o la prosperidad seguirán siendo evanescentes para los más pobres.