¿Prosperará Prospera?

Las cifras son tercas: la pobreza no cede, a pesar de que México ha aplicado programas para combatirla desde, al menos, tiempos de Echeverría. Ahora, el gobierno dice adiós a Oportunidades y saluda a Prospera, su versión corregida y aumentada. ¿Representa este programa una mejoría sustancial respecto a los anteriores o volvieron a revolcar a la gata, a usar aspirinas para el cáncer? ¿Son estos programas formas nuevas del clientelismo viejo y nada más? ¿Puede y debe el Estado encabezar esta lucha? En suma (robamos la pregunta a nuestro colaborador Gerardo Esquivel): ¿Prosperará Prospera?

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    1. Rogelio Gómez Hermosillo

      En el camino adecuado

      Ex coordinador nacional de Oportunidades.
    2. Álvaro Rodríguez Arregui

      La solución es el mercado

      Experto en microcréditos.
    3. Jorge Javier Romero

      Breve historia del ...

      Investigador de la UAM. Coordinador del ...

La política social como ambulancia

Gerardo Esquivel

Profesor e investigador en el Colegio de México.

El martes 2 de septiembre se anunció el cambio de nombre al programa insignia de la política social en México: este ya no se llamará Oportunidades, ahora será Prospera. Según el gobierno federal, las limitaciones de Oportunidades ya resultaban evidentes y era necesario un ajuste en el programa. El nuevo programa sustituye a Oportunidades de manera análoga a cuando éste sustituyó a Progresa: se le agregan nuevos ingredientes y se le rebautiza para que, entre otras cosas, el nuevo nombre sea asociado al gobierno en turno. A diferencia de estos dos casos, la sustitución de Solidaridadpor Progresa en 1997 sí representó un cambio más de fondo, es decir, un cambio de concepto y de diseño fundamental. En cambio, las dos transformaciones recientes fueron muy distintas. Se trata de cambios en el margen, en parte cosméticos, en parte políticos, y sólo de manera muy parcial de un auténtico cambio conceptual.

El nuevo programa mantiene todos los apoyos y beneficios de Oportunidades, pero ahora se le agregarán nuevas vertientes. Se dice que habrá apoyos para programas productivos (que de poco han servido en otros casos); también se dice que ahora habrá acceso al financiamiento para mujeres a tasas de interés relativamente bajas (la parte más interesante y novedosa); y, finalmente, se anuncia que también se otorgarán becas a jóvenes para que realicen estudios universitarios (cuyo éxito depende crucialmente de temas de acceso, de oferta y, por supuesto, de la calidad de la educación recibida, un tema no menor y muy preocupante en algunas zonas del país).

La pregunta clave es evidente: ¿servirá el nuevo programa para combatir la pobreza? Y ésta, a su vez, nos remite a preguntarnos por qué no han funcionado los programas anteriores. El hecho incontrovertible es que las tasas de pobreza actuales (total, moderada y extrema) son prácticamente las mismas que teníamos allá en 1992, cuando empezó todo este desfile de nombres y programas sociales (es decir, con la mitad de la población en situación de pobreza, alrededor de 20% en pobreza extrema y el otro 30% en pobreza moderada). ¿Por qué no han funcionado los otros programas? ¿Por qué si funcionaría éste?

La respuesta a la primera pregunta tiene dos dimensiones: por un lado, los programas sociales no han funcionado para reducir la pobreza porque la economía no ha crecido lo suficiente y, por el otro, porque el magro crecimiento que hemos tenido ha sido de un carácter excluyente, es decir, ha tendido a concentrarse en pocas manos y no se ha filtrado prácticamente nada de ese escaso crecimiento a la parte más baja de la distribución del ingreso. Así, como ya se ha dicho en otro lado, la política social en México se ha convertido en la ambulancia que va recogiendo los múltiples heridos que deja la política económica. En ese sentido, el bajo crecimiento y el crecimiento excluyente no contribuyen al combate a la pobreza; más bien, tienden a perpetuarla. Así no hay programa social que funcione.

A lo anterior debemos agregarle dos elementos adicionales. Primero, la política social no la conforma solamente el programa insignia del gobierno federal. Junto con éste hay muchos otros que tienen serios problemas de diseño, algunos de los cuales son incluso regresivos. Esto implica que la política social, vista en su conjunto, es bastante menos progresiva, y por ende efectiva, que un programa social como Oportunidades. Esta otra parte de la política social es en realidad la que menos funciona. Eso, sin embargo, no cambiará un ápice con el cambio de nombre del programa insignia.

En segundo lugar, los diseñadores de la política social no han acabado de entender que muchos mexicanos son pobres porque las condiciones geográficas de las zonas donde viven son muy adversas. En la medida en que la política social siga vinculando a las personas a una zona en específico (es decir, a verdaderas trampas de pobreza), muchas de ellas seguirán siendo pobres.

En ese sentido, no es claro que el nuevo programa resuelva los problemas de fondo a los que se han enfrentado otros programas sociales en el pasado. El cambio de nombre no afecta al crecimiento ni al tipo de crecimiento que tenemos. Tampoco hace nada por la parte de la política social que menos funciona, ni logra desvincular a los pobres de las zonas donde viven. Por todo lo anterior, es poco probable que este cambio de nombre y de responsabilidades tenga un destino muy distinto al de los programas que le antecedieron.

Quizá es tiempo de empezar a pensar en un nuevo acrónimo para el futuro. O, mejor aún, en una nueva forma de diseñar la política económica y social de este país.

gesquive@colmex.mx  

@esquivelgerardo