¿Prosperará Prospera?

Las cifras son tercas: la pobreza no cede, a pesar de que México ha aplicado programas para combatirla desde, al menos, tiempos de Echeverría. Ahora, el gobierno dice adiós a Oportunidades y saluda a Prospera, su versión corregida y aumentada. ¿Representa este programa una mejoría sustancial respecto a los anteriores o volvieron a revolcar a la gata, a usar aspirinas para el cáncer? ¿Son estos programas formas nuevas del clientelismo viejo y nada más? ¿Puede y debe el Estado encabezar esta lucha? En suma (robamos la pregunta a nuestro colaborador Gerardo Esquivel): ¿Prosperará Prospera?

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    1. Rogelio Gómez Hermosillo

      En el camino adecuado

      Ex coordinador nacional de Oportunidades.
    2. Gerardo Esquivel

      La política social como ...

      Profesor e investigador en el Colegio de México.
    3. Jorge Javier Romero

      Breve historia del ...

      Investigador de la UAM. Coordinador del ...

La solución es el mercado

Álvaro Rodríguez Arregui

Experto en microcréditos.

En los últimos veinte años el mundo ha experimentado la mayor reducción de pobreza en la historia: a la mitad, del 43% de la población mundial al 21%. Esto equivale a unos mil millones de personas. ¿Esta reducción es gracias a la filantropía y a programas de gobierno asistencialistas? Veamos. Ese porcentaje se debe principalmente a China, que ha sacado a 680 millones de la pobreza; ahí, el porcentaje de personas por debajo de la línea de pobreza pasó de 84% en 1980 a 10% el día de hoy. ¿Cómo logró China este resultado? Gracias a la incorporación de cientos de millones de personas a la economía de mercado.

En contraste, durante esos años México prácticamente no contribuyó a la reducción planetaria de la pobreza. No por casualidad, es en ese periodo cuando se implementaron programas asistencialistas. Si estos programas no han funcionado, ¿por qué insistimos en imponerlos? A lo mejor la respuesta es: porque la verdadera motivación es política, y no de reducción de la pobreza. Sin duda, los programas de esta naturaleza son sumamente “electoreros”.

En la última semana se anunció un nuevo programa, Prospera; el anterior de este gobierno fue la Cruzada Nacional Contra el Hambre. Creo que antes de pensar en un nuevo programa, deberíamos de evaluar los resultados del anterior. Y estos resultados no deberían ser una medida de “a cuánta gente atendí”, si no contestar qué se logró con estas intervenciones, y si estos logros tienen permanencia en el tiempo o si son simplemente una “aspirina”.

Debemos reconocer que hay prisa, mucha, para reducir la pobreza en México, y que las personas en situación de indigencia no tienen por qué esperar a que nuestra economía funcione adecuadamente y ellos puedan integrarse mejor a la economía de mercado, para con ello salir de la miseria. Por esta razón, sin duda se tienen que implementar programas de reducción de la pobreza. Pero éstos no deben de tener una filosofía asistencialista. Estos tienen que tener una filosofía 100% de mercado.

Para que el mercado en México actúe a favor de la reducción de la pobreza, tenemos mucho trabajo por delante. Un amigo dice que “En México vivimos en una economía de mercado con un andamiaje soviético”. No puedo estar más de acuerdo: mi experiencia trabajando con emprendedores me confirma lo inmensamente difícil que es hacer empresa en México. Para que se pueda tener una iniciativa de mercado dirigida a la reducción de la pobreza es fundamental que el gobierno vea al sector privado como un aliado. Pero todo indica que, con los nuevos programas, el gobierno está viendo al sector como un enemigo, ya que pretende distribuir directamente productos y servicios a sectores de bajos recursos que tradicionalmente son distribuidos por el sector privado. Esto pone en evidencia que el gobierno considera que lo puede hacer mejor –más eficientemente, con más efectividad y con mayor calidad– que el sector privado.

Desde mi punto de vista, el rol del gobierno no es sustituir la labor privada. La Reforma Energética, por ejemplo, se dio justamente por el reconocimiento del gobierno de que fracasó en llevar a cabo una función que desempeña el sector privado en otras geografías. El papel del gobierno debe ser el de motivar o incentivar (o catalizar) al sector privado para hacer ciertas labores en la economía; facilitar, en suma, que haga su papel y, sin duda, regularlo. Con los programas de reducción de pobreza, el gobierno pretende en cambio sustituir la labor del sector privado. Esa película ya la hemos visto y no acaba bien.

Seguramente al leer esto muchos pensarán: "Mira cómo nos ha ido con el sector privado proveyendo productos y servicios en lugar del gobierno". Cierto. Creo que eso ha sucedido porque el Estado no ha jugado de árbitro. Para que el sector privado sea un aliado del gobierno, sin duda los elementos que aporta éste son fundamentales. Es claro, por ejemplo, que el sector privado no va a distribuir comida sana en zonas muy remotas sin recibir un incentivo y con el gobierno facilitando esa labor. Pero la lógica del sector público no debe ser: “Ya que el sector privado no lo está haciendo, lo voy a hacer yo”. La lógica del gobierno debe ser: “Qué tengo que hacer para que el sector privado sea un motor de la economía de esas personas”; o “Cómo incentivo y facilito que el sector privado lleve productos y servicios básicos –como seguros–, a precios accesibles, a esas poblaciones”; o “Cómo puedo ser un catalizador para que el sector privado haga inversiones en las zonas más pobres de México”. Evidentemente la opción del “deber ser” es mucho menos atractiva desde el punto de vista político, pero mucho más efectiva en la reducción de pobreza.

Puedo hablar de mi caso. Mi primera experiencia directa con la “base de la pirámide” económica empezó después de la maestría en Harvard, cuando trabajé directamente con microempresarios y organizaciones de microfinanzas en Ecuador, Bolivia, Argentina y México. Con esta experiencia conocí el poder de las soluciones de negocio para resolver problemas sociales. También aprendí que en el sector social no se aprenden capacidades de gestión y que todo proyecto, por más bueno que sea, requiere de ejecutarse eficiente y efectivamente. Me he mantenido muy activo en el mundo de las microfinanzas, primero a través de ACCION International, a nivel global, y con Compartamos, en México. En 2007 cofundé IGNIA, con base en nuestra experiencia en microfinanzas e inspirado por la labor de Compartamos, para lograr erradicar la exclusión financiera, una solución de negocio que ha hecho más en este terreno que cualquier programa de gobierno.

Fundamos IGNIA porque reconocemos que uno de los grandes retos para las personas en la base de la pirámide es el acceso a productos y servicios de calidad. Lo que pretendemos es que esas personas se puedan desarrollar a su máximo potencial aun cuando no gocen del acceso a productos y servicios de calidad como vivienda, salud, nutrición, educación. Pensamos que esto es una imperfección de mercado. Por eso, hemos invertido en, por ejemplo, Barared, que está introduciendo tecnología en los changarros de la esquina (es el principal empleador de México, con un millón de negocios de ese tipo) generando acceso a servicios y transacciones financieros. También, conectando a esos changarros a la cadena de suministro para ser atendidos de manera más eficiente y efectiva. Resultado: los “changarreros” están incrementando sus ingresos en 22%.

Si no me creen, pregúntenle a China.