¿Por qué son tan malos los spots electorales?

¿Vibraste con ese spot en el que un candidato baila con unas botas picudas? ¿Vas al cine para ver una vez más aquel en que nos avisan de que a los secuestradores ya se los cargó el payaso? ¿Se te humedecen los ojos con ese líder salerosísimo, chispeante, que va a traer la honestidad al México de las mafias? ¿Aplaudes con las versiones de canciones famosas que pululan en el espectro? ¿Te reúnes en familia, chela en la mano, para ver qué nuevo acto de brillantez publicitaria nos proponen los partidos políticos de cara a las elecciones? Entonces esta Tribuna no es para ti. Porque esta Tribuna lo que intenta es lo mismo que casi todos los ciudadanos que ven la televisión, leen la prensa, escuchan la radio o simplemente manejan por las calles del país: explicarse por qué la publicidad electoral es tan bochornosa, categórica y voluminosamente mala.

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    1. Gisela Rubach Lueters

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    3. Luis Elizalde

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Un político pobre…

José Ángel

Lector.

La política, como la vida misma, es un juego al que se accede de acuerdo a lo que el presupuesto alcanza siguiendo la máxima de ese venerable y bien admirado político allá por Atlacomulco: “Un político pobre es un pobre político”. Así que el juego político se ha convertido en un cómprelo ya y páguelo en pagos chiquitos en plazos de tres a seis años. O eso es lo que nos quieren hacer creer, porque los mismos que prometen no volvernos a fallar se seguirán postulando hasta que la muerte los separe… del cargo público.         

Cuando somos niños siempre tenemos el compañerito ricachón cuyo estatus socioeconómico le permite vestir, comer o ver lo mejor de lo mejor en el momento, y por otro lado tenemos al que en aras de mantenerse a la vanguardia, acude a comprar las imitaciones que su presupuesto familiar también le permite. En la política es exactamente lo mismo, pero en lugar de la cartera de papá respaldándonos tenemos a poderosos grupos empresariales o políticos que desinteresadamente se involucran en el juego democrático, algunas veces solo para apoyar a sus retoños y algunas otras a manera de aventura (léase con suspicacia y sarcasmo).

En el país donde se gana la presidencia respaldado por televisoras, lo mejor conocido en la izquierda ortodoxa como la mafia del poder, la clase política se ha visto impulsada a imitar al ganón de la silla grande. Todos queremos la silla grande: en la comunidad, en el distrito, el municipio, en el estado hasta llegar al mandamás, el mero, mero petatero de esta locomotora llamada México (ajúa: sí como no, suenan disparos al aire y cohetones en mi cabeza cada vez que lo pienso).

Por eso, aunque me indigna no me sorprende ver a los candidatos pidiendo votos al ritmo de raegetton, cumbia o bachata. A final de cuentas, para llegar a la arena política han tenido que hacer cosas moralmente mas reprobables. No señalo a nadie y no digo que no han tenido que caminar ese walk of shame muchas mañanas. ¿A poco no?