¿Por qué estamos tan indignados?

Exasperación, frustración, radicalización, enojo: palabras que sin duda le cuadran al México actual, como podrá comprobar quien se asome a las redes sociales, quien se tope con una manifestación por Ayotzinapa, quien lea las versiones más apocalípticas sobre el despido de Carmen Aristegui, quien le pregunte al vecino cómo ve el caso de la Casa Blanca o hasta qué punto confía en que mejore lo económico. Pero ¿qué tanto, exactamente, le cuadran a México esas palabras? ¿Qué tan extendida está la indignación, y qué tanto es reflejo de los medios y las redes sociales? ¿Qué tan cerca estamos, pues, del colapso? Hemos pedido a un grupo variopinto y talentoso de autores que respondan a estas preguntas. Faltan ustedes, queridos lectores.

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    1. Esteban  Illades

      Se ve pero no se toca

      Editor en la revista Nexos. Su libro La noche ...
    2. Benito Taibo

      El diablo por vecino

      Novelista y aficionado a la historia. Coautor ...
    3. Carlos Velázquez

      Sin derecho a la indignación

      Autor de El karma de vivir al norte.
    4. Andrés Lajous

      La derrota del gobierno

      Sociólogo. Analista político.
    5. Jorge Javier  Romero

      Nada nuevo

      Politólogo.
    6. José Antonio Aguilar Rivera

      La cruda democrática

      Autor de La geometría y el mito. Un ensayo ...

¿Y si se van todos?

Javier Aparicio

Profesor investigador del CIDE.

Me confieso optimista de largo plazo. Considero que, en general, los mexicanos estamos mejor que hace 30 o 100 años y tengo la expectativa, irracional si se quiere, de que estaremos mejor dentro de otros 100 años. Pero en horizontes de más corto plazo, digamos cinco o 10 años, me cuesta más trabajo el optimismo.

A decir de muchos, las cosas van muy mal en el país y existe una creciente sensación de indignación. ¿Estaban mejor las cosas antes? Los más jóvenes no tienen forma de saberlo y los más viejos quizá no lo recordemos ya. Es posible que las cosas estén igual de mal que antes pero que hoy, gracias a los avances tecnológicos y a un clima de mayor libertad de prensa (uno que es optimista), nos enteremos más fácilmente de lo mal que están las cosas.

Permítanme postular que, en todo momento y lugar, podemos contar conque al menos 30% de la población estará inconforme, insatisfecha o de plano indignada. Cuando la economía va bien, lo cierto es que no a todos les va tan bien; y cuando la economía va mal, es natural que la indignación aumente. Cuando gana o gobierna la derecha, los simpatizantes de la izquierda estarán inconformes, y viceversa.

¿Qué tan responsivo es el sistema político a la indignación ciudadana? Por décadas no lo fue: ni siquiera teniamos elecciones confiables. Había indignación contra el autoritarismo, supongo. En años más recientes, la indignación pudo haber tenido consecuencias políticas. En el año 2000, hubo un nivel de indignación tal como para derrotar a un partido otrora hegemónico y producir alternancia en la presidencia. En el 2006 no hubo tanta indignación para que el PAN perdiera el poder. Pero en 2012 hubo tanta que el partido en el gobierno se fue al tercer lugar. Sin embargo, esto no parece ser suficiente. De un tiempo a esta parte hay quienes creen que ni las elecciones competitivas, ni la alternancia, ni los gobiernos divididos parecen cambiar mucho las cosas. Hoy parece haber indignación con lo mediocre de nuestra democracia.

La indignación no tiene mayores consecuencias si no viene acompañada de acciones. Si los indignados convocan a la revolución, lo más probable es que muy pocos responderán –dado lo arriesgado y costoso de la empresa– y la iniciativa fracasará. Por otro lado, si los indignados convocan al abstencionismo o al voto nulo, lo más probable es que las cosas no cambien mucho porque los partidos en el poder casi siempre son capaces de movilizar a suficientes votantes para mantenerse allí. Lo que sí funciona –o, si queremos ser cautos, lo que tendría mayores probabilidades de funcionar– es el voto de castigo. Muchos indignados exigen "que se vayan todos". Curiosamente, este llamado sí es (relativamente) factible. Un voto de castigo sistemático y coordinado podría lograr que los partidos que hoy controlan los distritos de mayoría relativa pierdan en las elecciones de junio próximo. Por ejemplo, la coalición legislativa que domina la Cámara de Diputados (PRI-PVEM y Nueva Alianza) tiene 251 de 500 diputados. No debería ser tan difícil conseguir que esos partidos pierdan esa mayoría. La misma lógica aplicaría para el dominio del PRD en la Asamblea Legislativa del DF, el gobierno priísta de Nuevo León o el panista de Sonora o Guanajuato.

El esfuerzo no es sencillo pues requiere información y coordinación. Requeriría identificar el partido en el poder en cada demarcación, así como el candidato o partido con mayores posibilidades de derrotarlo, y promover el voto de este último. Lo primero es sencillo, lo segundo no tanto. Una dificultad adicional es la menor participación electoral que se observa en elecciones intermedias o locales, comparadas con las presidenciales. Sin embargo, por limitado o difícil que parezcan conseguir su objetivo, la estrategia de voto de castigo coordinado delineada aquí tiene mayores probabildiades de éxito que los llamados a la revolución, al voto nulo o al abstencionismo. Ojalá que los indignados escojan bien sus batallas.

@javieraparicio