¿Por qué estamos tan indignados?

Exasperación, frustración, radicalización, enojo: palabras que sin duda le cuadran al México actual, como podrá comprobar quien se asome a las redes sociales, quien se tope con una manifestación por Ayotzinapa, quien lea las versiones más apocalípticas sobre el despido de Carmen Aristegui, quien le pregunte al vecino cómo ve el caso de la Casa Blanca o hasta qué punto confía en que mejore lo económico. Pero ¿qué tanto, exactamente, le cuadran a México esas palabras? ¿Qué tan extendida está la indignación, y qué tanto es reflejo de los medios y las redes sociales? ¿Qué tan cerca estamos, pues, del colapso? Hemos pedido a un grupo variopinto y talentoso de autores que respondan a estas preguntas. Faltan ustedes, queridos lectores.

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    1. Esteban  Illades

      Se ve pero no se toca

      Editor en la revista Nexos. Su libro La noche ...
    2. Benito Taibo

      El diablo por vecino

      Novelista y aficionado a la historia. Coautor ...
    3. Carlos Velázquez

      Sin derecho a la indignación

      Autor de El karma de vivir al norte.
    4. Andrés Lajous

      La derrota del gobierno

      Sociólogo. Analista político.
    5. Jorge Javier  Romero

      Nada nuevo

      Politólogo.
    6. Javier Aparicio

      ¿Y si se van todos?

      Profesor investigador del CIDE.

La cruda democrática

José Antonio Aguilar Rivera

Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970.

México experimenta un peculiar malestar con su democracia. Comprender las razones de la exasperación mexicana no es sencillo. Salta a la vista la ausencia de novedad. Nada de lo que ha provocado una oleada de indignación es nuevo. Por lo menos en los últimos seis años el país ha vivido una pesadilla de violencia homicida sin precedentes desde la Revolución. En 2011, casi 60 cuerpos fueron descubiertos en una fosa en San Fernando, Tamaulipas. Sus muertes no fueron menos terribles que las que muy probablemente sufrieron los 43 normalistas de Ayotzinapa.

El antecedente inmediato a la crisis que vivimos está en las reformas que el gobierno actual logró aprobar. En el Antiguo Régimen Alexis de Tocqueville escribió, a propósito del reinado de Luis XVI, que: "la experiencia enseña que el momento más peligroso para un mal gobierno usualmente es cuando comienza a reformarse". Aunque esta cita se ha convertido en un lugar común, conviene detenernos en ella. Tocqueville no se refería a los gobiernos en general, sino a los malos gobiernos. La lógica del argumento era clara. Un poco más adelante elaboraba: "el mal inevitable que uno soporta pacientemente aparece intolerable tan pronto como uno concibe la idea de que es posible suprimirlo. Entonces cada abuso que se elimina parecería acentuar aquellos que permanecen y los hace más punzantes. El mal ha disminuido, es cierto, pero la sensibilidad es mayor. El feudalismo en todo su poder nunca inspiró tanto odio entre los franceses como en el momento en que estaba a punto de desaparecer. Las arbitrariedades más nimias de Luis XVI eran más difíciles de soportar que todo el despotismo de Luis XIV". Me parece iluminador el alegato de Tocqueville para dar cuenta de la circunstancia mexicana. Muchos se imaginaron que el sexenio que corre pasaría a los anales como uno de los más corruptos. Pocos se imaginaron que el gran escándalo de corrupción del gobierno del presidente Peña Nieto tuviera que ver con actos cometidos antes de asumir la presidencia. El conflicto de interés que evidenció el escándalo de la Casa Blanca palidece en comparación con los actos de corrupción que los presidentes del PRI cometían a diario en el periodo de oro del autoritarismo mexicano. Hace 30 años nadie hubiera levantado la ceja ante las andanzas del grupo Higa y los gobernantes mexiquenses. Eran –y son aún en una parte del país– los usos y costumbres del poder.

El enojo tiene, a mi parecer, tres variantes distintas. La primera se relaciona con las expectativas que los mexicanos teníamos de la democracia. Durante las décadas que precedieron a la alternancia, la democracia fue una diosa a la que se le rezaba y de la que se esperaban toda clase de bienes terrenales y del más allá. La democracia traería un maná de desarrollo económico, igualdad social y Estado de derecho. Le pedíamos peras al olmo. En segundo lugar, como muchos otros países con un pasado autoritario, idealizamos a la democracia. Los mexicanos están insatisfechos con su gobierno democrático no sólo porque no les ha provisto de los bienes sociales que a menudo se esperan, de manera realista o no, de la democracia. También están descontentos por la brecha que perciben entre su concepción idealizada de la democracia y la forma de operar de las instituciones democráticas existentes. La tergiversación tiene su entronización en la Constitución misma, que en el Artículo 3 define a la democracia no solamente como un tipo de régimen político sino como "un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo." Un sistema de vida. Finalmente, ha aparecido una fuente de descontento con la democracia que es muy reciente. Tiene que ver con el descubrimiento de las patologías democráticas en un Estado débil. Para algunos la transición a la democracia parió una "criatura grotesca que hoy parece inaguantable". Se reconoce que el partido hegemónico perdió elecciones, que a la mayoría de los estados llegó la alternancia, que la izquierda gobierna desde hace muchos años la capital del país. Sin embargo, nos dice Jesús Silva-Herzog Márquez, nada de eso "es suficiente para lograr una política que asiente la paz, que permita convivencia y que se controle a sí misma" (Reforma, 8 de diciembre, 2014). Tiene razón. En efecto, "el encendedor de las elecciones no fue suficiente para implantar un régimen que merezca calificativo de democrático. Tal vez ahí estuvo nuestra ingenuidad. Creer que la alfombra electoral puede extenderse en una casa sin piso. Desenrollar el tapete de las elecciones sobre el vacío del Estado, la burla de la ley y el paño roto de la comunidad." Hoy las señas de la política mexicana son: "pluralismo sin ley, competencia sin contrapesos, arbitrariedad descentralizada, poderes sin responsabilidad, plutocracia alternante. ¿Qué nombre describe el régimen que padecemos?" De la misma forma, muchos han descubierto que la competencia por los cargos públicos depende críticamente del dinero. Ningún sistema ha podido, en ningún lugar, eliminar por completo este mal. El financiamiento público de los partidos políticos y las campañas electorales no acaba con la economía política del voto y la movilización. Sólo nos hace creer que esa doble contabilidad, que es la real, no existe. El retrato crudo de esa política lo hace Luis Carlos Ugalde en un reciente ensayo ("¿Por qué más democracia significa más corrupción?", Nexos, febrero 2015). Esto siempre ha sido así, sólo que hasta ahora lo descubrimos. Este no es un defecto de nacimiento de la democracia, es un mal congénito que acompañará al paciente hasta la tumba. De igual forma, vimos con estupefacción cómo del huevo del federalismo salían feos dragones: irresponsables, codiciosos y hambrientos de fondos públicos.

Cuando Tocqueville miraba al Antiguo Régimen lo hacía con el beneficio de la distancia. Sabía que la mejora que Francia había experimentado en los años previos a la Revolución era tan cierta como invisible para los exasperados actores políticos de entonces. Pensaran lo que pensaran las multitudes en París, Luis XVI no era Luis XIV, sino, en muchos sentidos, su caricatura, así como Enrique Peña Nieto no es Gustavo Díaz Ordaz. El riesgo del astigmatismo producto de la exasperación es que no veamos lo mucho que hemos logrado. Es cierto que la pluralidad y la competencia no instalaron controles y contrapesos. La dinámica virtuosa no ocurrió. Esas son las asignaturas liberales de nuestra política democrática. Sin embargo, se construyó un entramado institucional que no debe ser menospreciado. La cruda democrática es útil si nos recuerda el costo de nuestros excesos, nuestras desmedidas expectativas, sin embargo es peligrosa cuando disminuye el valor intrínseco del método democrático. El desencanto con la democracia, dejado libre a sus instintos, alimenta retrospectivamente la idea de que las incipientes instituciones democráticas eran, son, defectuosas y perversas. Entonces no era descabellado, después de todo, mandarlas al diablo. Nuestro régimen es, con todas su horribles deformaciones, democrático. Haríamos bien en no repudiarlo porque hoy es el único futuro que tenemos.