¿Por qué estamos tan indignados?

Exasperación, frustración, radicalización, enojo: palabras que sin duda le cuadran al México actual, como podrá comprobar quien se asome a las redes sociales, quien se tope con una manifestación por Ayotzinapa, quien lea las versiones más apocalípticas sobre el despido de Carmen Aristegui, quien le pregunte al vecino cómo ve el caso de la Casa Blanca o hasta qué punto confía en que mejore lo económico. Pero ¿qué tanto, exactamente, le cuadran a México esas palabras? ¿Qué tan extendida está la indignación, y qué tanto es reflejo de los medios y las redes sociales? ¿Qué tan cerca estamos, pues, del colapso? Hemos pedido a un grupo variopinto y talentoso de autores que respondan a estas preguntas. Faltan ustedes, queridos lectores.

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    1. Esteban  Illades

      Se ve pero no se toca

      Editor en la revista Nexos. Su libro La noche ...
    2. Benito Taibo

      El diablo por vecino

      Novelista y aficionado a la historia. Coautor ...
    3. Andrés Lajous

      La derrota del gobierno

      Sociólogo. Analista político.
    4. Jorge Javier  Romero

      Nada nuevo

      Politólogo.
    5. José Antonio Aguilar Rivera

      La cruda democrática

      Autor de La geometría y el mito. Un ensayo ...
    6. Javier Aparicio

      ¿Y si se van todos?

      Profesor investigador del CIDE.

Sin derecho a la indignación

Carlos Velázquez

Autor de El karma de vivir al norte.

Vivir en México significa renunciar a la felicidad, afirman los apocalípticos. Y con el dólar oscilando entre los 15 y 16 pesos parece asistirlos la razón. Medio en broma, medio en serio, me atrevería a agregar que habitar este país te incapacita para ejercer el derecho a la indignación. Es concebible resignarse a la idea de la imposibilidad de la felicidad, pero es inaceptable abrazar la indignación. Que se indignen en España, en Europa. ¿Nosotros por qué nos vamos a indignar? ¿Por los atropellos, la corrupción, el abuso, por parte del gobierno, de los políticos, de la manera de ser del mexicano? En una nación como la nuestra ceder a la indignación equivaldría a entregarse al encabronamiento perpetuo. Que se joda la felicidad. ¿Pero convertirse en un eterno cascarrabias?

Razones para indignarse sobran. ¿Pero somos aptos para indignarnos? Yo no. Soy libre de mostrar mi encono contra el gobierno por un aumento en el cobro de la tenencia del coche, ¿cierto? Sin embargo, a la servidumbre no le otorgo ningún tipo de prestaciones ni le cubro cuotas del Seguro Social. Mantiene la limpieza de la casa bajo ningún contrato. Y el día que no me parezca cómo quedó la raya en medio de mis pantalones la voy a despedir sin liquidación. Mi duda es: ¿cuando ella atraviese por esta hipotética situación despotricará contra mí en Twitter como lo hacemos muchos de nosotros contra los funcionarios u otras figuras públicas? Es probable que Claudia ni cuenta de Facebook tenga. Su salario no le alcanza para pagar Internet.

La historia de mi época se puede sintetizar en los siguientes estadíos: del globalifóbico al okupa al indignado. He conocido a dos globalifóbicos en mi vida: Roberto Guillén y Naranjo, periodista y artista plástico respectivamente. Ambos regiomontanos. Fueron encarcelados debido a su participación en el enfrentamiento entre globalifóbicos y la policía en mayo de 2004 durante la III Cumbre América Latina y el Caribe-Unión Europea. Permanecieron en prisión cerca de diez años. Ejercer el activismo era someterse a una situación de riesgo constante. Internet vino a simplificarlo todo. El llamado click-activismo elevó el número de disconformes, así como también la cuenta de Carlos Slim. En el presente cualquiera se siente a salvo al mostrar su descontento.

Indignarse pasó de ser una postura a ser una pose. Nos indignamos por todo. Y lo manifestamos en las redes sociales como parte de una moda. No se malentienda, no significa que debamos permanecer en silencio ante las desventajas sociales que la existencia en México supone. Pero foro que acaparamos lo convertimos en un escaparate para la queja. Podemos indignarnos pero no asumirnos como un indignado. Si del odio al amor existe un solo paso, del indignado a formar parte del sistema distancia medio paso. Tal fue el caso de Antolini, que de vocero del movimiento Yo soy 132 trasbordó a conductor del programa Sin Filtro de Televisa.

¿Qué es lo que nos indigna tan profundamente en la actualidad? ¿La situación del país? ¿O constatar que no existe una solución a los problemas de la nación? El escenario es el mismo. No ha permutado en décadas. La crisis es nuestro sino. Pero nunca como en el presente hemos extrovertido nuestro descontento. En parte por hartazgo y en parte por desesperación. Basta salir de tu hogar cada mañana y detenerte en un semáforo para que la realidad te aplaste. Ante tal panorama, sólo existen dos opciones: convertirte en un resentido o en un sobreviviente. Y este país está conformado mayormente por sobrevivientes, no por usuarios de Internet.