¿Por qué estamos tan indignados?

Exasperación, frustración, radicalización, enojo: palabras que sin duda le cuadran al México actual, como podrá comprobar quien se asome a las redes sociales, quien se tope con una manifestación por Ayotzinapa, quien lea las versiones más apocalípticas sobre el despido de Carmen Aristegui, quien le pregunte al vecino cómo ve el caso de la Casa Blanca o hasta qué punto confía en que mejore lo económico. Pero ¿qué tanto, exactamente, le cuadran a México esas palabras? ¿Qué tan extendida está la indignación, y qué tanto es reflejo de los medios y las redes sociales? ¿Qué tan cerca estamos, pues, del colapso? Hemos pedido a un grupo variopinto y talentoso de autores que respondan a estas preguntas. Faltan ustedes, queridos lectores.

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    1. Esteban  Illades

      Se ve pero no se toca

      Editor en la revista Nexos. Su libro La noche ...
    2. Benito Taibo

      El diablo por vecino

      Novelista y aficionado a la historia. Coautor ...
    3. Carlos Velázquez

      Sin derecho a la indignación

      Autor de El karma de vivir al norte.
    4. Andrés Lajous

      La derrota del gobierno

      Sociólogo. Analista político.
    5. José Antonio Aguilar Rivera

      La cruda democrática

      Autor de La geometría y el mito. Un ensayo ...
    6. Javier Aparicio

      ¿Y si se van todos?

      Profesor investigador del CIDE.

Nada nuevo

Jorge Javier  Romero

Politólogo.

¿Qué le pasa hoy a México? La vida cotidiana fluye, la normalidad es igual de ineficiente que siempre, la violencia endémica no es novedad y desde hace años forma parte del paisaje nacional, la corrupción es. Nada nuevo: ni las atrocidades, ni la corrupción conspicua, ni la falta de legalidad, ni el crecimiento económico mediocre tirando a malo. Buena parte de los síntomas de la "crisis de legitimidad" diagnosticada por los clínicos de la salud pública han sido crónicos, forman parte de la vida diaria desde hace décadas, cuando no han estado en la vida mexicana desde los orígenes. Sin embargo, de pronto algunos de los abscesos supuraron y la peste de sus corruptas excrecencias ha sido tal que ahora obliga a las clases medias a taparse la nariz y a los plutócratas a llamarse a ofensa y ha comenzado a resonar un clamor por que se limpie al menos algo de la podredumbre que rezuma por lo poros del tejido social.

Es verdad que ha habido un cambio en el estado de la enfermedad nacional. En unos cuantos días la conciencia colectiva de una parte relevante de la sociedad fue sacudida por la evidencia de que el ejército había ejecutado a personas rendidas, desaparecieron y fueron asesinados 43 estudiantes revoltosos y se conoció el tráfico de influencias del que se beneficiaban la familia del presidente y el secretario de Hacienda. Las calles se inundaron de protestas y los medios de indignación ilustrada. Eso, sin duda, es una crisis, aunque es prematuro saber si se agravará o el país volverá a su estado crónico de mal funcionamiento.

La fetidez del ambiente ya provoca arcadas y las voces se multiplican para que se muestre alguna disposición de asepsia. El gobierno, aturrullado, exhibe unos reflejos muy disminuidos y se muestra poco dispuesto a limpiar y menos a hacer una intervención mayor para extirpar aunque sea las pústulas más pestilentes. Sus reacciones son inerciales y muestran inconsciencia frente a los diagnósticos externos. Ellos tienen su propia prognosis, creen saber que la crisis no es terminal y que podrán sobrevivir la peste. Los clamores no les preocupan. La voz no los inquieta. Si 55 mil firman contra un candidato a ministro de la Suprema Corte, no importa, al fin que ellos traen más votos.

Y sí, ese es el hecho: traen más votos. El PRI va a ganar la elección de julio frente a una oposición destruida, incapacitada. El PRD se dividió e implosionó. El PAN perdió credibilidad y se quedó sin figuras relevantes, capaces de generar algún entusiasmo ciudadano. El PRI, aunque desprestigiado entre quienes votan por resultados y por valores, sigue contando con gran parte de las redes que construyó durante décadas de control monopolista del Estado y éstas siguen operando a su favor en buena parte del país. El uso partidista de los recursos y de las políticas públicas, que le han garantizado tradicionalmente el voto de quienes son dependientes de las protecciones políticas particulares para obtener un colchón básico de subsistencia o para acceder a servicios elementales, sigue en manos del aparato priísta en amplias regiones del país; la legislación corporativa que garantiza la subsistencia de los monopolios sindicales legales, los mecanismos politizados de acceso al empleo público y las complicidades con los empresarios locales dependientes de los contratos de obra pública, le garantizan al antiguo partido hegemónico una sólida base de apoyo electoral que, aunque mermada, le permitirá ganar las próximas elecciones en todos los estados y tener mayoría legislativa.

Las voces críticas no tienen cauce electoral. Si algo está en crisis es la representatividad del sistema de partidos que se consolidó con la reforma política de 1996. El arreglo que se estableció entonces intentó consolidar un sistema de pluralidad limitada a tres partidos grandes con enormes obstáculos para el ingreso a la competencia. Hoy los partidos que pactaron aquella coalición no sirven ya para encauzar el malestar y el descontento. En todo el país merman y en ningún estado las encuestan les auguran triunfos. El viejo PRI, esclerótico, sigue teniendo la base electoral más sólida; sus clientelas son leales, mientras que los votantes libres se repliegan. Asombran los porcentajes de los que dicen no saber por quién votar, mientras se enjutan el PAN y el PRD. Morena parece recoger algo de la protesta y crece el voto atraído por los merolicos del Verde. En Nuevo León un candidato independiente emerge de entre los escombros del PAN.

Los acontecimientos de los próximos meses van a definir si estamos ante el comienzo de una sacudida relevante de la vida social mexicana, que lleve a una reforma de gran calado de la cosa pública, o sólo vivimos una nueva subida de fiebre, como la de 2006 después de las elecciones, como otros momentos agudos que finalmente se han aliviado. Las elecciones de junio serán importantes para el diagnóstico. Si el triunfo del PRI se ve empañado por un abstencionismo apabullante y por boicots locales relativamente exitosos, y si el desfonde del PRD y del PAN llega a niveles críticos, es probable que se abra la ruta de una reforma para abrir el hediondo sistema de partidos, que permita canalizar el descontento por la vía electoral. Pero también puede ocurrir que el gobierno se envalentone con unos resultados interpretados como aprobación mayoritaria y reaccione con reflejos autoritarios, propios de su inercia institucional. Entonces, sin crecimiento económico que atempere el descontento, la crisis puede escalar. Lo visto en las calles después de la tragedia de Iguala habrá sido un mero ensayo.