¿Podemos decir lo que nos dé la gana?

El atentado contra Charlie Hebdo provocó de inmediato y en casi todo el mundo una condena y un lamento conmovedores e incluso entusiasmantes, por lo que dicen de bueno de los millones que se solidarizaron con las víctimas. Pero las dudas, las preguntas de fondo, fueron apenas un poco más lentas. ¿Es legítimo decir cualquier cosa? ¿La libertad de expresión es un valor absoluto, un valor que no admite matices, notas al pie de página, paréntesis, condicionantes? En Tribuna queremos hacernos estas preguntas y planteárselas, como siempre, a ustedes. Hablen, queridos amigos, sin autocensura.

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La plaga del maniqueísmo

Angélica  Recillas

Lectora.

En muchos países del mundo se han tejido una serie de maniqueísmos alrededor de la libertad de expresión. Quienes se dicen sus más apasionados defensores,  son los primeros en no respetar, o peor aún, vulnerar el derecho de otros a manifestar sus opiniones. Las redes sociales se inundan de bots, trolls y memes para ridiculizar y difamar a quien piensa diferente de aquellos que pretenden para sí el monopolio de la verdad, pero cuando les recetan su misma medicina, se paran de pestañas.

Las manifestaciones sociales en las calles con frecuencia se ven empañadas por grupos radicales que, en nombre de la libertad de expresión, agreden físicamente a terceros e incluso los retienen por considerarlos sus enemigos. Algunos periodistas y medios de comunicación, so pretexto de la libertad de expresión, difunden información no confirmada o intencionalmente distorsionada y cuando son objeto de denuncias legales por tal motivo, acusan una falaz censura.

Las amenazas a la libertad de expresión son sin duda reales: agresiones y censura efectiva a periodistas y medios que, con pruebas, denuncian abusos de poder; encarcelamientos y asesinatos por motivos religiosos, políticos o étnicos, como acabamos de ver en Francia. Todas estas amenazas tienen como raíz los fundamentalismos y la intolerancia.