¿Podemos decir lo que nos dé la gana?

El atentado contra Charlie Hebdo provocó de inmediato y en casi todo el mundo una condena y un lamento conmovedores e incluso entusiasmantes, por lo que dicen de bueno de los millones que se solidarizaron con las víctimas. Pero las dudas, las preguntas de fondo, fueron apenas un poco más lentas. ¿Es legítimo decir cualquier cosa? ¿La libertad de expresión es un valor absoluto, un valor que no admite matices, notas al pie de página, paréntesis, condicionantes? En Tribuna queremos hacernos estas preguntas y planteárselas, como siempre, a ustedes. Hablen, queridos amigos, sin autocensura.

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Una vacuna contra la autocensura

Trino

 Monero.

El ataque que sufrió la sede del semanario francés Charlie Hebdo, en el que murieron doce personas, fue un suceso que conmovió al mundo, y sobre todo al gremio de moneros del cual formo parte. Mi primera reacción fue de "Chale, sí iba en serio lo de las amenazas, sí hay fanáticos allá afuera que no entienden los mecanismos del humor". Pero por otro lado no me sorprendió mucho, pues desde que en 2006 vi los cartones que hicieron en la revista sobre Mahoma me di cuenta de que estaban jugando con fuego. Mi admiración por la revista en ese momento fue grande, y pensé: "¡Qué maravilla vivir en Francia, en donde puedes publicar lo que se te antoje sin límites y no pasa nada!" Ahora no lo creo así, y de inmediato me viene a la memoria una tira que hicimos en La Jornada –la sección se llamaba "La croqueta, humor perro"– en 1987 sobre el tema judío-nazi. Falcón, Jis y yo dividimos la plana del periódico. Del lado derecho publicamos puros chistes anti-nazis y del lado izquierdo chistes anti-judíos: el humor desde los dos mundos. La reacción de desaprobación fue inmediata. Recibimos cartas en donde se cuestionaba nuestra calidad humorística para tratar un asunto tan serio como el Holocausto. Los chistes antinazis estaban bien, pero en los que nos mofábamos de los judíos causaron mucho escozor. A la distancia, creo que hicimos bien en hacer el experimento, aunque no es algo que nos gustaría repetir, como si lo que nos moviera fueran las ganas de provocar. Lo hicimos una vez, nos regañaron, no lo repetiremos. Pero valió la pena el ejercicio de libertad.

Más adelante, en plena Semana Santa, hicimos una "Croqueta" sobre Jesucristo, con su cruz de playa, bailando el hula-hula con la corona de espinas y otras ilustraciones provocadoras. Ese tema jamás salió en el periódico, y yo aún conservo la carta de Aguilar Camín, quien era nuestro director-editor en ese momento, en donde escribía: "Por el bien de ustedes, y del periódico, porque no queremos que mañana nos vengan a romper las ventanas con piedras, he decidido no publicar los cartones con el tema de Jesucristo. Lo siento".

Creo que hizo lo correcto: para eso están los editores y ese es su trabajo. Recuerdo también a Carlos Payán diciéndonos a Jis y a mí con respecto a la tira del Santos: "Ustedes no se censuren, el que los va a censurar soy yo". Excelente, eso nos quitaba de encima la autocensura. Y así lo hicimos. Hubo tiras que Payán no revisaba, salían publicadas y nos llamaba el lunes: "Oigan, esa tira del Santos de ayer domingo se pasó, estuvo muy fuerte. Bájenle dos rayitas". Así lo hacíamos durante uno o dos meses y luego regresábamos a los temas duros, publicaban el material, de nuevo nos regañaban y le bajábamos durante otros cinco o seis números, para así seguir luchando de vez en vez contra los límites de la censura.

A mí el humor en la revista Charlie Hebdo no me entusiasma particularmente: se me hace un humor duro y muchas veces gratuito. Pero siempre he admirado el valor de publicarlo. Ellos eran sus propios editores; no se ponían ningún límite, no tenían un editor que les dijera que estaban "pasados de lanza". En México es muy curioso el fenómeno de la crítica en revistas de humor, ya que sí se puede hacer crítica mordaz y ácida en contra de políticos o sobre algún tema religioso. La revista El Chamuco es un gran ejemplo: es fuerte y toca temas que en ningún otro medio se podrían publicar; ellos también son sus propios editores y arman su agenda. Aunque a los políticos les tiene sin cuidado, porque en este país los políticos son muy cínicos: si publican un cartón en donde les dicen rateros hasta hablan de su oficina diciendo: "Al licenciado le encantaría comprar la caricatura que publicaron". Si les explicas: "Oiga, pero si le dije ratero", te contestan: "Lo sabemos, pero al licenciado le gusta coleccionar cartones en donde hablen de él". Por supuesto que hay temas que nadie quisiera tocar, como la burla del narcotráfico o de algún capo de la droga, y sabemos que compañeros periodistas han perdido la vida por hacerlo; nadie quiere entrarle a eso porque además no causa risa. Es la autocensura.

No sé si ya en esta etapa de mi vida me sienta menos rebelde, menos provocador, pero me gusta tener a un editor que tenga los pies sobre la tierra y que decida qué sí pasa y qué no, pues a mí lo que me pesaría más es comenzar a autocensurarme. Los límites son necesarios, pero uno no debe imponérselos. Los moneros de Charlie Hebdo son unos héroes de la libertad de expresión: son ya una leyenda. Desafortunadamente, su humor no le cayó bien a un par de fanáticos que se les hacía poca cosa llegar con piedras y romper las ventanas de su edificio en protesta.