¿Podemos decir lo que nos dé la gana?

El atentado contra Charlie Hebdo provocó de inmediato y en casi todo el mundo una condena y un lamento conmovedores e incluso entusiasmantes, por lo que dicen de bueno de los millones que se solidarizaron con las víctimas. Pero las dudas, las preguntas de fondo, fueron apenas un poco más lentas. ¿Es legítimo decir cualquier cosa? ¿La libertad de expresión es un valor absoluto, un valor que no admite matices, notas al pie de página, paréntesis, condicionantes? En Tribuna queremos hacernos estas preguntas y planteárselas, como siempre, a ustedes. Hablen, queridos amigos, sin autocensura.

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Libertad y responsabilidad

Raúl Trejo Delarbre

Autor de "Poderes salvajes. Mediocracia sin contrapesos" y "Simpatía por el rating. La política deslumbrada por los medios".

Si usted va por la calle y le gritan “¡Adiós, pendejo!”, será explicable que responda con una imprecación, si no es que de manera más violenta. En México esa palabra se usa para insultar. Pero en algunos países de América del Sur de esa manera se designa a los muchachos, especialmente para enfatizar su inmadurez. En Venezuela, el mismo término tiene implicaciones menos agresivas. En Perú, así se le dice a la gente astuta.

El ejercicio de la libertad de expresión es relativo. No hay mensaje ajeno a su emisor y al entorno en el que se decodifica. La manera como sea entendido un contenido se encuentra relacionada con las formas, el contexto y el mecanismo en los que se transmite. Una persona puede ir por la calle vociferando “¡Estamos en guerra!” sin que nadie se lo reproche. Pero esa frase adquiere un significado distinto si aparece en el noticiero de televisión o si la dice el presidente de un país.

Las costumbres para expresarse cambian de una latitud a otra y se van modificando con el tiempo. En Estados Unidos hace no muchos años todo el mundo le decía negros a los negros. Ahora se considera inadecuado decir black para referirse a una persona, aunque si se trata de un anglosajón nadie se incomoda si le dicen white.

Estos ejemplos triviales ejemplos pueden ayudar a entender las maneras diversas en las que son percibidas las caricaturas de Charlie Hebdo. En una sociedad como la francesa, históricamente acostumbrada a la sátira, la hilaridad que pueden suscitar es parte de la cultura cotidiana. En un texto reciente en el blog de The New York Review of Books,el historiador Robert Darnton recuerda esa tradición burlona: Rabelais, Chamfort, Voltaire, entre otros, son parte de la costumbre satírica que se encuentra en el meollo de la identidad de los franceses.

En otras circunstancias, en donde imperan la rigidez y el fundamentalismo, las burlas al profeta de los musulmanes son tomadas como agresión. Dicho reconocimiento de ninguna manera justifica la intolerancia de los criminales que atacaron la redacción del popular semanario. Esos asesinos, y quienes los espolean, pretenden que todos tengan sus creencias y se comporten como ellos. Para no parecernos a esos fanáticos podemos advertir la diversidad de efectos que puede alcanzar el mismo mensaje. En reconocimiento a esa variedad de contextos y reacciones, The New York Times no publicó la portada de Charlie Hebdo que en los días recientes ha aparecido en la prensa de casi todo el mundo.

La libertad de expresión es la capacidad de decir lo que sea, cuando sea, acerca de quien sea. Pero esa libertad, como cualquier otra, requiere aptitud para enfrentar las consecuencias de lo que se dice en ejercicio de ella. Todos tenemos derecho a transitar por las calles. Pero si camino por el arroyo vehicular en Insurgentes, en sentido contrario a la circulación de los autos, evidentemente padeceré varios riesgos.

Para la libertad de expresión, igual que para cualquier otra (la de tránsito también, desde luego), necesitamos reglas. Si en ejercicio de la libertad de expresión difamo o calumnio a alguien, debieran existir normas para que los afectados por lo que he dicho puedan replicar y, en caso de distorsiones u ofensas graves, puedan exigir una reparación legal.

Hay quienes dicen que no hay libertad sin responsabilidad. Lamentablemente esa no es mas que una fórmula bienintencionada. En todas partes abundan los irresponsables, o abusivos, que profesan sus libertades sin que les importe afectar derechos de terceros. Los vendedores ambulantes que se instalan sobre las banquetas impidiendo la circulación de peatones pueden decir que ejercen su derecho a trabajar, aunque para ello se apropien de un segmento de la vía pública. Las empresas que anuncian en televisión medicamentos a los que adjudican propiedades milagrosas que no tienen dirán que practican su libertad para difundir mensajes publicitarios aunque puedan lesionar la salud de quienes se tragan tales falsedades.

En una sociedad civilizada, o que quiere llegar a serlo, las consecuencias de tales abusos las tiene que sancionar el Estado. Con la libertad de expresión, que entre otras cosas permite cuestionar al poder público, la acción estatal para imponer sanciones resulta especialmente delicada y por eso deben existir normas y procedimientos claros (entre otras cosas, para que esa libertad no sea constreñida con el pretexto de que se afecta la fama pública de personajes públicos). Por eso, también, es indeseable cualquier forma de censura previa.

Cualquier texto o imagen debieran poder ser difundidos. Pero sus autores y propagadores tienen responsabilidades que la libertad de expresión no suspende.

La intolerancia contra Charlie Hebdo tiene más implicaciones. Estos son sólo unos apuntes acerca de ese tema. No hay mensaje sin contexto. Así que si me ven por la calle y aunque este artículo no les haya gustado, sírvanse tomar nota de que estamos en México antes de dispensarme algún calificativo impropio.