¿Podemos decir lo que nos dé la gana?

El atentado contra Charlie Hebdo provocó de inmediato y en casi todo el mundo una condena y un lamento conmovedores e incluso entusiasmantes, por lo que dicen de bueno de los millones que se solidarizaron con las víctimas. Pero las dudas, las preguntas de fondo, fueron apenas un poco más lentas. ¿Es legítimo decir cualquier cosa? ¿La libertad de expresión es un valor absoluto, un valor que no admite matices, notas al pie de página, paréntesis, condicionantes? En Tribuna queremos hacernos estas preguntas y planteárselas, como siempre, a ustedes. Hablen, queridos amigos, sin autocensura.

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Las virtudes de la ofensa

Luis  Muñoz Oliveira

Autor de La fragilidad del campamento. Un ensayo sobre el papel de la tolerancia.

La libertad de expresión tiene límites: es un delito mentir en un juicio. También está prohibido que una compañía de refrescos imprima, en la información que llevan sus latas, la mitad de las calorías que en realidad tiene el refresco envasado. Imagínense al director de publicidad de la empresa apelando a la libertad de expresión para defenderse: "La libertad de expresión protege la publicidad engañosa, señor juez". No.

La pregunta interesante no es si la libertad de expresión tiene límites, sino cuáles son. A raíz de esto podemos preguntarnos por qué, por ejemplo, estamos dispuestos a aceptar que el Estado regule la publicidad de las empresas pero nos parezca terrible (a los que creemos en la libertad) que regule el discurso político o el religioso. Imagínense un Estado liberal que prohíbe los sermones de un sacerdote por falsos: "Dios no existe, no engañe a sus feligreses", o el neoliberalismo económico, porque está probado "científicamente" que es injusto y contrario a la democracia. Entonces ¿por qué aceptamos ciertas regulaciones y cierta inmunidad? Porque hay expresiones que valoramos. Y las valoramos tanto que la libertad de expresión es distinta a la libertad en general.

John Stuart Mill planteó, grosso modo, lo siguiente: el Estado sólo puede limitar la libertad cuando se daña o está por dañar a otro: si alguien entra a un supermercado kosher con una pistola y amenaza con dispararle a los clientes, las fuerzas del Estado pueden actuar para impedir su conducta. La libertad de expresión es distinta: permitimos discursos que dañan. Y es por eso que necesitamos una teoría de la libertad de expresión distinta a la teoría general de la libertad.

Y ¿a qué se debe que valoremos de manera especial ciertas formas de expresión? Según John Stuart Mill, a que las opiniones distintas pueden contener parte de la verdad. Y va más allá: si no la contuvieran, todavía serían útiles, pues la verdad que mantenemos brillaría frente a la falsedad. Las ideas que no se discuten constantemente se vuelven dogmas, dice el filósofo.

Puesto así, parece inspirador y poético, aunque quizá no suficientemente claro. Por ello, permítanme detenerme en esto: la diversidad humana es un hecho fácil de constatar e implica, entre muchas cosas, que existan distintas ideas sobre cómo es mejor vivir. De estos proyectos diferentes nacen valores e intereses que se pueden contraponer con los de los demás. No pasaría nada si cada quien viviera en su rincón del mundo, como los inmortales del cuento de Borges, metidos cada uno en su nicho. Pero sucede que compartimos la sociedad y que hemos decidido resolver nuestros problemas de manera justa y democrática. La mejor forma de hacer esto es defendiendo nuestros intereses con razones y escuchando las razones de los otros. Para que esto sea posible, es indispensable proteger el discurso. Entonces, justo porque valoramos las decisiones pacíficas y argumentadas es que estamos dispuestos a defenderlo, aunque dañe.

Ahora, no todo daño es aceptable. Hay discursos cuyo daño sobrepasa el valor que le damos a la libertad de expresión, y ese es el cálculo que tenemos que hacer a la hora de decidir si debemos o no darle inmunidad a una expresión que daña: tenemos que poner en la balanza nuestros valores. Por ejemplo, la difamación daña a la persona difamada y en ese caso tenemos que ver si pesa más nuestro aprecio por el discurso o la integridad moral de las personas. Al respecto no estoy siquiera sugiriendo que tengamos dudas: la difamación está prohibida y por buenas razones.

Asunto distinto es el discurso ofensivo y lo es por muchos motivos. Para empezar, las personas se ofenden por cosas muy diferentes, lo que nos complicaría bastante la prohibición. Pero el problema no sólo es pragmático. Sucede que si prohibiéramos las ofensas, entre otras cosas, sería muy difícil construir conocimiento: seguramente hay católicos que se sienten ofendidos por la teoría de la evolución o copernicanos que se sienten ofendidos por Galileo. Habrá personas que se sientan ofendidas cuando se contravengan sus opiniones. Por lo tanto, si prohibiéramos las ofensas, terminaríamos en un mundo con ideas irrefutables. Al respecto, es importante señalar que lo que debemos respetar es a las personas y sus intereses primordiales, no sus opiniones. Así, debemos respetar el derecho a opinar, no la opinión; ésa hay que discutirla. Con lo dicho, me parece que queda claro que al sopesar el daño que causa la ofensa con la importancia del discurso, gana el segundo.

Que no prohibamos el discurso ofensivo y que por lo tanto quede protegido por la libertad de expresión no quiere decir que no podamos preguntarnos qué tipo de personas queremos ser. Si yo me hago esa pregunta, contesto que prefiero no ofender a nadie, a menos que me parezca necesario. Por ejemplo: defiendo los matrimonios homosexuales y lo digo abiertamente aunque ofenda a quienes están en contra.

Dirán que todo esto deja muy abierto el asunto sobre los límites que le debemos poner a la libertad de expresión, que hay demasiado que calcular, pero los asuntos humanos no son, afortunadamente, como las operaciones aritméticas y, gracias a ello, siempre tendremos algo que discutir.