¿Podemos censurar a Gerardo Ortiz?

El hombre sorprende a su pareja en una infidelidad, asesina al amante, mete a la mujer a la cajuela de un coche y le prende fuego. A estas alturas, probablemente estén todos familiarizados con la historia, una historia ficticia que, sin embargo, ocurre en el país de los Porkys y de Andrea Noel. Es la que narra el video de la canción "Fuiste mía", de Gerardo Ortiz, que ha conseguido unos 22 millones de vistas, pero que también ha generado un importante rechazo en los medios y las redes sociales, incluidas abundantes peticiones de que el video sea retirado. Son muchas las preguntas que se derivan de esta polémica: ¿tiene límites la libertad de expresión? ¿Debe supeditarse ocasionalmente a un bien superior? ¿Es realmente útil imponer ese tipo de límites o solo es un modo de tapar el sol con un dedo?

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Oda a la impunidad

Lisa  Sánchez

Coordinadora del Programa Latinoamericano para la Reforma de la Política de Drogas de México Unido contra la Delincuencia.

La tragedia mexicana retratada en un video musical de dos y medio minutos. Un tipo rico encuentra a su pareja en la cama con otro hombre y reacciona violentamente asesinándolos a los dos. A él, lo liquida rápida e indoloramente de un tiro en la cabeza mientras que a ella, por ser ella, la hace sufrir; la somete, la inmoviliza para vejarla sexualmente y luego la encajuela viva para dejarla morir en un auto al que le prende fuego. Y de la escena del crimen el hombre se aleja sonriente, realizado e impune. De eso va el video de Gerardo Ortiz, de impunidad. Porque de todo lo escandaloso que hay en este material, lo más estridente es que retrata a un Estado que llega tarde, que es incapaz de proteger a las víctimas y que deja sin castigo al victimario. El mensaje no puede ser peor: porque puedo, te puedo... Matar.

Hay tantas cosas mal con este producto audiovisual –y con la polémica desatada a partir de él– que seleccionar una es casi deshonesto. Muy brevemente mencionaré algunas en la esperanza de que mis colegas de Tribuna las aborden más a detalle: 1) el video es un ejemplo de la alarmante normalización de la violencia homicida que vivimos en este país y de la que no sólo no hemos salido sino de la que ya hemos dejado de escandalizarnos (según cifras del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en febrero de 2016 los homicidios alcanzaron niveles récord que no se habían presentado desde 2013); 2) canción y video son reflejo de la forma más extrema de machismo que vivimos las mujeres mexicanas en pleno 2016: la violencia sexual y el feminicidio (cuestión no menor que, de acuerdo a las cifras del mismo SNSP, causó 35,285 denuncias por violación sexual entre enero de 2014 y septiembre de 2015 y de acuerdo al Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio sólo representa el 10% de las agresiones reales); y 3) la falta de indignación de una sociedad mexicana y sus medios de comunicación, que le da menos de seis mil firmas a una petición ciudadana para retirar el video de circulación y premia a sus productores otorgándole más de 20 millones de reproducciones.

Pero volviendo a lo que más me indigna del famoso video, que es el mensaje de total impunidad transmitido, retomo el subnormal comunicado de defensa de Gerardo Ortiz en el que se afirma que el cantante "sólo quiso mostrar una visión de la realidad cotidiana". Y lo retomo no para disculpar el impresentable producto en cuestión sino para reforzar mi punto inicial: la impunidad es una realidad y como tal, tiene total correspondencia con el relato mostrado en el video. En México no hay justicia para las mujeres, ni para los jodidos. En México lo que hay es impunidad para el rico, para el poderoso y para el abusador como el del video, que pese a sus crímenes logra salir airoso. La impunidad como gran habilitadora de todas las formas de crimen y violencia y como expresión del poder político y económico de las élites. Ya lo decía Ana Laura Magaloni: "tratándose de la élite se rompe abruptamente la causalidad entre la conducta ilícita y las consecuencias jurídicas". Y eso es lo más inaceptable.

No es casualidad que en los tiempos de los Porkys, de las abducciones en Jalisco, las Andreas Noel, las periodistas abusadas en el transporte público, las niñas de Acapulco y las decenas de miles de hombres jóvenes asesinados a manos del crimen organizado y el Estado, veamos "expresiones artísticas" del tipo aparecer y saciar el morbo de una sociedad que, en su hartazgo, ha optado por la violencia y no por la participación política como forma de canalizar su descontento. Pero perdón, el hartazgo no es excusa ni disculpa y aquí lo que hay que poner bajo la lupa es nuestra activa desresponsabilización para sancionar los actos que nos lastiman y la doble moral con la que reaccionamos a todo.

Yo me sigo preguntando cómo puede ser que la misma sociedad que moralmente se opone a la legalización de las drogas, por considerarlas el epítome del declive de los valores y la ética pública, sea incapaz de reconocer que su persecución está al origen de gran parte de la violencia; que sea la misma que no cuestione desde la ética y la legalidad el contenido de videos como este y al contrario, los consuma con avidez junto con el resto de los narco-corridos de Ortiz. Y me pregunto también cómo pretendemos avanzar como país en temas tan relevantes como la reducción de la violencia, la equidad de género, la impartición de justicia y la lucha contra la corrupción si al final del día nos quedamos contentos tarareando un soso sonsonete que no es más que una oda a la impunidad.