¿Para qué sirven los terrenos del aeropuerto?

A la Ciudad de México le nacieron más de 700 hectáreas libres: las del Aeropuerto Internacional Benito Juárez, que dejará de funcionar en 2020. Al margen de las disputas sobre quién puede o no  decidir sobre ese terreno enorme, puede ser buena idea preguntarnos qué debe hacer una megaurbe con una oportunidad de esa magnitud, qué decisiones hay que tomar para beneficiar a la ciudadanía y el medio ambiente, qué hay que evitar, a quién hay que consultar. Los escuchamos. 


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Una oportunidad de sacarse la espina

Alejandro D' Acosta

Arquitecto

Viendo a la distancia a la Ciudad de México, se lee que la pelea por el espacio es un elemento de desarrollo y adaptación. Las calles son apabulladas por los diferentes dueños del mismo espacio. No solo es el valor de la propiedad privada: el franelero que posee la calle, los ambulantes, los agentes de seguridad, ponen de manifiesto la sobrepoblación.

La evolución que va planeando la ciudad, los virus existenciales de la migración y el crecimiento de la ciudad, pone en entredicho la pueril planeación de la Ciudad de México: el poco o ningún control que tienen nuestros gobernantes de un concepto de futuro. Parece que vamos improvisando soluciones a problemas ya enquistados.

A este gobierno le cae del cielo el espacio que se genera con el nuevo aeropuerto, que de por sí invade las pocos elementos de ecología que nos quedan. Me refiero al hecho físico de mover hacia afuera el nuevo aeropuerto, dejando libre este espacio que en su momento fue una barrera urbana que determinó una parte muy importante de la ciudad. No sólo lo fue por ser una barrera física que mutiló la conectividad de la ciudad en esa región, sino también por la reglamentaciones aeronáuticas que determinan todos los criterios físicos y estéticos de sistemas constructivos en las alturas.

Además de los usos de suelo que se refieren a la aeronáutica, determinó la cuidad, sus regionalismos culturales, el sonido, el hecho de ser sobrevolados: un espacio parecido a estar dentro de el motor de un auto, con la contaminación auditiva, visual, de gas en el ambiente. En fin, es un espacio complejo que al desaparecer producirá una reacción positiva que florecerá cuando estos pájaros de acero ya no estén ahí. Un espacio de estas dimensiones que deja un vacío enorme y una oportunidad única que deberá verse con un espíritu completamente contemporáneo. Es decir:

Necesitamos primero entender la mutación del aeropuerto Benito Juárez a nivel urbano, leer el contexto y desde él, para diseñar el futuro.

Creo importante asumir la posibilidad primero de restablecer la conectividad de esta zona, reconectar, hilvanar la ciudad.

Creo que es necesario restablecer la naturaleza y no perder la oportunidad de estar en el campo dentro de la misma ciudad, a pocos kilómetros del Zócalo. Pero un parque que interconecta no es solamente llenar de verde. Es necesario hacer parques que alimenten a las personas: un parque que produzca alimentos en hortalizas urbanas y comunitarias, en chinampas que regresen los humedales que existieron interconectándose como el antiguo Canal de la Viga. Restablecer las zonas inundadas permitirá que las especies recuperen lo que les será robado con el nuevo aeropuerto.

Tenemos en nuestras manos un espacio que culturalmente cambiará cuando se reinvente. Hay ciudades que atesoran estos espacios, como Central Park en Nueva York o Griffith Park en los Ángeles, pulmones que están en la memoria colectiva. Y es desde esta memoria colectiva se partirá a llenar la enorme e incansable modernidad contemporánea.

Solo espero que no se repita la historia del franelero que compite con el ambulante por el espacio que el guarura ocupa.

Parece ser también que Mancera tiene en sus manos la oportunidad de sacarse la espina de Avenida Chapultepec.