¿Para qué sirven los ciudadanos?

¿Un país con más organizaciones ciudadanas es más democrático? ¿Quién representa a la ciudadanía? Si las oenegés supervisan al gobierno, ¿quién supervisa a los supervisores? ¿Existe la sociedad civil? Estas son algunas de las preguntas que surgen de la Segunda Cumbre Ciudadana. Cuatro expertos debaten. 

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    1. Antonio Ortuño

      El privilegio de estorbar

      Autor de Recursos humanos y La fila india.
    2. Jorge V.  Villalobos G.

      El peso de la solidaridad

      Presidente del Cemefi.
    3. Edna Jaime

      La cancha se empareja

      Fundadora y directora de México Evalúa. 

La representación autoasignada

Luis  González de Alba

Narrador, divulgador y analista político. Es columnista de MILENIO.

Una sección nueva de Milenio se llamará "Tribuna Milenio" y se iniciará atendiendo algo que me pone los pelos de punta: la Segunda Cumbre Ciudadana, a punto de ocurrir en Puebla: un congreso de organizaciones que dicen representar a la "sociedad civil", materia indefinida y moldeable a los gustos de gente de todos los pelajes. El primer problema es cómo leer las siglas ONG cuando van en plural ya que, dicen los correctores, no se debe poner "ONGs". Luego debe leerse "oenegés". Yo prefiero "ongues".

En general, se adjudican una representación que nadie les ha dado y rechazan instituciones por las que sí hemos votado los mexicanos: el Congreso, por ejemplo. También los partidos políticos están fuera de la "sociedad civil", ya que tienen intereses políticos y partidarios... Sería raro que no los tuvieran cuando se llaman "partidos políticos".

Si los partidos oficialmente registrados para competir en elecciones libres, universales, donde el voto es secreto y los dineros gastados en campañas y trabajo cotidiano están rigurosamente acotados por la ley -con límites estrictos cuya infracción la última reforma penaliza hasta con la anulación de la elección completa-, las ongues, en cambio, no están obligadas a dar cuenta de las aportaciones, muchas de ellas millonarias y de mecenas extranjeros, que serían escándalo si las aceptara un partido. Es que, ya sabemos, son la sociedad civil y ésta es por definición honesta, confiable y sin otro interés que el bien común, nada oculto, nada turbio... ¿De veras?

Según entiendo, los representantes de la sociedad sin adjetivos, por quienes votamos en elecciones rigurosamente vigiladas y luego de campañas que la ley regula, no son sociedad civil aunque sean civiles elegidos en comicios. Es que los ingenuos creemos ese cuento. Nuestros representantes válidos y limpios son las ongues que nadie elige.

Hablar a nombre de los ciudadanos es sinónimo de prepotencia, salvo en representantes respaldados por un mayoritario voto libre y secreto. Pero el cuento de las ongues va al revés.

La primera definición que debería debatir esta Segunda Cumbre Ciudadana (no debo ser ciudadano porque jamás me enteré de la Primera Cumbre Ciudadana, donde muchos y muchas hablaron en mi nombre), es el nombre mismo: por qué es Cumbre y por qué es Ciudadana, todo muy enmayusculado.

¿Quién lleva mi voz y mi voto a Puebla? No sé quién es mi diputado, pero tampoco sé cuál ONG me representa ni con qué autoridad, ya que nadie me ha preguntado ni voté en ningunas urnas transparentes con votos contados por ciudadanos elegidos al azar.

De eso vive mucha gente: de ser ONG. Confío en los dirigentes con medios de vida conocidos y negocios propios, personas que más bien entregan tiempo y dinero a combatir el secuestro. Dos representan esta categoría: Isabel Miranda y Alejandro Martí, dueño de los Deportes Martí. Ceden tiempo y dinero para combatir el delito más doloroso, el secuestro.

Pero hay una runfla de advenedizos y advenedizas que cuando no me están representando en Helsinki hablan por mí en Sídney o San Francisco. Muchísimos ricos del mundo entero eluden impuestos en sus respectivos países haciendo donaciones de las que no vuelven a saber si las entregan a ongues.

Los empresarios no son sociedad civil porque tienen interés en hacer fortuna, tampoco los gobernantes porque son el enemigo, ni menos los partidos que se llevan (y es verdad) carretadas de dinero. Pero los empresarios dan cuentas a Hacienda (o deberían, por ley), y sus comidas y viajes son deducibles bajo ciertas reglas; los gobernantes también, aunque se nos han escapado asignándose salarios y prestaciones que les dan vida de reyes... sin las preocupaciones de Isabel II ni de Juan Carlos.

Los únicos que no dan cuentas -y es insulto pedirlas- son las ongues que forman la "sociedad civil". Tarea para la Cumbre: definir eso, porque algunos pensamos que "sociedad" somos todos y "civil" es quien no está integrado a las Fuerzas Armadas.