¿Para qué sirve un ex presidente?

De unas décadas y hasta hace poco, el ex presidente era un hombre que, pensión del Estado en mano, se retiraba, silencioso, a fundar instituciones académicas, administrar ranchos o dar conferencias mientras pasaba la primera oleada de descrédito público y como un modo amable de superar el síndrome de abstinencia del poder, droga –dicen– dura. Esa vieja práctica priista parece haber pasado a mejor vida. De un modo más próximo al norteamericano o el europeo, los presidentes parecen dispuestos a volver al ring político. ¿Es conveniente este nuevo estatus para sus partidos, para la sociedad, para la vida política mexicana?


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La soledad después del poder

Rogelio Hernández Rodríguez

Investigador por el Colmex.

La imagen de los ex presidentes en México ha dependido siempre del poder que ejercieron cuando estuvieron al frente del Ejecutivo, que en los años del priísmo dominante fue prácticamente absoluto, y las circunstancias que prevalecieron en el final de sus mandatos. Durante la mayor parte del siglo pasado el presidente de la República ejerció un poder casi ilimitado no porque la Constitución le concediera las facultades para sobreponerse al resto de instituciones, sino porque el PRI controlaba todas las posiciones políticas, estatales y nacionales, de tal manera que el presidente resultaba el líder natural de los políticos y de la política. Ese poder derivaba de la renuncia tácita de todos los representantes institucionales a poner en práctica las facultades que la ley les concedía y hacía del presidente un funcionario capaz de hacer prácticamente cualquier cosa, normalmente dentro de la ley, pero no siempre sin arbitrariedades.

En los años de estabilidad y crecimiento los gobiernos fueron eficaces, y aunque auspiciaron la frivolidad y los excesos del jefe del Ejecutivo, no parecieron importantes más allá de las anécdotas, gracias a que había beneficios sociales comprobables. Pero a medida que las crisis fueron cíclicas y los conflictos políticos aumentaron, los gobiernos acumularon problemas que, al menos desde los años 60, determinaron las evaluaciones de los ex mandatarios. Desde Gustavo Díaz Ordaz y hasta Felipe Calderón, lo que comprende ocho presidentes, los eventos que tuvieron lugar en los últimos años de sus periodos determinaron el juicio popular, el descrédito político y las críticas a sus gestiones. Represión y asesinatos; crisis económicas que se acompañaron de abusos de autoridad, como fueron las expropiaciones y nacionalizaciones en 1976 y 1982; los cuestionamientos políticos y sospechas de fraude electoral en los 80; la terrible crisis política de 1994, con los asesinatos del candidato presidencial y del secretario general del PRI, así como la aparición de la guerrilla zapatista; la alternancia política y la frustración que le siguió cuando los presidentes del PAN fueron incapaces de gobernar, han hecho de los ex mandatarios el blanco de críticas recurrentes. Y esas formas de concluir los sexenios son más crueles porque, además de que en su momento los presidentes vivieron en un pedestal, en muchas ocasiones fueron bien apreciados por la sociedad. Luis Echeverría, Carlos Salinas o Felipe Calderón tuvieron en su momento altos niveles de aprobación que no se sostuvieron más tarde debido a los errores que cometieron durante sus administraciones. Y por el contrario, un mandatario criticado en su sexenio por su evidente pasividad, que provocó conflictos innecesarios, como lo fue Zedillo, ahora goza de la fama de haber terminado con el gobierno del PRI.

La imagen se acompañaba de otra condición esencial para el sistema, que consistía en que se mantuviesen alejados de la política una vez entregado el poder. La soledad era entonces absoluta porque, sin influencia ni recursos, los ex mandatarios debían escuchar las críticas y los juicios de los ciudadanos, pero también de los políticos en activo. La regla también se rompió y desde los años 70 varios ex mandatarios quisieron seguir interviniendo, lo que provocó que los presidentes los marginaran, como le sucedió a Echeverría cuando López Portillo lo hizo embajador en las Islas Fiji, o los atacaran abiertamente, como ocurrió con Zedillo, que acusara a Salinas de la crisis económica en la que él y su efímero secretario de Hacienda participaron activamente.

La alternancia ha contribuido a que algunos ex presidentes se sientan con derecho a seguir interviniendo, porque, a pesar de sus criticados gobiernos, se consideran incomprendidos e injustamente evaluados. Para los presidentes de la alternancia no es una condición respetable mantenerse al margen del poder porque no lo reconocen como una regla institucional sino del régimen priísta, y porque esperan aún el aplauso popular. No importa que Fox no pudiera gobernar y ocupara toda su administración en confrontarse con el Congreso, ni que Calderón hiciera del país el campo de una batalla diagnosticada y alimentada por él. La necesidad de seguir en la política se acompaña de la búsqueda de reconocimientos de una sociedad que, estiman, no ha comprendido su entrega y sacrificio. Al final, como dijera alguna vez López Portillo, para los ex presidentes lo que importa no es lo que quisieron hacer ni por qué lo hicieron, porque el juicio que prevalecerá en la sociedad depende de las acciones y los resultados de sus gobiernos.