¿Para qué sirve un ex presidente?

De unas décadas y hasta hace poco, el ex presidente era un hombre que, pensión del Estado en mano, se retiraba, silencioso, a fundar instituciones académicas, administrar ranchos o dar conferencias mientras pasaba la primera oleada de descrédito público y como un modo amable de superar el síndrome de abstinencia del poder, droga –dicen– dura. Esa vieja práctica priista parece haber pasado a mejor vida. De un modo más próximo al norteamericano o el europeo, los presidentes parecen dispuestos a volver al ring político. ¿Es conveniente este nuevo estatus para sus partidos, para la sociedad, para la vida política mexicana?


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El síndrome de Tlacaélel

Eugenio Aguirre

Autor, entre otros libros, de El abogángster, Leona Vicario, la insurgente y La gran traición.

En un sistema político en el que el poder se ejerce de manera absolutamente vertical, la pérdida de éste deriva en consecuencias variadas y peculiares. Los presidentes mexicanos que, a lo largo de la historia, han sido encumbrados a posiciones omnímodas por un aparato de gobierno en la mayoría de los casos abyecto, una vez que termina su mandato, ya sea en forma natural o por una revolución, golpe de Estado o asonada, han adoptado roles en su conducta personal que oscilan desde la discreción serena y mesurada, pasando por el deseo de servir a la patria en forma comprometida, hasta un intervencionismo político en las tareas de su sucesor perverso y degradado siempre al servicio de sus propias ambiciones o las de la camarilla, partido político, al que pertenecen: el síndrome de Tlacaélel, el poder detrás del trono, que ha pervivido como una tentación sumamente atractiva en aquellos que han pretendido reelegirse o actuar como factótum de las decisiones de Estado.

Tenemos así múltiples y variados ejemplos, algunos luminosos y otros execrables, del comportamiento de los ex presidentes, cuyo análisis requeriría de la escritura puntual y honesta de varios volúmenes, pero del cual intentaremos una síntesis de algunos ejemplos que nos sirva como mosca en la oreja y acicate para que los politólogos expertos en la materia aborden su estudio.

El comportamiento de Guadalupe Victoria, nuestro primer presidente, que gobernó de 1824 a 1829, lo destaca como alguien que, en su carácter de ex presidente, supo comportarse con probidad y respeto de las instituciones de una nación que nacía frente a la adversidad y el encono de los gobiernos de los países que deseaban mantenernos bajo el yugo de su dominio. Una vez terminado su mandato y después de haber convocado a las primeras elecciones libres, cuyos resultados fueron desastrosos, se desempeñó como gobernador del estado de Puebla y como comandante de las fuerzas del ejército mexicano que, en Veracruz, combatieron a los franceses invasores durante la llamada Guerra de los Pasteles. Murió solo, abandonado y sin reconocimiento alguno de sus sucesores en la Fortaleza de Perote.

Caso muy diferente fue el de Antonio López de Santa Anna, quien al haber ocupado la presidencia once veces tuvo que ser, obviamente, ex presidente diez veces. Un individuo que jamás quiso soltar las riendas del poder y que por encima de los intereses de la nación, se sirvió de la política y del atarantamiento de sus contemporáneos con la cuchara grande, lo que le permitió vivir como un sibarita caprichoso y el traidor por antonomasia de nuestra historia. Don Benito Juárez se salvó de ser ex presidente gracias a su oportuno deceso. No sucedió lo mismo al oprobioso dictador Porfirio Díaz, quien pagó su ex presidencia durante el exilio en Francia a donde fue, como perro de casta, a lamerse las heridas. Exilio que utilizó, igual que muchos otros, para quejarse de la ingratitud del pueblo mexicano que no supo mantenerlo en el tarro de la mieles de su Pax porfiriana.

Exilio e ingratitud, dos estadios recurrentes para algunos ex presidentes, como Plutarco Elías Calles y Carlos Salinas de Gortari, cada uno en su momento y bajo diferentes circunstancias, que han actuado como vacunas para alejarlos de la tentación de perpetuarse en el poder; fascinación que, como sucedió con Álvaro Obregón, puede costarles la vida.

Quizá nadie deshonró más la figura de ex presidente que Calles, quien no sólo instauró el famoso Maximato con sus comparsas Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, a quienes mangoneó como se le dio la gana (al grado de que durante el mandato del segundo, el célebre Nopalito, por baboso y resbaloso, se decía: "Aquí vive el presidente, el que manda vive enfrente"); sino que instauró, con la creación del Partido Nacional Revolucionario, antecedente del PRI, el dedazo que habría de definir la sucesión presidencial durante 70 años de dictadura perfecta.

Recalemos en nuestros días, en los ex presidentes del espejismo de la transición entre partidos opositores para ocupar el gobierno: Vicente Fox y Felipe Calderón. El primero, con bandazos plenos de estupidez, debido a que cumple con el papel de ser un pendejo químicamente puro, ha desempeñado el papel de Tlazoltéotl, la diosa azteca concebida como la comedora de inmundicias, en alguna forma la bacinica nacional, porque no hay porquería política que no pueda achacársele. El segundo, porque no contento con llevar a tontas y a locas al país a una guerra de baja intensidad en contra del narcotráfico que nos ha costado más de 60 mil víctimas, continúa aferrado a influir en las decisiones políticas de su partido, el PAN, y, si lo dejan, a imponer su manera personal de gobernar.

Ex presidentes, ¿una lacra o una virtud? Tenemos que analizarlos, uno por uno, para no quedarnos con la duda.