¿Para qué sirve un ex presidente?

De unas décadas y hasta hace poco, el ex presidente era un hombre que, pensión del Estado en mano, se retiraba, silencioso, a fundar instituciones académicas, administrar ranchos o dar conferencias mientras pasaba la primera oleada de descrédito público y como un modo amable de superar el síndrome de abstinencia del poder, droga –dicen– dura. Esa vieja práctica priista parece haber pasado a mejor vida. De un modo más próximo al norteamericano o el europeo, los presidentes parecen dispuestos a volver al ring político. ¿Es conveniente este nuevo estatus para sus partidos, para la sociedad, para la vida política mexicana?


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A la imagen de Quetzalcóatl

Pedro Arturo  Aguirre

Autor de “De Winston Churchill a Donald Trump”, por aparecer en México

José López Portillo alguna vez dijo que era obligación de los ex presidentes de México entregarse a una inmolación política "semejante a la de Quetzalcóatl", quien después de haber sido un poderoso y sabio dios un día decidió prenderse fuego tras descubrir que había sido burlado por Tezcaltipoca. Así debía de ser en un sistema político donde el presidente era el protagonista principalísimo. Nadie podría hacerle sombra al Señor Presidente en turno, mucho menos los ex presidentes, personajes que precisamente por haber sido Tlatoanis podían ser peligrosos competidores. Por eso pasaban a un proceso de degradación, algunas veces brutal, desde el momento mismo en que entregaban la banda al sucesor.

Condenar al ex presidente al ostracismo fue característico de la política mexicana. Se les vilipendiaba a veces desde la mismísima presidencia, como aquel dedo admonitorio de Ruiz Cortines con el que censuró los excesos de corrupción del gobierno de su antecesor, o la críptica declaración de Echeverría al denunciar a los "los emisarios del pasado". Este fenómeno no sucede en otros sistemas presidenciales. En Estados Unidos los ex presidentes gozan de la estima general y sus retiros son casi siempre muy activos con la construcción de "bibliotecas presidenciales", creación de fundaciones e incluso –a veces– con un destacado activismo en política internacional. En los regímenes parlamentarios europeos tal retiro, en muchas ocasiones, ni siquiera existe, y así vemos a una buena cantidad de ex primeros ministros aun como jefes de sus respectivos partidos, tratando de volver al poder, o como cabezas de grupos políticos que conservan un importante grado de influencia. Pero en México, de eso ni hablar. En las primeras décadas del dominio priista era raro ver a un ex presidente volver a ocupar una posición púbica. Ruiz Cortines precisaba que pertenecía "a la augusta institución de los ex, quienes tienen como primer deber respetar al que es y evidenciar absoluta disciplina". La excepción la hizo el general Cárdenas, quien ocupó la Secretaría de Defensa durante la Segunda Guerra Mundial, pero dejó el encargo en el momento preciso en que terminó la contienda. Cárdenas también representó un cierto matiz en esto de permanecer completamente retirado de la política al conservarse como un referente para la izquierda, aunque siempre absteniéndose meticulosamente de tratar de influir en las decisiones del presidente o en los vaivenes del partido oficial.

A fines de 1961, Adolfo López Mateos llamó a los ex "valiosos activos de la Revolución" y les otorgó inanes cargos honoríficos. Fue el hiperactivo Luis Echeverría Álvarez quien, previendo cuál sería su papel una vez abandonada la presidencia, decretó pensiones generosas de por vida a los ex presidentes además del acceso a hasta 103 colaboradores, entre personal administrativo y cuerpo de seguridad. Hoy los ex presidentes nos cuestan más de cuatro millones de pesos mensuales por cabeza, con el pretexto de los "valiosos servicios prestados a la nación". También Echeverría soñó con reconocimiento internacional a su labor en pro del Tercer Mundo, algo así como la secretaría general de Naciones Unidas o el Premio Nobel de la Paz, pero lo más que logró fue la embajada mexicana en Australia y las Islas Fiji. En 2006 sufrió la humillación de ser el primer ex presidente mexicano en ser formalmente encausado judicialmente como presunto responsable de crímenes cometidos en las represiones de los movimientos estudiantiles de 1968 y 1971. Aunque jamás pisó la cárcel y fue finalmente absuelto, el otrora "líder del Tercer Mundo" vive una vejez de lo más oprobiosa. ¿Morirá algún día?

El destino de los expresidentes que vinieron después de don Luis no fue mucho mejor. López Portillo jamás volvió a ocupar un puesto público, pero nos regaló sus entretenidas memorias, deliciosas para quienes gustan de los delirios del poder. Discreta fue la labor de Miguel de la Madrid en la dirección del FCE. Zedillo renunció a la pensión y "sobrevive" de chambitas que se ha conseguido por aquí y por allá. Salinas escribió una de las páginas más pintorescas en la historia de los ex presidentes con su huelga de hambre. A la mala, entendió que su desprestigio lo anulaba para cualquier intento de regreso a la vida pública, por lo menos a terreno abierto.

Con la alternancia llegó el debilitamiento de la figura presidencial y un redimensionamiento de la función política formal de los expresidentes. Fox imita a sus contrapartes gringas con su famoso Centro de Estudios-Museo-Rancho de Guanajuato, además de que no nos ha privado de sus siempre geniales declaraciones. Calderón demuestra sus ganas de ser factor dentro de su partido: declara en torno a candidatos (¡Está pedo!) y promueve a su señora como posible candidata a la presidencia en el 2018. ¡Pobre Margarita, su verdadera ambición es ser algún día directora del Instituto Asunción!