¿Para qué sirve un ex presidente?

De unas décadas y hasta hace poco, el ex presidente era un hombre que, pensión del Estado en mano, se retiraba, silencioso, a fundar instituciones académicas, administrar ranchos o dar conferencias mientras pasaba la primera oleada de descrédito público y como un modo amable de superar el síndrome de abstinencia del poder, droga –dicen– dura. Esa vieja práctica priista parece haber pasado a mejor vida. De un modo más próximo al norteamericano o el europeo, los presidentes parecen dispuestos a volver al ring político. ¿Es conveniente este nuevo estatus para sus partidos, para la sociedad, para la vida política mexicana?


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Los ex salen del clóset

Pablo Xavier Becerra Chávez

Profesor de la UAM-Iztapalapa. Autor, entre otros, de "El presidencialismo mexicano durante los gobiernos de la alternancia".

Ha provocado polémica la reaparición del ex presidente Felipe Calderón y su activa participación en las campañas electorales del PAN. Algunos dicen que está rompiendo una regla no escrita del comportamiento de los ex presidentes de nuestro país, la regla que los obligaba a retirarse de la vida pública para no interferir con la gestión de su sucesor. Por supuesto, esa regla es propia de la época en que el PRI ocupó de manera ininterrumpida la presidencia de la república, al igual que las figuras del tapado y el dedazo, pero evidentemente los tiempos cambiaron y con ellos esos usos y costumbres de la política mexicana. Una mirada comparada permite ver que en otros países presidenciales tales reglas y figuras no forman parte del entramado institucional democrático.

Esa regla no escrita tiene su origen en la peculiar formación del régimen político surgido de la Revolución Mexicana, particularmente del tránsito de la época de los hombres fuertes a la de las instituciones. Durante el periodo conocido como Maximato (1928-1934), el ex presidente Plutarco Elías Calles impuso su poder informal por encima de la figura formal de los tres presidentes que se sucedieron en esos años, Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez. El propio Calles impuso al joven general Lázaro Cárdenas como candidato del Partido Nacional Revolucionario (PNR, abuelo del actual PRI), con la idea expresa de seguir imponiendo su poder personal por encima del presidente formal. Pero Cárdenas se sacudió la tutela del jefe máximo en el contexto de la crisis de junio de 1935 y en abril de 1936 lo expulsó del país en compañía de sus más fieles seguidores. Enseguida, reorganizó su gabinete y forzó la renuncia de gobernadores y jefes de zona militar de filiación callista, con lo que dejó en claro que la época del Maximato había terminado. Concluyó el proceso de concentración de un gran poder en la institución presidencial, pero supo entender que quien la ocupaba solamente lo ejercía durante su sexenio y al concluir éste debía declarar su lealtad a su sucesor y retirarse a la vida privada.

Por supuesto, al concluir su sexenio el general michoacano era muy joven aún (tenía 45 años) y tuvo oportunidad de participar en varias responsabilidades bajo las órdenes de varios presidentes, pero siempre manteniendo la lealtad a los gobiernos surgidos del PRI. Tuvo acercamientos con la izquierda, como el apoyo a la Revolución Cubana y la formación del Movimiento de Liberación Nacional, pero nunca rompió con el régimen.

Más tarde, siendo ex presidente, Adolfo Ruiz Cortinez formalizó el papel de los ex presidentes con el reconocimiento de que él formaba parte de "la augusta institución de los ex, quienes tienen como primer deber respetar al que es y evidenciar absoluta disciplina". En esa lógica aceptó encabezar la Nacional Financiera por encargo de su sucesor, López Mateos. Antes de él, el ex presidente Miguel Alemán fue nombrado al frente del Consejo Nacional del Turismo, que encabezó hasta su muerte. López Mateos presidió, por nombramiento presidencial, el comité organizador de las Olimpiadas de 1968, pero debió abandonarlo por razones de salud. Díaz Ordaz fue nombrado embajador en España por el presidente López Portillo, pero fue una decisión muy desafortunada porque sobre él seguía pesando el estigma de la matanza del 2 de octubre, por lo que duró muy poco en el cargo. El propio López Portillo nombró al ex presidente Luis Echeverría embajador ante la UNESCO y posteriormente ante las Islas Fiji, para, según se decía en aquella época, mantenerlo alejado del país. Posteriormente, Echeverría mantuvo una discreta presencia pública mediante su Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo.

Como ex presidente López Portillo se alejó totalmente de los cargos públicos, pero se vio permanentemente envuelto en el escándalo debido a su enriquecimiento más que explicable, cuyo símbolo sigue siendo la famosa Colina del Perro. Publicó un libro autobiográfico en el que se autonombró "el último presidente de la Revolución". En alguna entrevista se lamentaba de que a los ex presidentes solamente les quedaba "aguantar vara" frente a las críticas y burlas. El ex presidente Miguel de la Madrid se desempeñó durante una década (de 1990 a 2000) como director del Fondo de Cultura Económica, en el que parece haber desempeñado un buen papel.

Con Carlos Salinas de Gortari cambió el esquema. Su sucesor, Ernesto Zedillo, rompió con él al hacer arrestar a su hermano Raúl en febrero de 1995, bajo las acusaciones de tráfico de influencias, corrupción y la autoría intelectual del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. Después de una extraña huelga de hambre de día y medio, Carlos Salinas salió del país y se estableció en Irlanda. Durante el sexenio de su sucesor solamente regresaba esporádicamente al país por cuestiones personales. De alguna forma, Zedillo impidió que Salinas se convirtiera en un nuevo jefe máximo, 60 años después de la gesta cardenista. El propio Zedillo tuvo la estatura para reconocer el triunfo de un candidato no priista a la presidencia en 2000 y garantizar la transmisión pacífica del poder al primer presidente surgido de las filas del PAN, partido que estuvo en la oposición durante seis décadas.

Los dos panistas que ocuparon la presidencia ya son ex. Vicente Fox regresó a su rancho y mantuvo durante el gobierno de su sucesor un bajo perfil. Solamente sabíamos de él por alguna de sus ocurrencias frívolas que trascendían a la prensa. Pero cuando en 2012 su partido aspiraba a repetir por un tercer periodo en Los Pinos, Fox les aguó la fiesta y llamó abiertamente a votar por el candidato del PRI. A partir de ahí el hombre de Guanajuato se dedicó a criticar la gestión de Calderón, particularmente los resultados de la guerra contra el narcotráfico. Fox incluso ha retomado la expresión de la oposición de izquierda de "los muertos de Calderón" y se ha convertido en un entusiasta promotor de la legalización de la mariguana. Actualmente ya ni siquiera es miembro del PAN.

Al concluir su sexenio Calderón se autoexilió en la Universidad de Harvard, en los Estados Unidos, pero ya está de regreso. Sus derechos políticos están a salvo, por lo tanto puede participar en política partidaria sin problemas. Por supuesto, su desempeño en el gobierno durante los difíciles años de 2006 a 2012 puede y debe ser criticado, pero nadie puede impedirle participar en política activa. Es saludable que salga del clóset del ostracismo al que la tradición había arrojado a los ex presidentes. Otra cosa es que su participación activa en las campañas de su partido sea positiva o negativa, es decir, atraiga votos o los repela.