Nuevas dirigencias: ¿más de lo mismo?

Los tres partidos grandes tuvieron una caída de consideración en las últimas elecciones. Es en ese contexto –incómodo, incierto, regañón, lleno de suspicacias, no tan propicio para disfrutar los sabores delicados del presupuesto público– que se han lanzado a cambiar sus dirigencias. A la hora de publicar esta Tribuna, mientras el PRD decide quién sustituye al autoinmolado Navarrete, sabemos que los militantes del PRI apostaron al discurso tradicionalista de Beltrones y el PAN a la juventud de Anaya. Pero ¿se traducen estos cambios en cambios de fondo, cambios en la estructura de los partidos, en sus métodos, en sus relaciones con los votantes, o se trata, nuevamente, de moverlo todo para que nada se mueva?

 

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PAN rancio

Jorge Javier Romero

Profesor investigador por la UAM.

Acción Nacional es un partido del antiguo régimen. Nació por oposición al cardenismo, ese momento radical de los gobiernos emanados de la Revolución que, si bien se proclamó aliado de los trabajadores, fundó el control corporativo y sentó las bases para la institucionalización del dominio autoritario. Manuel Gómez Morín, el fundador, logró agrupar a un círculo de intelectuales católicos opuestos tanto al anticlericalismo de los gobiernos posrevolucionaros como al proceso de agrupamiento de las organizaciones gremiales bajo el manto de protección particularista del Estado. También concurrieron a la fundación del PAN algunos liberales enfrentados a lo que veían como una deriva antidemocrática, empleados de alto rango de los grupos empresariales más opuestos al gobierno cardenista y algunos anticomunistas furibundos, partidarios de la cruzada emprendida por el franquismo contra la República Española, que ya entonces había triunfado en la infausta guerra civil. La cohesión de aquella diversidad era, fundamentalmente, el anticardenismo.

La ideología oficial del PAN recién salido del horno la delineó Efraín González Luna en los Principios de Doctrina. Era aquel un documento de clara inspiración social cristiana, que proclamaba la conciliación de clases, en oposición a la lucha reconocida por el discurso del Partido de la Revolución Mexicana. Eran tiempos de partidos que surgían y desaparecían de la noche a la mañana. La virtud de Gómez Morín fue concebir una organización permanente, más allá de la encrucijada de la sucesión presidencial de 1940, que ya para el momento de la fundación de Acción Nacional se encontraba en marcha: frente a la candidatura oficial decidida por Cárdenas a favor de Manuel Ávila Camacho, surgía con fuerza la de Juan Andreu Almazán, aupada por el Grupo Monterrey, principal consorcio empresarial del país, y secundada por grupos clericales y por las capas medias enfadadas por la crisis económica derivada de la expropiación petrolera y por el obrerismo del gobierno. En aquella elección el PAN se sumo a la cola de la candidatura de Almazán y fue irrelevante, lo mismo que en la elección de 1943.

La consolidación del PAN se dio al mismo tiempo que la coalición de poder se afirmaba con el nuevo pacto del que surgió el PRI en 1946. Como parte del proceso de institucionalización del régimen, en aquel año se promulgó la nueva legislación electoral que garantizaría el monopolio del partido oficial con base en un proteccionismo exacerbado que impedía la entrada a la competencia de cualquier fuerza que no contara con el visto bueno del gobierno y obstaculizaba la escisiones de la coalición de poder.

El PAN fue el primer partido que obtuvo el registro, patente para postular candidatos, en los términos de la nueva legislación. Los dirigentes del partido habían pactado el papel que jugarían durante la etapa clásica del régimen y que años después Adolfo Christlieb Ibarrola, presidente de Acción Nacional entre 1962 y 1967, denominaría "leal oposición". En efecto, el PAN fue, después del PRI, el partido más beneficiado por el proteccionismo electoral, pues supo utilizar las reglas del juego establecidas para consolidarse y sobrevivir en condiciones adversas, donde sus candidaturas eran meramente testimoniales y sólo un puñado –entre cuatro y seis– llegaron a ser diputados en cada legislatura entre 1946 y 1961, además de algún alcalde de pueblo.

El PAN fue un partido funcional al régimen durante toda la época clásica del monopolio del PRI. Sirvió para dar una falsa imagen de pluralidad y para darle algún sentido a unas elecciones entendidas por todos como ficticias. Los candidatos presidenciales del PAN fueron los únicos opositores reconocidos entre 1958 y 1970, mientras los ajustes institucionales que crearon los diputados de partido en 1962 les permitieron mantener una representación legislativa testimonial. La principal virtud del partido durante esas décadas fue mantener vivo el reclamo por el respeto al voto, mientras que su principal bandera fue siempre el combate a la corrupción, lubricante de la maquinaria priista.

Con la crisis económica de los 80, el PAN supo captar el apoyo de los empresarios que habían roto con el régimen y el descontento de las capas medias del norte del país. Y cuando el PRI se fracturó en 1988, los dirigentes panistas supieron construir una coalición con el gobierno de Salinas para darle al presidente amplio margen de maniobra frente a los disidentes radicalizados. Así se desbrozó el camino que llevaría al triunfo electoral de Vicente Fox en 2000.

Ya en el poder, el PAN se dedicó a salirle al paso a los problemas, sin un proyecto estratégico de reforma institucional que le hiciera honor a su programa histórico: ni movió un dedo para acabar con el arreglo corporativo, ni emprendió una transformación estatal para reducir la corrupción; tampoco fue fiel a su municipalismo. Por el contrario, durante los doce años en que gobernaron, los panistas se mostraron muy a gusto con la utilización patrimonial del poder y con el reparto clientelista del empleo público, que les permitió hacerse con su tajada del botín estatal.

Hoy el PAN enfrenta la renovación de su dirigencia sin rumbo y sin un liderazgo capaz de sacarlos del pasmo en que los sumió el desplome electoral de 2012. Siguen siendo el segundo partido del país, pero con escasa implantación en el sur y con un prestigio menguado por la ineficacia o la abierta corrupción de sus gobiernos. Del viejo panismo, conservador y mojigato pero enfrentado con enjundia a la corrupción, sólo queda la mojigatería. No hay en el PAN que cambia de líder nada que lo convierta en una fuerza de renuevo medianamente creíble y si bien no está al borde de la desaparición, su existencia resulta irrelevante como contraste al gobierno del priismo redivivo. El PAN es uno más de los espectros que pueblan la fantasmal política mexicana de hoy, en este inacabado tránsito hacia un orden social abierto.