Nuevas dirigencias: ¿más de lo mismo?

Los tres partidos grandes tuvieron una caída de consideración en las últimas elecciones. Es en ese contexto –incómodo, incierto, regañón, lleno de suspicacias, no tan propicio para disfrutar los sabores delicados del presupuesto público– que se han lanzado a cambiar sus dirigencias. A la hora de publicar esta Tribuna, mientras el PRD decide quién sustituye al autoinmolado Navarrete, sabemos que los militantes del PRI apostaron al discurso tradicionalista de Beltrones y el PAN a la juventud de Anaya. Pero ¿se traducen estos cambios en cambios de fondo, cambios en la estructura de los partidos, en sus métodos, en sus relaciones con los votantes, o se trata, nuevamente, de moverlo todo para que nada se mueva?

 

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    1. Soledad Loaeza

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    2. Javier Aparicio

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    3. Jorge Javier Romero

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    4. Sebastián Garrido de Sierra

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      Profesor-investigador del CIDE.

La política como siempre

Andrés Lajous

Politólogo.

Los tres partidos políticos más grandes que hay en nuestro país no tienen la capacidad de sorprender a nadie. Sus dirigencias cambiarán, la mayoría de las y los ciudadanos ni se darán cuenta, y si se dan cuenta les dará exactamente igual. A quienes no les da lo mismo, a quienes pasan el tiempo haciendo cálculos y especulando qué ficha se mueve a dónde, les requerirá un poquito, muy poquito más de trabajo, ver qué es lo que cambia. Velozmente, quienes se dedican a "leer" e interpretar los movimientos de las pequeñísimas élites políticas de nuestro país pasarán de tener una explicación del orden que existe, de quién manda sobre quién y para qué, a tener un nuevo mapeo en el que se ordenarán los cambios que se saben marginales.

Una vez que quede claro cuál es este nuevo mapeo (piensen en las conversaciones que dicen: "Sí, hizo tal cosa porque es gente de tal otro político"), no tardará mucho, y dejaremos hablar de si los partidos políticos cambian o no y seguiremos con "la política como siempre". Seguiremos con los poderes reales dentro del sistema de partidos que están aglutinados alrededor de quienes tienen el control sobre recursos públicos: el presidente, los gobernadores, los dirigentes de las bancadas legislativas, los dirigentes nacionales, en algunos estados los dirigentes locales y en algunos municipios los presidentes municipales. Estos poderes reales están haciendo y fintando (y filtrando) coaliciones y conflictos para ver quién llega al inicio de la elección presidencial del 2018 con cierta ventaja frente a los otros. En pocas palabras, los cambios en las dirigencias de los tres partidos políticos más grandes del país no significan mucho más que el reconocimiento más explícito de que hay dos premisas organizadoras dentro de la política partidista: 1) quién controla más recursos públicos (y sus derivados privados), 2) quién puede movilizar este dinero en ruta a una candidatura presidencial en 2018.

En el camino, también veremos qué tanta pericia tienen ciertos políticos en movilizar campañas de relaciones públicas para generar corridas de opinión favorables entre las élites. Quienes están acomodándose bajo las dos premisas ya descritas saben que su popularidad por ahora no dependerá de hacer campaña entre votantes potenciales, ni siquiera entre sus partidarios. Su viabilidad como posibles candidatos se mide en artículos de opinión lambiscones, en cobertura de banalidades "positivas" en los medios, en apariciones en las preguntas de casas encuestadoras, y en entrevistas huecas en televisión. Los más vivos sabrán también que esa presencia en medios depende de los acuerdos y contratos que logren con cabilderos, consultores y especialistas que sepan cómo explotar las fantasías y temores de las élites, ayudándose de mitos que cobran vida propia: "Dicen que el gobernador manejó muy bien la deuda", "Parece que con todo y todo en su estado sí hicieron una policía muy profesional, ¿viste al que agarraron?", "En realidad él es quien ha sacado todas las negociaciones más serias".

Esta descripción de lo que vemos y veremos suceder es lo que hace que los cambios en las dirigencias del PAN, PRI y PRD no sorprendan a nadie. Las dirigencias de los partidos son un coto más de poder en un sistema con reglas bastante claras y establecidas en donde se median disputas políticas muy trascendentes para sus afectados y beneficiados directos, pero muy poco trascendentes para la mayor parte de la población. Esta descripción también nos dice lo que estos partidos políticos ya no son. No son organizaciones políticas que dependen de la parte de la sociedad a la que dicen representar, sino que dependen simplemente del acceso que disputan a recursos públicos y a espacios en medios de comunicación.