¿Merece Bob Dylan el Nobel?

Parecía una leyenda urbana o un rumor de esos que ayudan a que las sobremesas de becarios no resulten tan aburridas: que Bob Dylan puede ganar el Nobel. Y lo ganó, para escándalo de unos y festejo de otros, para indiferencia de casi nadie. ¿Qué se premia: la mejor cultura popular gringa o al cruel mercado? ¿La mejor poesía puede llegar de la mano de la música, o exige la página y la tinta? ¿Es realmente Dylan un ejemplo de la mejor poesía? Bienvenidos...

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La envidia y la celebración

Armando Vega-Gil

Músico: Botellita de Jerez. Novelista.

Apenas amanecía el jueves pasado, y un periodista de "Vértigo" ya pedía mi opinión sobre la decisión de la Academia sueca de otorgarle a Bob Dylan el Nobel de Literatura. Adormilado, sin estar enterado aún de nada, le contesté por WhasApp: "Zas!!!! Qué extraño, yo lo veo más como un compositor de rolas que como un literato"... Después reflexioné –no mucho, la verdad– y antes de darle Enviar, cerré mi juicio con un torpe «Pero es un reconocimiento chingón al rock y al folk». Horas después, cuando vi publicada mi respuesta de botepronto, me quedé como con frío en el alma: debía haber dicho algo inteligente, reivindicador y poderoso, una sentencia poética, no sé; pero aún no me había tomado ese cafecito mañanero que me haría entrar en razón. Pensaba que el asunto era algo sin demasiada trascendencia, una anécdota simpática.

Pero no era así. Cuando, ya con un Punta del Cielo en la mano, comencé a explorar mi Facebook y Twitter, quedé sorprendido ante la ira y estupefacción de la alta cultura, ante la indignación irritada de buena parte del mundo de los literatos que se sentían maculados con el Nobel de Bob: un dardo envenenado a sus corazones petulantes y todopoderosos. De una manera irracional, comencé a sentir una euforia y un orgullo desafiante. El territorio que sólo era propiedad, heredad, feudo y paraíso de los grandes escritores, había sido vulnerado por un advenedizo, por un pinche cantante... rockero para acabarla de joder. Un rockero como yo, valga la desmedida comparación.

Que el año pasado le otorgaran el Nobel a una periodista había levantado ámpula. Pero cuando esos dioses de la élite de la inteligencia leyeron a la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, ese "monumento al sufrimiento y coraje de nuestro tiempo", tuvieron que cerrar la boca porque sus escritos eran de una belleza terrible, dolorosa, inalcanzable para muchos de los cultivadores más exquisitos de las letras cultas.

Los Nobel de Literatura previos nos habían revelado a escritoras y escritores fabulosos de los que ni idea, y cuyos libros teníamos que salir corriendo a comprar para no quedar como unos imbéciles en las tertulias literarias. Pero ahora, más que sacarlo de ese silencio que cierra sus muros en torno a los poetas renegados y las novelistas enloquecidas de nuestros tiempos, se le rendía homenaje a un rockstar.

Dada la divagación y sobreinformación del mundo contemporáneo, para que lo volviéramos a escuchar con atención, a Dylan le quedaban dos opciones: morir o ganarse el Nobel. Ahora estamos obligados a revisarlo para argumentar nuestras discusiones en la cantina o el restorán hipster, para contrastarlo con los mejores frutos de la poesía contemporánea... Con Bob aún vivo, sin el chance de hacerle a la necrofilia literaria. Si a Homero o a don Anónimo, el genial cantautor de "El mío Cid", les hubieran dado un premio de ese tamaño, ¿los señores literatos se habrían enfurecido por darle esa joya que sólo es de ellos a un cantante ciego o a un juglar que andaba de villorrio en villorrio relatando, laúd en mano, voz en pecho, la gesta de Rodrigo Díaz de Vivar con un tralalá como medio de difusión?

Esta reflexión vengativa me cayó como una cubetada de agua con hielos cuando leí un tuit de Sabina Berman, ya habiendo terminado mi cafecito. Y la pongo a ella como ejemplo porque fue la suya la primera crítica indignada que leí, la primera de una andanada salvaje de fuego cruzado, y porque la admiro, porque es una luchadora incansable por los derechos de género y porque me parece que es una de las dramaturgas más poderosas del teatro contemporáneo mexicano (¿un dramaturgo merece el Nobel, aunque todos sepamos que un texto para teatro sólo tiene vida y razón de ser hasta que un actor lo resucita frente al público, tanto como que la letra de una canción sólo tiene sentido cuando la escuchamos vibrar en el aire vuelta música?).

Ella había dicho que el darle a Dylan era una burla. "No no no no. El próximo año premiarán a Charlie Brown. Es un insulto a la literatura". ¿Un insulto a ella, a la comunidad literaria, a la élite, al mundo entero? A sabiendas de que no me iba a responder, le pedí, vía Twitter, que nos diera sus argumentos para esta afirmación que más bien era un chiste. Sin dirigirse a mí, un rockero al que hay que ver con sospecha, un arribista de tira cómica como su dios Dylan, lo que continuó fue un lamentarse por que la academia no nos diera la oportunidad de leer al keniata Ngugi Wa Thiong'o o al albanés Ismail Kadare. Bueno, el puro hecho de que ellos estuvieran en la quiniela sería suficiente como para leerlos, sin que esto nos dé un punto en la charla de café de los señores de las letras. Lamentó que, una vez más, Kundera o Murakami no fueran premiados, pues ellos sí que había modificado la literatura universal, aunque de seguro muchos habrían puesto el grito en el cielo si el japonés hubiera sido el premiado, pues para muchos escritores selectos, inescrutables y que no venden más de 200 ejemplares de sus reveladores libros, Haruki parece un producto comercial. Tal vez sea ésta una buena oportunidad para que Sabina escuche con atención a Bob y nos dé sus razones para compararlo con Charlie Brown.

Entre más se sientan ofendidos los puristas, más celebro que Dylan haya roto el cerco y demuestre que la literatura vive no sólo en la divagación libresca o en palabra impresa en libros. Y que conste que esto lo escribo lleno de envidia por no ser admitido en el paraíso mancillado de la alta cultura.

Fin del cafecito.