¿Merece Bob Dylan el Nobel?

Parecía una leyenda urbana o un rumor de esos que ayudan a que las sobremesas de becarios no resulten tan aburridas: que Bob Dylan puede ganar el Nobel. Y lo ganó, para escándalo de unos y festejo de otros, para indiferencia de casi nadie. ¿Qué se premia: la mejor cultura popular gringa o al cruel mercado? ¿La mejor poesía puede llegar de la mano de la música, o exige la página y la tinta? ¿Es realmente Dylan un ejemplo de la mejor poesía? Bienvenidos...

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En el callejón de la desolación sonreímos

Alberto Ruy Sánchez

Novelista, ensayista, editor, poeta.

Es una extraña obsesión la que tiene la gente con la idea de que los premios tienen que ver solamente con los méritos de quienes los reciben. El azar es el factor fundamental en los resultados de un premio. El mérito, o lo que se le acerque, es tan sólo el boleto en la rifa del premio. Pero es mucho más determinante quiénes son los jurados, qué gustos, fobias, criterios tienen. Las reglas de la rifa pueden ser claras, rigurosas y muy limpias en el mejor de los casos. Pero aún así las personas que lo otorgan, sus ilusiones, sus prejucios de todo tipo, sus empatías o simpatías cuentan al final mucho más que los motivos expresos por los cuales se premia a alguna obra. Si el boleto premiado en la rifa tenía méritos o no, o más méritos que otros, en el fondo es una pregunta ociosa.

Mi amigo el poeta sueco Lasse Söderberg me decía sinceramente extrañado que no entendía la obsesión que tienen algunos escritores con el Premio Nobel. Finalmente es un grupo de señores peculiares, no todos muy simpáticos ni muy entendidos en cosas de la vida quienes lo deciden. Y ya que lo han hecho la elevación de su decisión a un estatuto de máxima autoridad literaria mundial es, por lo menos, algo que necesita relativizarse. El público lector, la audiencia de ese espectáculo glorificador lo festeja o lo critica sin considerar que es finalmente la decisión de un grupo de lectores que pasa cinco meses del año dedicados a leer los cinco finalistas secretos. Excelente trabajo que no les da ninguna autoridad sobrenatural. Por eso, a mí y a otros desprovistos de ilusiones pero no de curiosidad, nos interesa más el resultado cuando el premio es otorgado a un autor que no conozco. El premio es finalmante el consejo de lectura que nos da un grupo de lectores muy dedicados.

Quienes por azar hemos tenido contacto con el jurado del Premio Nobel sabemos que es un grupo de ancianitos suecos enamorados del amor, llenos de obsesiones que negocian intensamente entre ellos. Saben que ellos otorgan el máximo reconocimiento mundial. Con una carga económica importante y un efecto de ventas. Pero saben también que ellos sólo son unos lectores entre muchos otros en el mundo.

¿Qué significa que Bob Dylan haya ganado el Nobel? Sobre todo que a ese grupo de ancianitos llegó finalmente la generación que era joven y adolescente en los 60. Este premio no es un asunto de géneros, de definición de la literatura ni de genealógías históricas de la canción como poesía. Es, sobre todo, un asunto generacional. A una buena mayoría de esos ancianitos suecos Bob Dylan les abrió ventanas de sensibilidad inéditas cuando eran adolescentes y siguió haciéndolo 50 años después. Como a muchos otros.

Dylan encarnó, incluso para mí que soy de otra generación, un sentimiento de desolación, de malestar e inconformidad que era dominante en los 60 y 70 y que se exorcizaba cantándolo. Eso que se llamaría "El malestar en la cultura", la necesidad de rebelarse, de ser inconformes con el precio que se paga por el progreso a ultranza. El rechazo del "hombre unidimensional". Además, la pareja amorosa y profesional de Bob Dylan y Joan Baez era más inspiradora que la de Sartre y Beauvoir.

La modulación creativa, el giro de cuerda que Dylan dio a la canción folclórica narrativa de izquierda estaba llena de ingenio y destreza. Su mérito no era la clara intención política. Su ídolo y maestro Woody Guthrie, el cantante de la Gran Depresión, 30 años mayor que él, lo había hecho incluso burdamente. Lo que Dylan logró fue introducir figuras poéticas, destellos aún más personales, una nueva sensibilidad de las palabras. Y hacer de los lugares comunes de la canción folclórica de izquierda, de las rimas forzadas y las metáforas comunes, guiños claramente intencionados. Por eso sus letras no se pueden separar de la música, porque dialogan con ella activamente. En esa relación está su ironía, su fuerza.

Por ella, muchos habitamos sus canciones y nos sentimos no sólo piedras rodantes sino habitantes de su "Callejón de la desolación", esa canción dantesca donde Eliot y Pound se pelean en la cabina del capitán del Titanic que, sabemos, se hunde. Hasta el joven músico inglés Frank Turner, que fuera estrella punk, sostiene que, para su generación, el equivalente claro de ese otro premio Nobel T.S. Eliot como el hombre que canta en medio de la tierra baldía es Bob Dylan. Pero sus recursos y elaboraciones de lenguaje no son siquiera comparables. Por medios muy distintos, levantan una voz solitaria y poderosa, en medio del mundo agreste. Los premios hablan más de quienes los otorgan que de los premiados. El Nobel de Dylan no es la excepción.