Manual para sobrevivir a las elecciones

Las campañas habrán sido para ustedes, como para todos, un deleite: camionetas que repiten con volúmenes reggaetoneros hits con la letra cambiada a favor de Fulanito; grandes carteles que te hacen preguntar "Flaco, ¿qué Menganito no estaba en otro partido"?; veinte minutos de spots antes de que vuelva la programación de la radio; candidatos a lo que sea que bailan o actúan en la tele con unos pantalones que ningún ser humano merece ver, sobre todo en alta definición... Lo peor: que detrás de esa estridencia, de ese vacío que se llena con decibeles y malos diseños, priva una confusión integral sobre qué, cómo, a quién y para qué se elige. ¿Es posible entender este galimatías? Esta semana, en Tribuna, ensayamos algunas respuestas.

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La danza de los desposeídos

José Merino

Politólogo.

Ahí vamos, como cada tres años, a aceitar la maquinaria que nos excluye, que nos inhabilita, que nos despoja, que nos deja en calidad de necesitados, nunca ciudadanos. Ahí vamos, armados de un crayón para prolongar nuestra complicidad en la desgracia. Somos los desposeídos y nuestro rito ante el poder se ha vuelto una coreografía.

Hay quienes han terminado por ser parte integral de las estrategias de movilización del voto de partidos políticos. Es el único recurso de sobrevivencia para quienes no pueden acercarse al Estado como titulares de derechos. Toca organizarse, buscar el cobijo de un partido, y desde ahí acceder a lo público. Lo público capturado por el mismo partido que apoyan con banderolas, gorras, playeras y vítores precocidos. ¿Cómo más conseguir que pavimenten mi calle, pongan iluminación, escrituren el terreno que invadí o me hagan beneficiario de un programa social?

Toca ayudar a que gane "el candidato" y esperar a que regrese al distrito como "el diputado" para refrendarle el apoyo y recibir, con suerte, bienes privados o bienes públicos locales a los que él, ufano, hará mención en su informe de labores legislativas como "gestión". De su trabajo legislativo nada sabremos; de sus iniciativas presentadas, tampoco; ni de cómo habrá votado iniciativas y por qué; de cuánto del dinero que se le transfiere para sus labores se lleva al bolsillo, menos.

Estamos carentes de mecanismos institucionales de control político y judicial ante el poder. Aquí el voto no es una herramienta de premio o castigo a representantes; aquí todos los efectos positivos asociados al voto en una democracia están ausentes. Lograron atrofiar cualquier vínculo que nos permitiera usar el voto como camino a la rendición de cuentas, la transparencia, la incidencia, o la dependencia de políticos hacia ciudadanos. Aquí nadie va a ir a las urnas para afectar factiblemente su propia vida. Lograron transformar la reelección en otra garantía de control partidista de candidaturas, del comportamiento de legisladores y de la distribución política del gasto. Lograron hacer de las candidaturas independientes una misión imposible, tanto en el registro como en la campaña, para garantizar (con poquísimas excepciones) que lleguen quienes tienen pleno dominio de las peores formas de movilización y abajofirmismo. Lograron hacer de la consulta e iniciativa ciudadanas figuras muertas al nacer. Lograron, como siempre, hacernos danzantes de nuestro propio despojo.

Los hay también quienes contra el "voto duro" descrito arriba proponen un "voto de castigo", porque después de 18 años las distintas distribuciones en San Lázaro no han modificado sustancialmente las reglas del juego; porque uno puede esperar que bajo las mismas reglas llegarán otros que jueguen a otra cosa; porque en los 245 distritos que han "castigado" a un partido desde 1997 las cosas son hoy distintas; porque algo se puede esperar de quienes forman pactos entre élites sin mecanismos de rendición de cuentas y desde sus propios escaños garantizan que menos del 2% de sus propias iniciativas se conviertan en ley; porque de una alberca de candidatos partidistas en la que menos de la mitad se ha molestado en subir su síntesis curricular ante la autoridad electoral y apenas 5% ha publicado su declaración patrimonial, su declaración de intereses y comprobante de pago de impuestos, saldrán los agentes de un cambio estructural. Aquí se diluyen responsabilidades y se fortalecen complicidades en las peores prácticas. Aquí no hay perdedores.

"Hay otras alternativas", dicen otros. Menos creyentes del voto de castigo uninominal y más cercanos al diagnóstico de este texto, piensan en la maximización de la presencia de fuerzas minoritarias y/o nuevas por la vía plurinominal. Ejercerán, al menos, esa especie de "filibusterismo" nacional que implica subirse por horas a detallar sus reservas a iniciativas que, planchadas en grupúsculos, tienen aseguradas la aplastante mayoría de cientos de manos que sabrán que en la disolución de responsabilidades y la ausencia de representación, ninguna factura tendrán que pagar.

Y busca uno entre las nuevas fuerzas propuestas claras para romper ese statu quo y se encuentra con que, por el contrario, desconfían de todo lo que institucionalice los mecanismos democráticos de incidencia política, todo lo que no pase por los filtros verticales de su organización política. No conocen otra cosa. Y busca uno entre sus perfiles más sobresalientes nuevas caras y formas, y se encuentra con beneficiarios directos de lo que prometen combatir, profesionales veteranos del "cambio" que han pasado ya por dos o más partidos, justamente los partidos que hoy atacan, beligerantes, desde otra trinchera. No conocen otra cosa.

Nos dicen que la danza seguirá con o sin nosotros, que si no podemos cambiar la música, lo mejor que podemos hacer es unirnos a la coreografía, que no hacerlo es una forma de inutilizarnos. Yo me niego a ser danzante de mi propio despojo: iré a mi casilla a anular mi voto. Podrá ser un acto meramente expresivo, eso dependerá del volumen de anulistas y su capacidad de organización después de la elección. Podrá ser que su única utilidad sea la expresión individual del descontento. Podrá no tener el efecto disruptivo que veo como el único camino para terminar con la danza de los desposeídos. ¿Por qué anularé? Porque cualquier otra opción me parece inaceptable o inasequible.