Manual para sobrevivir a las elecciones

Las campañas habrán sido para ustedes, como para todos, un deleite: camionetas que repiten con volúmenes reggaetoneros hits con la letra cambiada a favor de Fulanito; grandes carteles que te hacen preguntar "Flaco, ¿qué Menganito no estaba en otro partido"?; veinte minutos de spots antes de que vuelva la programación de la radio; candidatos a lo que sea que bailan o actúan en la tele con unos pantalones que ningún ser humano merece ver, sobre todo en alta definición... Lo peor: que detrás de esa estridencia, de ese vacío que se llena con decibeles y malos diseños, priva una confusión integral sobre qué, cómo, a quién y para qué se elige. ¿Es posible entender este galimatías? Esta semana, en Tribuna, ensayamos algunas respuestas.

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La carrera de dos pistas

Jorge Buendía

Experto en estudios electorales. Director de Buendía y Laredo.

Es un lugar común hablar de los muchos Méxicos. Lo trillado, sin embargo, no le resta veracidad a la afirmación. En estos comicios del 7 de junio encontraremos casos para sustentar cualquier argumento: "Las elecciones no importan," "Pocas veces hemos visto elecciones tan competidas", "Ni a quién irle", "Qué buenos candidatos", "Todos son iguales", "Si él gana sí cambiarán las cosas", etc. Explicar y entender esta pluralidad es el reto.

Pocas veces el contraste ha sido tan marcado como el existente entre las elecciones de gobernador y las de diputados federales. En los nueve estados que eligen mandatarios la disputa está al rojo vivo, las campañas son incisivas rayando en lo agresivo y priva la sensación de incertidumbre en cuanto a la identidad del triunfador. Aunque los excesos abundan, candidatos y gobiernos han sido escudriñados por medios y rivales. La sensación que impera al seguir una contienda estatal, ya sea Nuevo León, San Luis Potosí, Sonora o Querétaro, es que se trata de una elección democrática. Con excesos y carencias, pero democrática al fin.

Los comicios legislativos son otra historia: aburridos, con un debate mínimo y ausencia de confrontación, donde a veces parece que hay acuerdos implícitos sobre los temas que se criticarán y los que se omitirán. Quizá el Pacto por México, al diluir las barreras entre gobierno y oposición, es el responsable de esta dinámica electoral. Casi todo lo que hizo y dejó de hacer la administración actual fue con el respaldo del PAN y del PRD. La oposición es corresponsable de los logros y fallas de la administración actual.

Además de lo anterior, ¿qué más puede explicar la existencia de dos pistas electorales tan diferentes, con dinámicas tan contrastantes? La razón probablemente esté en que en los comicios para gobernador el que gana se lleva todo y el perdedor por ende se va a su casa. Ello significa que los candidatos, al menos los tres principales, tienen que echar toda la carne al asador para llevarse la victoria. La lógica de "el ganador se lleva todo" promueve la competencia electoral.

En la elección de diputados, los bastiones territoriales y la representación proporcional dan incentivos poderosos a mantener el statu quo. El perdedor siempre se lleva algo, por lo menos un número mínimo de curules.

Y es que tampoco impera en México el reclamo de que las dirigencias partidistas derrotadas se vayan a su casa. Al contrario, gracias a la representación proporcional, los líderes de los partidos derrotados muchas veces se van, paradoja de paradojas, a alguna de las cámaras. Perdiendo ganan.

¿Cómo votar en este contexto? Si uno vive en alguno de los nueve estados en contienda para gobernador, el interés en el proceso y por ende la afluencia a las urnas será mayor. El voto literalmente sí importa y lo que está en juego será definitorio del rumbo del estado. Si uno vive en un estado sin comicios locales, con competitividad mínima, el interés será menor y privará la sensación de que las elecciones no cambiarán gran cosa el rumbo del país o de la entidad.

En ambas circunstancias, sin embargo, la lógica ciudadana debe ser la misma. El voto es el principal instrumento para generar rendición de cuentas, para premiar o castigar a gobernantes, partidos y candidatos (en el mejor de los casos, a los tres simultáneamente). Descontento que no se refleja en las urnas debilita la rendición de cuentas, da incentivos al mal gobierno y consolida al statu quo.

Las urnas son la mejor arma ciudadana para generar el cambio político. Abdicar de su uso, a través de la abstención o el voto nulo, fomenta el inmovilismo, cuando lo que necesitamos es mayor competencia y alternancia políticas.