Manual para sobrevivir a las elecciones

Las campañas habrán sido para ustedes, como para todos, un deleite: camionetas que repiten con volúmenes reggaetoneros hits con la letra cambiada a favor de Fulanito; grandes carteles que te hacen preguntar "Flaco, ¿qué Menganito no estaba en otro partido"?; veinte minutos de spots antes de que vuelva la programación de la radio; candidatos a lo que sea que bailan o actúan en la tele con unos pantalones que ningún ser humano merece ver, sobre todo en alta definición... Lo peor: que detrás de esa estridencia, de ese vacío que se llena con decibeles y malos diseños, priva una confusión integral sobre qué, cómo, a quién y para qué se elige. ¿Es posible entender este galimatías? Esta semana, en Tribuna, ensayamos algunas respuestas.

REGRESAR
    1. Erick  de la Barrera

      Sobre el experimento anulista

      Investigador por la Universidad Nacional ...
    2. Francisco Hinojosa

      Decálogo del votador

      Narrador. Entre muchos otros títulos, La peor ...
    3. Ricardo Becerra

      La dignidad de la mampara

      Economista.
    4. José Merino

      La danza de los desposeídos

      Politólogo.
    5. Jorge Buendía

      La carrera de dos pistas

      Experto en estudios electorales. Director de ...
    6. Esteban Illades

      Como vivir en Suiza

      Editor en Nexos. Su libro La noche más triste, ...

En medio de la guerra sucia

Irma Méndez de Hoyos

Investigadora de Flacso México. Autora de Transición a la democracia en México: reformas electorales y competencia partidista, 1977-2003.

Estamos a escasos días de la celebración de las elecciones intermedias en México, que por lo general no despiertan gran entusiasmo y en las que el abstencionismo es el peor enemigo.

En esta contienda hemos presenciado lo peor de la política mexicana: partidos que no cumplen las normas electorales; candidatos con muy mala reputación; dinero sucio o limpio pero que rebasa los topes establecidos; corrupción, y un verdadero abanico de malas prácticas como la compra de votos, la intimidación de votantes, el reparto de credenciales y despensas, etc... Con todo ello, es fácil pensar "No tiene caso ir a votar, para qué pierdo mi tempo". No obstante, en la confusión que generan estas elecciones con tantos cargos en juego, con una guerra de rostros, frases y trapos muy sucios, hay que intentar escapar del ruido y considerar otros elementos. Yo quiero ofrecer tres razones para sí ir a votar y no anular el voto. Aquí van:

  • El voto sí vale. Es muy común escuchar: "La política no me importa. La democracia no resuelve los problemas cotidianos". Pero, ¿qué tan cierto es esto? La democracia es en realidad una gran maquinaria con distintas piezas que deben funcionar en torno a un eje: los ciudadanos y sus expectativas sobre la capacidad del gobierno para dirigir a la sociedad; la equidad y el desempeño cotidiano del gobierno. En este sentido, las elecciones son el vehículo privilegiado de la democracia para calificar la calidad del gobierno. La asistencia a las urnas este próximo 7 de junio representa la oportunidad de ejercer un voto que reafirme el valor de la democracia y una ocasión para castigar el mal desempeño de los partidos en el gobierno, federal y estatales, o premiarlos por su buen trabajo.
  • El voto cuenta y se cuenta bien. En México la transición a la democracia significó pasar de elecciones federales no competitivas a comicios libres, transparentes, competitivos y justos. Esto fue así gracias, entre otras cosas, al cambio sustantivo en la política electoral mexicana y a la construcción de instituciones autónomas para organizar las elecciones. Más allá de los cuestionamiento al desempeño del INE en materia de sanciones a partidos políticos, y a las dudas sobre el sello partidista o no de los consejeros electorales del Consejo General del INE, existe un cuerpo profesional de funcionarios electorales y ciudadanos que garantiza que prevalezca la regla de un hombre/mujer un voto, y que ese voto se cuente bien. Esto permite tener certeza de que nuestro voto será cuidadosamente custodiado por ciudadanos –en tanto funcionarios de casilla– y funcionarios electorales profesionales.
  • El voto sí habla. En la víspera de las elecciones federales y locales, podemos castigar con nuestro voto las posiciones partidistas "poco claras", compromisos nulos o magros, candidatos sin experiencia para gobernar o legislar, y una trayectoria poco limpia o íntegra. El llamado voto de castigo (al mal desempeño, malos resultados, malas prácticas, malas conductas, etcétera) es así una forma simple pero contundente de expresar una valoración personal sobre el estado que guarda la vida pública. Una nueva alternativa es votar por los candidatos independientes y ello significaría también un voto de castigo al partido o partidos que encabezan el gobierno. Finalmente existe otra alternativa que es el voto nulo. Sin embargo, vale la pena considerar dos cosas. En tanto mecanismo de protesta su efecto es bastante limitado, pues en el proceso de conteo de votos se mezclan en la misma "bolsa" los votos intencionalmente nulos y de protesta, con los votos anulados por error, accidentalmente o sin querer. ¿Cómo podemos saber quiénes se equivocaron, por ejemplo, cruzando dos logotipos de partidos no coaligados de los que intencionalmente anularon su voto para protestar? Hasta ahora eso es imposible, y me temo que los partidos tienden a "leer" el voto nulo con desprecio porque no conlleva un mensaje claro de rechazo o castigo; en pocas palabras, no les duele. Lo peor realmente está en el efecto no buscado del voto nulo. De acuerdo a la ley electoral anterior y vigente, el número de diputaciones que recibe cada partido se obtiene dividiendo su votación entre el total de votos menos los votos de los partidos que no obtuvieron registro y los votos nulos. Cuando más gente vota nulo en lugar de abstenerse, el número que divide al voto de los partidos se hace más pequeño, aumentando el total de diputaciones que recibe. Entonces, los partidos con los que estamos descontentos terminan siendo favorecidos con nuestro voto nulo. Tal vez por ello los partidos grandes y medianos han tenido una posición abierta o pública muy ambigua respecto del voto nulo: al final los beneficia.

imende@flacso.edu.mx