Los 80: ¿revolución o mito?

En los 80 nacieron el Frente Democrático Nacional y el PRD; empezaron, por fin, los conciertos masivos de rock; cambió la música popular; cambió la moda, de forma espeluznante. También, la vida nocturna de la ciudad de México, la televisión y la radio, mientras, dice Monsiváis, de los escombros del terremoto nació la sociedad civil. ¿Qué tan positivos fueron esos cambios? ¿Qué tan negativos? ¿Qué perdura de ellos? ¿Se justifica la nostalgia que te invade, estimado lector, cuando ves un video de la época o a tu compañero de la prepa en su tercer matrimonio? Esta semana, Tribuna se viste de marcador en los ojos, copete y humo de Mapleton.

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      Bajista de Botellita de Jerez. Escritor.

El rock en los 80: el fin del silencio

Dominique  Peralta

Conductora de Rock 101.

La devaluación del peso, la nacionalización de la banca y el peor de los temblores de nuestra historia ponen el tono a la década de los 80. Pese o tal vez por la destrucción masiva que ocasionó el temblor, se desataría el fenómeno de la solidaridad en la sociedad mexicana, algo casi inconcebible y desconocido hasta entonces. Inicia por entonces la era de los videos, la televisión vía satélite, el compact disc, los sintetizadores, los samplers, las cajas de ritmos, el pop up, el ecstasy. Los jóvenes andaban de fleco y copete. Se da el boom del consumidor: “Pague ahora, preocúpese después”, decían. Venía la década del yo, yo, yo.

A la distancia, resulta casi irreal imaginar una vida sin Internet. Una vida en la que tenía uno que hacer peripecia y media para conseguir el preciado disco que tanto deseaba. La paciencia era una virtud a cultivar para esperar a que llegara tal o cual disco. Los lanzamientos no eran simultáneos con México. Sin embargo, como si el genio nos hubiera concedido un deseo, en octubre de 1980 Jorge Pantoja, promotor rocanrolero que trabajaba en el Museo del Chopo, convenció a la entonces directora, Ángeles Mastretta, de permitir, en la calle frente al museo, un intercambio de discos, libros, revistas y cuanta monería rocanrolera se pudiera para los chavos. A este intercambio se le llamó El Tianguis del Chopo. Lo precedieron una serie de conciertos que le dieron su lugar a las bandas rockeras. El éxito fue instantáneo; la moda, la música y las letras que por ahí corrían eran inigualables. Por fin, un lugar donde sin pudores ni limitaciones se encontraba todo lo concerniente al rock. Pero no faltaron los vecinos molestos y los periodistas que desaprobaban lo que para ellos era un centro de vicio y perdición. Así, entró la policía, que con su presencia y arbitrariedades obligó a que el tianguis se mudara hasta quedar junto a la estación de ferrocarriles de Buenavista.

Veníamos del post Avándaro, las bandas punk y un silencio del rock en los medios. Entramos a la década pensando que si se hacían las canciones en inglés el éxito estaba garantizado aquí y del otro lado. Pero justamente de lo que se trataron los 80 fue de recuperar la identidad. Así se cambiaron los nombres de varias bandas y se empezó a cantar en español. En 1985, con el objetivo de producir y distribuir bandas mexicanas, se crea el sello discográfico Comrock. Su primer lanzamiento es un acoplado que incluye a Mask, Dangerous Rhythm (luego Ritmo Peligroso), Los Clips, Punto y Aparte, Kenny and the Electrics (luego Kenny y los Eléctricos). Posteriormente lanzan a Luzbel, a Casino Shanghai y el primer disco del Tri, Simplemente. Surgen varias corrientes musicales, una tendencia que inicia quizás con el rock progresivo de Chac Mool (Jorge Reyes y Carlos Alvarado), Iconoclasta, La Banda Elástica, La Caja de Pandora (Salvador Moreno, posteriormente La Castañeda) y Nobilis Factum, entre otros.

Three Souls in My Mind, que para inicios de los 80 se convierte en El Tri, hace también del rock en mexicano todo un acontecimiento. Sus ataques contra el gobierno y el establishment lo convierten en el favorito de miles. Al grito de “Que viva el rock and roll” su líder, Alex Lora, es toda una institución que sigue y sigue dando a la fecha.

Luego está el “rock rupestre”, original del tampiqueño Rodrigo González, mejor conocido como Rockdrigo. Éste muere bajo los escombros de su departamento en la Juárez en el temblor del 85, en la cúspide de su fama. Y no puede faltar el “guacarock” de Botellita de Jerez. Nunca antes se había escuchado un “violóla, matóla, con una pistola”; su irreverencia, su crítica social, y la combinación de humor con crudeza, los pone en la mira inmediatamente.

Así se arma la plataforma para el “boom” comercial de la música en español de aquella década. A mediados de los 80, la disquera trasnacional BMG Ariola lanza su campaña Rock en tu Idioma, que da pie a que inicie una industria discográfica y de promoción para el rock mexicano y en español sin precedentes. Radio Educación y Rock 101 empiezan a programar a algunas de estas bandas. No había tanta música como ahora: los bloques de programación en Rock 101, por ejemplo, se repetían varias veces a lo largo del día para cubrir las horas.

Es en ese momento cuando el rock nacional sale de los “hoyos fonqui” marginales para entrar a un circuito de centros nocturnos que se dedicarían únicamente al rock. Entre ellos destacan Rockotitlán, fundado por Botellita de Jerez, quizá el más importante de todos, Hip 70, el foro de la librería El Ágora, el L.U.C.C. (La última Carcajada de la Cumbancha), el Bar 9, el Tutti Frutti y Rock Stock. Ya todos podíamos asistir a las tocadas. El ambiente era como un hervidero de talentos. Quedaba uno convidado a volver una y otra vez.

Así vemos surgir a grupos que integran el son, la cumbia, el mariachi, lo mexicano pues, que se vuelven grandes. Ahí está los Caifanes, quienes tres décadas más tarde y varias mutaciones después siguen siendo la banda de rock por excelencia. O Café Tacuba, que acaba de cumplir 25 años. O La Maldita Vecindad, que por ahí sigue. Y otras como Los Amantes de Lola, Kerigma, Bon y los Enemigos del Silencio, Neón, Que Payasos, Fobia y muchos otros. Pocas mujeres, entre las que resaltaron Kenny y los Eléctricos, Cecilia Toussaint, Las Flores del Mal y Rita Guerrero.

Con el memorable concierto de Miguel Ríos en la Plaza de Toros México iniciaron los conciertos masivos tanto de extranjeros como locales. Empiezan a venir bandas como Soda Stereo, Los Enanitos Verdes, Radio Futura, Nacha Pop, Alaska y Dinarama entre otros.

Así entramos a los 90: con música en la radio programada para los jóvenes por los jóvenes. Armados de mexicanismo, con una industria que prometía crecer y apoyar al talento nacional. Con lugares para escuchar rock al alcance de todos. Sin embargo, fueron pocos los que sobrevivieron. Llegaron los grandes conciertos de bandas extranjeras y se opacó el famoso “rock en tu idioma.” Pero quedaron las semillas y hoy podemos hablar de un nutrido repertorio de bandas nacionales. Hoy, el acceso a todo lo relacionado a la música es ilimitado. La paciencia ya no es un factor.

Al final del día, lo importante es lo que se gestó. En mi cabeza da vueltas la frase de Miguel Ríos que dice “Pero el rock no tiene la culpa de lo que pasa aquí…”

La música, al final del día, es eso, sólo música.