Los 80: ¿revolución o mito?

En los 80 nacieron el Frente Democrático Nacional y el PRD; empezaron, por fin, los conciertos masivos de rock; cambió la música popular; cambió la moda, de forma espeluznante. También, la vida nocturna de la ciudad de México, la televisión y la radio, mientras, dice Monsiváis, de los escombros del terremoto nació la sociedad civil. ¿Qué tan positivos fueron esos cambios? ¿Qué tan negativos? ¿Qué perdura de ellos? ¿Se justifica la nostalgia que te invade, estimado lector, cuando ves un video de la época o a tu compañero de la prepa en su tercer matrimonio? Esta semana, Tribuna se viste de marcador en los ojos, copete y humo de Mapleton.

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No con nosotros

Julio Patán

Autor de El libro negro de la izquierda mexicana.

Si Monsiváis está en lo cierto, la gran revolución política de los años 80 es el nacimiento de la “sociedad civil”. Es un tema al que volvió en varias ocasiones, pero que encuentra su exposición más acabada, más compacta, en un texto de 2005 que se llama “No sin nosotros. La sociedad civil a veinte años del terremoto”, publicado en La Jornada.

La idea es la siguiente. El terremoto del 85 lanzó a la calles a miles de ciudadanos obligados a llenar el hueco dejado por las autoridades, incapaces de responder a la tragedia como se hace en esos casos: repartiendo alimentos, medicinas, ropa y cobijas, improvisando albergues, sacándonos de entre los escombros, imponiendo la fuerza frente a los saqueadores y las mafias que trataban de enriquecerse como otros lo hacen 29 años después, mediante la apropiación del espacio público. O frenando la corrupción policiaca, faltaba más. En efecto, la administración, en demasiados casos, tardó en responder, lo hizo mal, amparó o no supo frenar las corruptelas, fue caótica, torpe e incluso agresiva. Y en efecto, los ciudadanos arrimamos el hombro, incluso pasados varios días desde el 19 de septiembre, cuando el presidente nos invitaba a volver a casa y dejar el problemita en manos de las autoridades.

 Monsiváis se descubre como una suerte de anarquista o incluso –sé que decir esto me va a costar caro– de ultraliberal. Es curioso. Defendió sin tregua a las administraciones de izquierda, siempre propensas a la hipertrofia de lo funcionarial, pero sin darse cuenta dudaba del Estado como un conspiracionista texano. Entre el ciudadano solitario que rumia su indefensión y el gigantismo del establishment gandalla y autoritario surgió, dice, una amplia, multiforme red de organizaciones de ciudadanos que cabildeaban, se manifestaban, imponían temas novedosos y necesarios a una agenda política intrínsecamente anquilosada. Fueron los movimientos estudiantiles, las organizaciones en defensa de las minorías sexuales, las feministas, los ecologistas y ¡los sindicatos!, como más adelante lo serían los ciclistas que se manifiestan desnudos no sabemos exactamente por qué, los que abrazan la adopción de perros como la solución al Apocalipsis moral de la humanidad y los que luchan contra Monsanto en defensa del maíz. Son, pues, entidades autogeneradas y autogestivas a las que debemos las profundas transformaciones sufridas por este país en las últimas tres o cuatro décadas.

Hay mucho de acertado en el sociedad-civilismo del Monsi. En los años siguientes, todo se volvió a cimbrar: se dejaron caer el Frente Democrático Nacional, el PRD, el triunfo de Cárdenas en el DF, la derrota del PRI en 2000 y, claro, la aparición corregida y aumentada de las comunidades indígenas en la agenda política, la despenalización de la mariguana, los matrimonios entre personas del mismo sexo… ¿Jugaron un papel importante en esos cambios las organizaciones de ciudadanos? Ciertamente. Pero tal vez convenga apuntar algunas inquietudes.

La primera tiene que ver con la notoria facilidad de que tuvo y tiene la política institucionalizada para absorber a la sociedad civil. O tal vez habría que invertir la fórmula: la sociedad civil tenía y tiene unas ganas locas de incorporarse a la política institucionalizada, con todos su vicios. Al FDN y el PRD los formaron en buena medida organizaciones ciudadanas, con la dirigencia del CEU en primera fila. Podría pensarse entonces que el “sistema” corrompe las nobles estructuras de la sociedad civil. Pero tampoco está mal preguntarse hasta qué punto la política institucional ha sido permeada por las malas prácticas de la sociedad civil. Quienes estuvieron en la UNAM durante los 80 podrán recordarnos cómo el CEU practicó un mando vertical y un asambleísmo marrullero no exactamente democráticos. Tampoco sobra preguntarse en qué medida la violencia del CGH, con los alambrados en la UNAM y los apaleamientos de “moderados”, se dejó ver, luego, reciclado, matizado, en los peores momentos del obradorismo. Para no hablar de las organizaciones de damnificados. El año 88 se funda la Unión Popular Nueva Tenochtitlán-Centro. Los escándalos de dineros en torno a ella todavía retumban. ¿Recuerdan quiénes la fundaron? Dolores Padierna y René Bejarano.

La segunda inquietud tiene que ver con el carácter frecuentemente reaccionario de la sociedad civil. Paso por alto que Provida también califica como tal según los postulados de Monsiváis, y que muchos de los cambios de este país se los debemos a ciudadanos más bien cercanos al PAN, a los que Monsi, la verdad, les regatea méritos, con todo y que marcaron los años 80 que tanto encomió. A lo que me refiero es más bien a la teórica defensa de la educación púbica del CEU o el CGH, llena de nociones de los años 20 o 30, o a la del petróleo, que ídem, muy compatibles con el paraestatalismo crónico de FDN y el PRD, blindado al paso del tiempo cruel.

Pero las inquietudes más grandes tienen que ver con dos nociones muy actuales, aunque al mismo tiempo de toda la vida, cuando se habla de democracia: la de rendición de cuentas y la de representatividad. Monsiváis comparte con las ONG la idea de que, por naturaleza, el gobierno ejerce los recursos y el poder al margen de los ciudadanos que lo legitiman, en un permanente saltarse las trancas, darle vuelta a la ley, pactar en la sombrita. Cierto. Pero ya nos recordó Luis González de Alba en este espacio que conviene preguntarse quién supervisa al supervisor. Las dudas sobre el modo en que administran los dineros las ONG, por ejemplo, son grandes, para no hablar de los sindicatos. Justamente por eso, porque están libres de escrutinios, son tan útiles estas organizaciones a los partidos políticos y las instituciones de gobierno, que a pesar de todo –y ese sí es en buena parte un logro de aquella época– tienen que pasar por algunos filtros institucionales y, sobre todo, que son estudiadas con lupa por los medios o los ciudadanos, comprensiblemente hartos de malos manejos. Ocurre que las fronteras entre la sociedad civil y el gobierno son mucho más porosas de lo que quisiera Monsiváis, como propongo más arriba y como prueban también la Asamblea de Barrios, nacida en esos años, y después el Frente Popular Francisco Villa, muchas facciones de los 132, y la lista sigue.

No menos delicado es el tema de la representatividad. Porque Monsiváis parece atribuir a ese mundo una especie de naturaleza intrínsecamente democrática; de ahí, por ejemplo, su entusiasmo con el Subcomandante Marcos, en el que tuvo muchos problemas para distinguir pulsiones caudillescas, lo que, francamente, lleva pecado. Pero ni la sociedad civil se gestiona siempre con principios democráticos ni, sobre todo, tiene derecho a hablar por la ciudadanía completa. Sin embargo, lo hace. No toda. Hay grupos que se limitan a defender sus derechos con una razonable capacidad para no interferir en los del prójimo, caso de los colectivos de gays, por ejemplo, a los que debemos algunos de los triunfos más conmovedores del México reciente. Pero cuando el entourage ciudadano del Peje se siente autorizado a decidir por los demás cómo deben funcionar los medios, cuando bloquean calles para decirnos que no es cierto que muchos votamos por otras opciones partidarias, cuando los hombres de fe irrumpen violentamente en una exposición porque agravia a la virgencita, lo hacen porque hablan por ti, por mí, por todos. Y lo hacen por decreto: no son autogestivos, son autonombrados.

Así pues, corrupción, falta de transparencia, falta de mecanismos democráticos, conservadurismo económico, conservadurismo religioso, conservadurismo ético, voluntad de control de los medios, imposición por la fuerza… La sociedad civil, la encarnación de la revolución democrática mexicana, el aire nuevo de este país estancado que llegó en los 80 con los cigarros Mapleton y los aretes en las orejas de los chicos, de pronto, a menudo, muy a menudo, se pareció y se parece demasiado al monstruo que presuntamente vino a vencer. ¿Lo sabia Monsiváis? Nunca lo aclaró, o no lo suficiente. No era una omisión menor. Su idea de sociedad civil explica muchas inclusiones necesarias en la vida pública: el “No sin nosotros” que titula su texto. Lo que no explicó Monsiváis fue el por qué de las miles de deserciones, rápidas, prontas, de esos movimientos, o la resistencia de muchos millones de ciudadanos opuestos a ellos. No explicó a los que, a su modo, incluso a la callada, dijeron y dicen: “No con nosotros”. Que son los que de veras, desde antes de los 80, no tienen voz.