Los 80: ¿revolución o mito?

En los 80 nacieron el Frente Democrático Nacional y el PRD; empezaron, por fin, los conciertos masivos de rock; cambió la música popular; cambió la moda, de forma espeluznante. También, la vida nocturna de la ciudad de México, la televisión y la radio, mientras, dice Monsiváis, de los escombros del terremoto nació la sociedad civil. ¿Qué tan positivos fueron esos cambios? ¿Qué tan negativos? ¿Qué perdura de ellos? ¿Se justifica la nostalgia que te invade, estimado lector, cuando ves un video de la época o a tu compañero de la prepa en su tercer matrimonio? Esta semana, Tribuna se viste de marcador en los ojos, copete y humo de Mapleton.

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Fuera del hoyo: cómo ir de fiesta en los 80

Armando Vega-Gil

Bajista de Botellita de Jerez. Escritor.

Al final de la década de los 70, la música y sus foros urbanos-chilango-citadinos habían caído en un impasse perplejo y tristón. ¡Snif!, ahora lucían vacías esas peñas folclóricas que se atascaban los fines de semana con una clase media ilustrada, una pequebú que iba a los recitales de música latinoamericana vestida de poncho boliviano, charango terciado en la espalda y El (inescrutable) Capital, Para leer al Pato Donald o algo de Martha Harnecker bajo el sobaco, una tribu inclinada a la izquierda del café de olla y la peña en las que se debatía sobre la nueva moral comunista (que después se nos rebelaría en su horrenda verdad con las carnicerías vampirescas de presidente rumano Nicolás Ceaucescu y el abuso sexual de Daniel Ortega contra su hijastra, ¡puf!). Aquella intelligenzia que descargaba su recochina conciencia cantando himnos socialistas chilenos o las potentes rolas de la Nueva Torta Cubana (Jaime López dixit) se había desgastado de tanta quena y bombo legüero. Tanto se había entonado el “No, no, no nos moverán” que, al final, ya no movía nadie (algo así como con la rola “Happy” de Pharrell Williams que nos hace infelices a todos).

Y ahora, en entrando los 80, ¿a dónde ir a escuchar qué música?

¿Había llegado la hora del rock para arrobar, entretener y aliviar a la ciudad, esa música que a finales de los 60 era la bandera absoluta de los chavos y que, ¡chac!, en apariencia se extinguió?

Los folcloristas de antaño descalificaban y condenaban al rock como una música imperialista, un producto que enajenaba (id est, apendejaba) a las masas juveniles, una mercancía que atentaba contra los valores autóctonos. Ricardo Garibay y Monsi hablaban de una primera (y segunda, de rebote) generación de gringos nacidos en México: los rebeldes del rock. No existían foros para esa música que o se oía en tornamesas, o era un distintivo del lumpen proletariado, un artículo de reflexión antropológica, pues el Estado Mexicano se había encargado de aislarlo en la periferia marginal del DF en los famosos y temidos (para la clase media, que oía de ellos con estupor) hoyos fonqui. Con la memoria a carne viva del 10 de junio del 1971, ser estudiante era un crimen que te hacía acreedor a ser trepado a una patrulla sin orden de arresto y a que te raparan a la mala (la cara suave de la guerra sucia, la doctrina del shock: “¡Mantengan asustados a esos pinches greñudos!”, ladraría Henry Kissinger). Con el concierto de Avándaro, ese rock asociado esencialmente a la chaviza (¿se acuerdan de la antítesis de la chaviza vs. la momiza?) fue castrado: los cafés cantantes, donde los chicos oían a los Dug Dug's y Javier Bátiz mientras tomaban leches malteadas y cocacola, se cerraron a fuerza de razias gandallas, y el ruido hecho por las bandas mexicanas fue retirado de la radio. ¡Adiós Nasty Sex, adiós Caminata Cerebral! ¿Por eso la música folclórica y la Nueva Canción (la Güeva Canción) entraron al quite setentero, más controladas, más intelectuales, más (¡chin!) inofensivas?

Pero habían pasado ya 10 años de esto, y había una nueva generación de chavos y chicas que requerían otras válvulas de desafane (que no es lo mismo que de escape), que no quería azotarse sino divertirse, que ya no creían en el comunismo, que --como siempre-- no creían en los pinches adultos, que necesitaban volúmenes altos en la música y no sutilezas. Les llamaron la Generación X: pesimistas, desencantados, nihilistas formados en el Atari, Thunder, Thunder, Thundercats, ¡aaaaah!, y MTV. Pero incluso había nuevas formas de rock, ya no era tan sólo el choteado rhythm and blues con sus compases de doce barras en tónica, dominante y subdominante, sino guitarrazos despedorrados y cantadas punks aullantes que enfrentaban airados a la música disco. Y el rock salió de los hoyos fonquis para comenzar a escurrirse en pequeños clubes que fueron alimentando, poco a poco, nuevos públicos. El Tuttifrutti en Norte, El Satélite Rock's más pallá, en el Norponiente, la Rockola en el Sur, La Casa del Canto (ex peña folclórica) en el Metro Insurgentes. Pero había más transformaciones: el rock mexica de los 60 se cantaba en inglés (razón por la que fue bautizado como Rock Chicano, aunque ningún músico de El Ritual o Peace and Love fuera eso, chicano), y el rock de los 80 comenzaba a cantarse en español, ¿una herencia del folk y la Nueva Canción? Jaime López venía de Un Viejo Amor, (des)arraigado a ese canto latinoamericano, pero que rompía brutalmente con él a través de la ironía y la desacralización. De Botellita de Jerez, el Mastuerzo venía de un grupo emblemático de la canción de protesta del 68, Los Nakos, y su bajista (yo, je je) venía expulsado de una banda de triste memoria llamada Canek. Cecilia Toussaint había emergido de La Nopalera, inclinada a la canción popular brasileira, y Rockdrigo González se había iniciado cantando covers de Silvio Rodríguez. Dangerous Rhythm, punquis de Las Lomas, pasaron a ser Ritmo Peligroso. Kenny and the Electrics se volvieron Kenny y los Eléctricos. Three Souls in my Mind pasó a ser simplemente El Tri.

Cientos de bandas comenzaron a aparecer, y por causa-efecto vitrinas para este nuevo e inédito rock mexicano: Rockotitlán, Rock Stock, La Última Carcajada de la Cumbancha (el LUC) emergieron de otrora antros de rucos briagos. El terreno estaba listo y los 80 se regodearon en esa gloria pasajera que, como la música folclórica, colapsaría al final de la década; pero, como dice Michael Ende, esa es otra (triste) historia.