¿Jugaremos el cuarto partido?

La pregunta de cada Mundial es si la selección jugará un quinto partido. Tal vez en esta ocasión esa pregunta acuse demasiado optimismo. Solemos superar la fase de grupos, pero esta vez se acumulan las moscas en la sopa: una eliminatoria bochornosa, repechaje incluido; un partido preparación grotesco contra Bosnia; un grupo que incluye a Brasil, que juega de local, más la lesión del Chapo Montes. Los dioses del futbol sonríen con crueldad cuando ven al Tri.

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    1. Diego Luna

      La impopularidad como virtud

      Enseñó a meter la pierna en Rudo y cursi.
    2. Rafael Pérez Gay

      Buen viento y polvos mágicos

      Autor de “Sonido local”.
    3. León Krauze

      A la altura de la historia

      Periodista y masoquista: le va al Cruz Azul.
    4. Carlos  Albert

      No hay quinto sin cuarto

      Comentarista deportivo.

Rumbo al campeonato (de aficiones)

Alberto Lati

Periodista y comentarista deportivo. 

Salimos de Sudáfrica con la obsesión de llegar al quinto partido, pasamos por Londres –himno mexicano de oro en Wembley– con la sensación de incluso disputar el séptimo y llegamos a Brasil con la incertidumbre de si habrá cuarto juego.

Esa quimera, la calificación a octavos de final imposible a lo largo de las cuatro primeras décadas mundialistas (pensemos en la narración de Fernando Marcos cuando España le anotó a México de último instante en Chile 62: "¿Por qué siempre nos tiene que pasar a nosotros?"), se revirtió y ya es algo obligado para nuestro representativo nacional. Si se ha conseguido brincar la primera ronda en todas las ediciones desde Estados Unidos 94 (algo compartido con apenas otros dos equipos: Brasil y Alemania), eso es lo mínimo aceptable en este 2014.

La realidad, sin embargo, es que México se habituó a avanzar sólo una vez que el torneo incrementó su cantidad de participantes y elevó las posibilidades de colarse a otra fase: en el Mundial de España 1982, al que no se calificó, aumentó a 24 representativos, y en Francia 1998 a 32. Desde tal ampliación, siempre que ha participado el Tri (la otra desafortunada excepción, al margen de la de España, fue Italia 90 por suspensión), se ha metido a octavos de final... Y ahí se ha quedado: entre cambios de Mejía Barón y horrorosos penales (1994), entre distracciones de Raúl Rodrigo Lara y falta de instinto liquidador de Luis Hernández (1998), entre la máxima futbolización del Laberinto de la soledad y el pánico escénico ante Estados Unidos (2002), entre el "Jugamos como nunca y perdimos como siempre" y la iluminación de un tal Maxi (2006), entre un balón regalado por Osorio y un gol regalado por el árbitro (2010), el "No se pudo" responde desde abajo a las decenas de miles que viajan para gritar (o especular, o autopersuadirse, o indagar) que "sí se puede" o, eventualmente –si no por probabilidad, por mera piedad–, se podrá. En resumen, que el rendimiento tricolor sigue estando por debajo, y mucho, a la devoción que le dedican los aficionados. Como diría Juan Villoro, "Si hubiera un Mundial de aficiones, el finalista sería México".

En definitiva, hablar de un verdadero progreso no es tan obvio a partir de los números: México sigue donde comenzó, o sea, entre los 16. Por generación de futbolistas, por proyectos, por competitividad, ese es el nivel y no otro. Claro que algunas selecciones que producen menos y trabajan peor se han parado incluso en semifinales, aunque eso más bien ha sido consecuencia de la aparición de llaves muy afortunadas que cuando se le han aparecido al Tri, han sido desperdiciadas.

Tras la mejor década en la historia de nuestro futbol a escala juvenil, el panorama no sólo es menos optimista, sino que claramente es más pesimista; lo anterior, pese a que el sorteo pudo ser muchísimo más agresivo.

Ahí va la masa verde, ahora a estadios brasileños. Ahí va, cantando Cielito lindo, con dinero y sin dinero, y sin saber qué esperar. Ahí va, entre las declaraciones del seleccionador que piden pensar en lo máximo, las obsesiones de por fin acceder a cuartos de final y la pesada realidad que, al menos hoy, hace evidente que hasta los octavos de final (esa costumbre de veinte años) lucen lejanos.