¿Hemos perdonado a don Porfirio?

Lo nunca visto: un gobierno de izquierdas, el de Gabino Cué en Oaxaca, saca pecho en una ceremonia pública y pide que se traigan de vuelta al terruño los restos de Porfirio Díaz, ya que se cumple un siglo de su muerte. Y es que en los ámbitos políticos (no en los académicos, que lo han estudiado con detalle y sin tantos prejuicios), desde la Revolución, don Porfirio se convirtió en anatema lo mismo para el PRI, en tanto presunto heredero de la revolución triunfante, que para las izquierdas, que lo veían como un cerdo neoliberal avant la lettre, que incluso para el PAN. ¿Ha cambiado definitivamente nuestra idea del Porfiriato? ¿Hemos logrado desatanizar al viejo dictador? ¿Lo comprendemos mejor? ¿Lo hemos, pues, perdonado?


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Don Porfirio en perspectiva

Álvaro  Matute

Miembro de la Academia Mexicana de Historia. Investigador emérito por la UNAM.   

A cien años de su “tránsito sereno”, como se refirió Martín Luis Guzmán a su partida, es claro que se ha ganado en perspectiva para juzgar, comprender y, de ser posible, explicar a Porfirio Díaz. Cuando se le pregunta a quien desee responder si “se ha perdonado a Porfirio Díaz”, se puede contestar ¿de qué? Es un poco ingenuo hacerlo, porque se sabe a qué se refiere quien interroga. Pero, como siempre, hace falta matizar. La culpa de don Porfirio fue establecida por la ideología de la Revolución para legitimarse como conductora de una lucha contra las innumerables injusticias cometidas por el régimen treintañero. De que las hubo, nadie duda. La nueva pregunta es si la Revolución no cometió las suyas o persistió en las mismas porfirianas que supuestamente debió haber erradicado. Aquí entraría lo de que los libres de culpa arrojen la piedra. El caso es que muchas generaciones fueron formadas en la idea de la oposición binaria Porfirismo/Revolución, cuando paulatinamente se fue mostrando que no hubo tal oposición, sino que –más bien– la Revolución fue la continuación natural del régimen porfiriano. Ya lo avizoraba Andrés Molina Enríquez: a la dictadura personal le sucederá una dictadura partidista, y no se equivocó. Guardan en común haber sido dictaduras flexibles, con grados de tolerancia inimaginables en auténticas dictaduras, ya sean de derecha o izquierda. Por otra parte, los revolucionarios fueron a la escuela y se desarrollaron como jóvenes adultos dentro del Porfiriato, por lo cual no podían tener una idea muy clara de cómo debía ser el cambio y poco a poco incidieron en repetir fórmulas ensayadas desde el régimen que pretendieron erradicar. Muchas veces se criticaba a un gobernante (Carranza, Obregón) de repetir fórmulas porfirianas. ¿Había otro modelo a seguir? Más tarde se acuñó, en perspectiva crítica, calificar de neoporfiristas a los gobiernos de los últimos años del siglo XX y principios del XXI. ¿Realmente lo son? En todo caso, recuerdo las palabras del poeta Enrique González Martínez, quien en su autobiografía escribió algo así como “el porfirismo, ese régimen tan injusto como el que lo pretendió derrocar”. O sea…

Por otra parte, las bondades. Hacia los años 40, el cineasta Juan Bustillo Oro propuso una imagen nostálgica del porfirismo, sobre todo en México de mis recuerdos. Don Porfirio, encarnado por Antonio Frausto, alterna con don Susanito Peñafiel y Somellera (Joaquín Pardavé) para terminar favoreciendo al bohemio Chucho Flores (Fernando Soler). La película (1943) estuvo varias semanas en cartelera con buena recepción del público. Lo obvio es que había buena opinión de una parte de la sociedad mexicana, a poco más de treinta años del fin del régimen autocrático. Se evocaba al México que se modernizó y del que se recordaba el perfil que alcanzó como nación. La modernidad porfiriana estableció su belle époque, aunque, claro, privativa sólo de ciertos núcleos urbanos y de ciertos grupos sociales. Otras latitudes y otros grupos sociales no alcanzaron el beneficio que vivían los personajes de la película de Bustillo, que frecuentaban los teatros de revista, pendientes del debut de una nueva tiple. Pero el México moderno es porfiriano. El país hasta después del triunfo de la República (1867) había vivido de la supervivencia colonial en su urbanística y permanecía en gran medida incomunicado. Los bandidos de Río Frío, la gran novela de Manuel Payno, le da al lector ese perfil del país que cambió radicalmente a partir de los años 80. Lo porfiriano se convirtió en estilo. De ahí su evocación como una época con personalidad propia. La Revolución tardó en dejar su impronta y cuando lo hizo, no fue sino una suerte de proyección del régimen que la gestó, con sus propios añadidos y características.

La modernidad mexicana, sinónimo de porfiriana, trajo beneficios aparejados con innumerables injusticias. Éstas no se le perdonan ni a Porfirio Díaz, pero tal vez menos a quienes supuestamente las iban a eliminar. Finalmente, es una época histórica que tiene carácter de imborrable. Su identificación con el personaje que la encabezó es irrenunciable. Bien haría la enseñanza de la historia en superar los restos de una ideología muy gastada para tratar de explicar mejor las cosas. Los restos del general Díaz descansan en el cementerio de Montmartre. Ahí está bien. En París sucedió su tránsito sereno.