¿Hemos perdonado a don Porfirio?

Lo nunca visto: un gobierno de izquierdas, el de Gabino Cué en Oaxaca, saca pecho en una ceremonia pública y pide que se traigan de vuelta al terruño los restos de Porfirio Díaz, ya que se cumple un siglo de su muerte. Y es que en los ámbitos políticos (no en los académicos, que lo han estudiado con detalle y sin tantos prejuicios), desde la Revolución, don Porfirio se convirtió en anatema lo mismo para el PRI, en tanto presunto heredero de la revolución triunfante, que para las izquierdas, que lo veían como un cerdo neoliberal avant la lettre, que incluso para el PAN. ¿Ha cambiado definitivamente nuestra idea del Porfiriato? ¿Hemos logrado desatanizar al viejo dictador? ¿Lo comprendemos mejor? ¿Lo hemos, pues, perdonado?


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Porfirio Díaz: una sílaba

Mariana Benítez Tiburcio

Abogada oaxaqueña, ex subprocuradora de la PGR y candidata a diputada federal. 

A pesar de los esfuerzos de Carmelita, su esposa, y del trato con los científicos y oligarcas criollos que lo rodearon, el general Porfirio Díaz nunca dejó de decir “mais”. Esa sílaba, que brilló en sus labios hasta su muerte en el exilio, en París, esclarece a su modo el sistema político que construyó el general: sus raíces en el mundo “tradicional” y la indudable, inalterable afiliación modernizadora y liberal.

A 100 años de su fallecimiento, al decir “Porfirio Díaz”, dos palabras que en un siglo no han perdido su polaridad, positiva o negativa, surge de inmediato en nuestras mentes una certeza, una urgencia: orden —la única posible tras medio siglo de guerras. Y a la vez, una perplejidad: ¿pero, cuál orden? Esa debió ser la pregunta con la que el general se desayunara en Chapultepec todos los días.

Se presentaría ante él como la disyuntiva a la que se ha enfrentado  la imaginación política, artística, social, espiritual e histórica de México en los últimos 300 años. La que opuso, para ponerla en perspectiva, al mundo de los Borbones con el de los de Austria.

Como oaxaqueño, Díaz ocupaba una posición de privilegio para conocer el orden digamos “barroco” que crearon los Habsburgo y que de ningún modo es algo del pasado. Mucho más que un estilo, el barroco es un modo de sentir, pensar y estar juntos; una espiritualidad, una filosofía y una política. El barroco supo integrar, de un modo masivo, a esa heterogeneidad extrema, única, casi imposible de Oaxaca —y de México y del Imperio— en un asombroso caleidoscopio, asimétrico, diverso, altamente sofisticado de visiones del mundo y de prácticas de los más diversos orígenes.

Como estudiante de derecho, más tarde jefe militar, diputado, gobernador de Oaxaca y finalmente presidente de la República, Díaz se preguntaría: ¿cuál fue el cemento de ese edificio, de ese orden?

Resulta difícil resumirlo: un intrincado tejido de fueros y privilegios, jerarquías y poderes de hecho, cacicazgos, estamentos, gremios, pueblos, barrios, cofradías, milicias, corporaciones, órdenes, repúblicas de indios, parroquias y un sinfín de organismos sociales únicos. Se trata, sin duda, de un orden. Y de un orden que ha perdurado.

Para los ilustrados del siglo 18 y sus descendientes, los liberales del siglo 19, el mundo barroco se presentó como un exorbitante desorden, un sinsentido inadmisible y con una convicción y voluntad impresionantes, desde su minoría intelectual y desde el Estado, se dieron a la tarea de transformar de un modo racional, a la sociedad y a la naturaleza. Es decir, de modernizar. Muy pronto el proyecto adquirió en nuestro país una legitimidad inquebrantable. Surgió, en contraste, el edificio neoclásico con su poética y su política.

Como alumno directo de Benito Juárez, quien lo sumó a su grupo masónico y político, Díaz hizo suya la pasión por las libertades, por el individuo autónomo, por encima de la familia, del gremio, de la corporación, de la colectividad y desde luego, del cacique; por los derechos y deberes iguales para todos, por la idea de democracia, por la elección de gobernantes y representantes, por la separación de poderes.

Imposibles de erradicar, ambos imaginarios, el barroco y el neoclásico, el tradicional y el moderno, se excluyen, contradicen y extrañamente, coexisten en México. En este sentido, Oaxaca fue para Díaz un laboratorio del país.

Base del Estado, venerada por muchos, la Constitución de 1857 era, más bien, letra muerta de un país empobrecido por salvajes desigualdades económicas y continuas guerras; en ese México herido por la delincuencia, al igual que hoy día, el reclamo profundo de unos y otros, por encima de las facciones, era “orden”.

Volvamos al desayuno en Chapultepec: “¿Cuál orden?” El borbónico, librepensador, neoclásico, diría sin duda Díaz. Con todo, tendría a la vista el precedente de la generación de Juárez, partidaria de la aplicación irrestricta, quizá doctrinaria, de la ley, que elevó la tensión con el mundo “tradicional” hasta la ruptura: la Guerra de los Tres Años y la segunda Intervención francesa. Por otro lado, ceder ante el modelo tradicional en una sociedad mayoritariamente rural, campesina, católica, jerárquica, representaba el suicidio del proyecto liberal. La tercera opción, la guerra, después de medio siglo tampoco tenía salida.

Había que construir con urgencia un sistema entre los dos extremos. La solución del general fue negociar, por fin, entre ambos mundos. Su solución fue: ni uno ni el otro. Tampoco plenamente ambos. Fue construyendo un paradójico sistema de conciliación entre principios contradictorios: cacique-ley, jerarquía-democracia, fueros-igualdad, tradición-modernidad, religión-laicismo. Una doble institución: la explícita, liberal y democrática y la implícita, tradicional. Ficciones, ambas. En este sentido, más que un dictador, Díaz fue un extraordinario conciliador.

Los jóvenes Justo Sierra y José Yves Limantour vieron de un modo novedoso al sistema del general a través del “positivismo”, la ciencia de Auguste Comte, que lo deslindaba del liberalismo, ahora calificado de ingenuo y del conservadurismo, a la vez que los resolvía y superaba. La dicotomía de 200 años se disolvía en razón pura, que se traducía en autoridad.

Como era previsible, la concertación, ese orden transitorio, intermedio, terminó por dejar insatisfechos a unos y a otros. Sus ángulos ciegos quizá hayan sido muchos, uno de ellos fue el no haber visto los límites mismos de la negociación: más allá de la coexistencia entre los dos mundos, era necesario un esfuerzo mayor de imaginación política, superar el conflicto de siglos en un nuevo orden.

Hoy día la exigencia, sin duda, vuelve a estar allí: orden. Lo mismo que la disyuntiva: ¿cuál? El escenario es más fluido y complejo: surge una concepción vanguardista de los derechos humanos, la propia globalización, los desafíos tecnológicos y energéticos, la vertiginosa pulverización de paradigmas, matizan las relaciones entre los dos imaginarios mexicanos.

Quizá haya llegado la hora de intentar que los principios más valiosos de unos y otros, lejos de oponerse, se complementen en el ejercicio de un orden que tenga, como base, un estado de derecho efectivo: que se disfruten con plenitud las libertades y derechos reconocidos por las leyes —leyes que se cumplan por ser leyes— y a la vez se fortalezcan las identidades y la cohesión de las comunidades; que la igualdad, incluida la de géneros, el derecho a una vida digna, en paz, justa, sin violencia, no sea una ficción y a la vez que se respete y cultive la riqueza y la diversidad cultural; que la innovación social se alimente de y aporte a los conocimientos, habilidades y saberes celosamente heredados; que se abra una perspectiva de futuro en los retos centrales de hoy día, incluida la energía sustentable, sin hacer tabla rasa del pasado.

Es un acto de imaginación colectiva. Y en esta dirección, Oaxaca tiene todo para ser, de nuevo, un laboratorio del país. ¡Hasta luego, general!